Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España? IV

Córdoba “fue uno de los primeros merca*deres sevillanos que comerció con el Nue*vo Mundo. Ya en 1502 envió a La Española cuatro carabelas con provisiones para los hambrientos colonos. También tuvo tratos mercantiles con muchos capitanes del Nue*vo Mundo. Los apellidos de los más impor*tantes participantes en la expansión ultra*marina española -Colón, Pedradas, Diego Velázquez y Cortés- aparecen en los pro*tocolos sevillanos como deudores de Juan de Córdoba. Su relación con Cortés fue especialmente significativa: en 1519, en un momento crítico de la carrera de Cortés, le prestó una gran cantidad de dinero y así contribuyó a la terminación de la conquista de México”. (172) Como puede verse, “los conversos se*villanos jugaban un papel esencial en la financiación del comercio entre España y América durante las primeras décadas del siglo XVI, cuando el capital era escaso, los riesgos grandes y las tarifas de las mercan*cías muy costosas. Ellos daban dinero con*tante en forma de préstamos marítimos a personas que salían para el Nuevo Mundo, ayudándolas a armar sus barcos o a cubrir el coste de las mercancías…

En general, los mercaderes conversos preferían conce*der préstamos en lugar de créditos de ven*ta, aunque algunos de los conversos más ricos durante las primeras décadas del siglo XVI, corno Diego de Sevilla el mozo (nú*mero 15) en el padrón sevillano de 1510, (173) Gonzalo Fernández (número 3) y Manuel Cisbón (número 1), invertían fuertemente en operaciones de crédito. Rodrigo de Se*villa (número 5) y Francisco de Jérez (nú*mero 278), también dividían sus inversio*nes entre préstamos y créditos. Otra parte importante de la participación conversa en el comercio transatlántico fue el envío de mercancías a América. Se puede obtener alguna idea de la amplitud de sus negocios examinando los registros de los barcos de Diego Colón en 1509. En esta relación apa*recen los nombres de algunos de los co*merciantes conversos más importantes en las primeras décadas del siglo XVI: Alonso de Burgos (número 180 en el padrón de Sevilla de 1510), Fernán Jiménez (número 21), Diego de Rojas (número 168), Fernan*do de Sevilla (número 16), Gonzalo de Bae*na (número 375), Pedro de la Palma (nú*mero 364), y el anteriormente mencionado Juan de Córdoba, entre otros”. (174)

Pike manifiesta que no puede negarse el rol en el comercio indiano de los capita*listas vascos y castellanos y especialmente de los genoveses, pero observa que “estos tres grupos representan siempre una mino*ría dentro de la comunidad comercial sevi*llana y que se fueron empequeñeciendo con el paso del tiempo”, predominando los conversos sevillanos en forma total desde la cuarta década del siglo XVI. (175) Eran, pues, judíos conversos “los famosos co*merciantes sevillanos, cuyas riquezas y empresas asombraban a sus contemporá*neos”. (176) Ahora bien, la supremacía de los cristianos nuevos es todavía mayor que la expuesta por la historiadora judía, a quien he seguido en su documentado estudio, si se considera que entre los “ginoveses” y vascos había no pocos conversos -punto éste que parece ignorar-, y que abundaban entre los castellanos, tal como ella misma lo indica. (177)

Muchos de estos mercaderes y asen*tistas, según se ve, eran hijos o nietos de condenados por la Inquisición, figurando en tal carácter en el padrón de conversos se*villanos del año 1510. A los datos ya sumi*nistrados al respecto, debo agregar las nu*meraciones con que aparecen registrados en el mismo otros importantes personajes: Pedro del Alcázar (n° 4), Alvaro Jorge (n° 323), Pedro de Jeréz (n° 124) y Juan de Córdoba (n° 268). Otro punto de interés es la interven*ción de los clérigos marranos en el comer*cio indiano: “muchos clérigos participaron en el comercio transatlántico, pero casi siempre de modo indirecto. Invertían como socios comanditarios en especulaciones comerciales, o dirigían las inversiones de otros. No era desacostumbrado que comer*ciantes que salían para las Indias confiaran sus negocios en Sevilla a amigos o parien*tes clérigos, que utilizaban sus relaciones eclesiásticas como una red comercial. El clero de la catedral, debido a sus lazos íntimos con la élite comercial, era especial*mente activo en la recaudación de deu*das”. (178) El estilo de vida de los magnates ju*deoconversos estaba signado por la osten*tación y la opulencia. No sólo habitaban en fastuosas mansiones sino que construían lujosas y espectaculares tumbas en iglesias, capillas y conventos. (179) Mientras así transcurría la existencia de estos “margina*dos”, “la posición de los trabajadores cris*tianos viejos era especialmente dificil”. (180) El resto de España no estaba exento, ciertamente de la influencia conversa en el ámbito económico-financiero, que exten*díase a la misma hacienda real. (181)

148- Fila, Los conjurados de Sevilla contra la Inquisición en 1480, en BRAH, t XVI, pp. 450-456 y 555-56C “Lo que causó más escándalo y maravilla fue que esta opinión (la contraria al Santo Oficio, F.R.C.) tocó a los poderosos y constituidos en oficios (y), asimismo, en dignidades eclesiásticas” (cf. Relación de la junta y conjuración que hicieron en Sevilla los judíos conversos contra los ínquísidores que vinieron a fundar y establecer el Santo Oficio de la Inquisición, en Fita, ibid., p. 452).

149- Pike, ob. cit., p. 44.

150- La condesa de Niebla, madre de Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia -comandante de la Armada Invencible-, descendía de don Alvaro de Portugal, del linaje de los Braganza, nieto de la judía conversa Inés Hernández de Esteves (ct, cardenal Mendoza y Bovadilla, ob. cit., pp. 7-8). Sus tradicionales adversarios, los Ponce de León, duques de Arcos, también eran descendientes de Alvaro de Portugal (ibid.; p. 8). Una evidencia de la sangre hebrea de ambas familias la constituye su actividad mercantil, impropia de gente noble. Los Medina Sidonia poseían en Triana una enorme fábrica de jabón, “que le suministraba la parte más pingüe de sus rentas” (ver Giménez Femández, ob. cit., t. II, p. 13). Por su parte, “Luis Ponce de León, señor de Viliagarcía y Rota y primo del descubridor de La Florida, enviaba mercancías a las Indias y tenía agentes en ellas desde la primera década del siglo (XVI, F.R.C.)… Incluso hubo un ejemplo rarísimo de espíritu empresarial femenino en la esposa de Luis Ponce, doña Francisca Ponce de león, que operaba con ¡os navíos San Telmo y San Cristóbal. Otro miembro de la familia, el duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, poseía varios navíos que navegaban entre Sevilla y el Nuevo Mundo, mientras que a mediados de siglo su pariente Femando Ponce de León invertía en el negocio de esclavos y enviaba grandes cantidades de mercancías a América” (véase Pike, ob. cit., p. 43).

151- Pike, ob. cit., p. 33. El hecho de que fueran las hijas y no los hijos de estos comerciantes quienes contraían matrimonio con miembros de la nobleza, es otra muestra de la condición marrana señalada por Pike.

152- lbid., p. 34. “Una vez que un comerciante hubiera comprado el título nobiliario y un asiento en el cabildo municipal, pasaba a ser considerado legalmente un igual a la nobleza tradicional. Se ponía el ‘don’ delante de su nombre y se eliminaba la denominación ‘mercader’ tras él” (ibid., pp. 34-35).

153- Fita, ob. cit., pp. 453 y 558.

154- Giménez Fernández, ob. cit., t. II, pp. 274-275. Le interesará saber al lector que en 1519 el judío converso Gutiérrez tenía también el cargo de contador de los maestrazgos de Santiago y Calatrava, que eran los más ricos (cf. Giménez Fernández, ob. cit., t. 11, p. 275).

155- Pike, ob. cit„ p. 44. El poeta Alcázar poseía habilidad para las finanzas, como buen marrano, ya que el conde de Gelves, su conracial, lo designó administrador financiero (ibid., p. 59). Dicho conde, Alvaro Colón y Portugal, era bisnieto del almirante.

156- Ibid., pp. 45-47. Acerca de las “composiciones”, ver Guillén, ob. cit., pp. 49-98.

157- ¡bid., pp. 47-48. Era usual que los representantes de los mercaderes marranos fueran hijos o sobrinos u otros parientes cercanos. Si ello no era factible, se empleaba a conracionales. “Un estudio de los agentes utilizados por estos comerciantes revela la tendencia de los conversos a formar asociaciones comerciales dentro de su propio grupo. Sus socios, tanto en Sevilla como en el Nuevo Mundo, tenían el mismo origen” (ibid., p. 110).

158- Pike, ob. cit., p. 51.

159- Ibid., pp. 55-56.

160- ¡bid., pp. 50-51.

161- ibid., p. 52.

162- ¡bid., PP. 52-55.

163 ¡bid., pp. 54-55. La inclinación del marqués era comprensible: descendía en línea directa del converso Alvaro de Portugal (v. cardenal Mendoza y Bovadilia, ob. cit., pp. 7 y 17).

164- Ibid., p. 57.

165- Ibid., p. 58.

166- Ibid., pp. 58-59.

167- Ibid., pp. 709-110.

168- Ibid., pp. 55 y 54.

169- Ibid., pp. 119-120.

170- Ibid., pp. 122-123.

171- Ibid., p. 124.

172- ibid., pp. 104-107.

173- Se refiere al padrón publicado por Guillén.

174- Pike, ob. cit., pp. 107-109.

175- Ibid., PP. 128-129*

176- Ibid., p. 107.

177- Refiriéndose a los mercaderes de Castilla que junto con los vascos se habían instalado en Sevilla a fines del siglo XV y comienzos del siguiente, señala que “muchas de las familias castellanas eran de origen converso” (ibid., p. 124). Bermúdez Plata, que no hace la menor alusión a los conversos entre los comerciantes sevillanos y sostiene que el tráfico de indias fue realizado casi en su totalidad por italianos -corsos y sobre todo genoveses-, alemanes y franceses, nos proporciona un dato muy revelador sobre las costumbres de los negociantes mayoristas, que constituye una nueva evidencia del predominio confeso entre los traficantes no sevillanos: “Juntábanse los comerciantes ordinariamente para celebrar sus transacciones en las gradas de !a Catedral, y en los rigores del estío y en los días de lluvia se guarecían en el sagrado recinto del Templo, dando lugar a continuas protestas del Cabildo Catedral contra tales abusos y, por fin, a que el arzobispo de Sevilla D. Cristóbal Sandoval y Rojas representase al Rey Don Felipe II la necesidad de que hiciese cesar tan escandalosa irreverencia”, disponiendo éste la construcción de la Casa Lonja que empezó a levantarse en 1584 y abrió sus puertas el 14 de agosto de 1598 (cf. Cristóbal Bermúdez Plata; La Casa de Contratacicn, la Casa Lonja y el Archivo General de Indias, p. 15, ed. Consejo de la Hispanidad; Madrid, 1946). Sabemos que en su mayoría esos comerciantes eran conversos naturales de la ciudad, pero si los mercaderes españoles no sevillanos y extranjeros eran cristianos viejos, ¿hubieran actuado de esa manera? ¿Quién sino los judíos, que por otra parte hacen negocios en la sinagoga, podían cometer semejantes sacrilegios?

178- Pike, ob. cit., p. 76. En toda España ha sido llamativo el crecido número de religiosos conversos, lo que resalta, como otros autores, la tantas veces citada Pike, quien observa que “se reservaron para ellos selectos beneficios e incluso sedes eclesiásticas” (ibid., p. 60). En Sevilla, como podrá imaginar el lector, era notable la cantidad de marranos en funciones eclesiásticas, favorecidos por el estatuto de limpieza (que, recuérdese, sólo excluía a los descendientes de judaizantes condenados) y apoyados por las jerarquías de la iglesia local, hecho que también se vio. “Los eclesiásticos conversos formaron una parte importante de la iglesia sevillana en el siglo XVII. Se les podía encontrar en todas las órdenes religiosas y en todos los niveles del clero secular, desde el cura de una parroquia hasta el dignatario de la catedral. Eran especialmente numerosos en órdenes religiosas, como las de los jesuitas y los jerónimos, y en las filas del clero catedralicio. A principios del siglo XVI, los conversos predominaban entre los miembros del capítulo de la catedral y, a pesar de la adopción del estatuto de limpieza de sangre de 1515, continuaronn conservando dignidades, canonjías y prebendas a todo lo largo de siglo… La extendida práctica del pluralismo y el nepotismo en la iglesia sevillana permitió que ciertas familias se apropiaran de las mejores canonjías y prebendas. Muchas veces los beneficios pasaban sucesivamente a hermanos, tíos, sobrinos, e incluso de padres a hijos (¡legítimos, se sobrentiende, F.R.C.)”, siendo numerosas de estas familias cristianas nuevas (ibid., pp. 60 y 62-63).

179- El potentado converso Diego Caballero, que “vivió en la riqueza y la ostentación”, se hizo construir “una de las tumbas más trabajadas de la Catedral de Sevilla, para lo cual encargó un retrato al artista Pedro de Campaña. Esa magnífica pintura, que representa a!os hermanos Diego y Alonso con sus mujeres e hijos, fue terminada en 1560 y todavía cuelga sobre la popularmente llamada ‘tumba del mariscal’, una de las más impresionantes de la catedra¡ sevillana” (ibid., p 53; recuérdese que Caballero tenía el titulo de mariscal de La Española). “Una de las tumbas más notables fue construida en la iglesia de Santa Cruz por el rico comerciante converso Hernando de Jaén. En 1547, Jaén dotó una capilla en aquella iglesia, con el propósito de ‘conseguir un lugar de descanso final para él y sus descendientes’. A¡ mismo tiempo, encargó al artista Pedro de Campaña que pintara un mural que representase el Descendimiento de la Cruz, con la condición de que incluyera un retrato natural del donante arrodillado ante el crucifijo. Esta asombrosa pintura ha sido elogiada universalmente; incluso se dice que el gran Bartolomé Esteban Murillo la admiraba tan fervorosamente que fue repetidas veces ala iglesia de Santa Cruz para verla”. (ibid., pp. 115-116). Las importantes donaciones a instituciones religiosas y de caridad eran clásicas entre los marranos, que de este modo trataban de mostrar la sinceridad de su conversión al tiempo que, como los filántropos de nuestros días, prestigiaban su figura y la de su familia, con los consiguientes beneficios.

180- lbid., p. 161.

181- Según una denuncia elevada a Felipe II en 1575, “el dinero, la industria y rentas tan importantes como la del Almojarifazgo” se encontraban en manos de marranos, que “cobraban intereses exorbitantes y se cargaban de oficios y gajes” (cf. Domínguez Ortiz, Política y hacienda de Felipe ll, p. 137, Editorial de Derecho Financiero, Madrid, 1960).

8. LA INVASIÓN DE CONVERSOS PORTUGUESES. SU IMPORTANCIA

A los confesos locales sumáronse con posterioridad los de Portugal, que ocuparon una posición hegemónica en el siglo XVII*. La masiva aparición de cristianos nuevos lusitanos (parte de ellos, en realidad, inte*grantes de familias hispanas expulsadas en 1492) se produjo al unificarse ambas coro*nas en 1580 y, en especial, luego de la desaparición de Felipe II. El 4 de abril de 1601, valiéndose del soborno, “su arma favorita” al decir de Dorninguez Ortiz, (182) los marranos portugue*ses consiguieron permiso para abandonar Portugal sin licencia, logrando después, previo pago de 1.600.000 cruzados, que Felipe III obtuviera de Clemente VIII, el 23 de agosto de 1604, el escandaloso “perdón general” para los judaizantes condenados, inclusive los que se hallaban en prisión, posibilitando así su traslado a España.

“In*mediatamente – expresa dicho autor- se de*rramaron por España, ejerciendo sus ocu*paciones predilectas y levantando a la vez las protestas consiguientes. Una exposi*ción de la provincia de Guipúzcoa en 1605 los acusaba de tráficos ¡lícitos, exportación de metales preciosos y hasta de traficar con mujeres a cambio de lencería… Ya sea por estas quejas, sea, y es lo más probable, por no haber pagado la suma prometida, en 1610 se revocó el permiso de salida. No por eso dejaron de cruzar la frontera su*brepticiamente, pues en las Cortes de 1624 el procurador por Burgos don Juan Rodrí*guez de Castro denunciaba la gran cantí*dad de cristianos nuevos portugueses ‘que por vivir en sus malas sectas y pervertidos errores vienen huyendo del Santo Oficio y se avecindan en las ciudades y lugares de estos Reinos’.” (183)

La autorización legal para ingresar a España, extensiva a los condenados por la Inquisición, se consiguió el 26 de agosto de 1627. Por iniciativa dei marrano conde-duque de Olivares, (184) en agosto de 1626 un grupo de poderosos mercaderes conversos lusitanos solicitó, a cambio de 400.000 ducados, una serie de exorbitantes privilegios y concesiones, lo que obligó a Felipe IV, en razón de su ca*rácter de cristianos nuevos, a convocar una Junta Especial para que previamente se expidiera sobre la amnistía a los judaizan*tes que cumplían condenas inquisitoriales y a su libertad de movimientos en el impe*rio.

En los documentos respectivos, “se ad*vierte la buena disposición del Rey hacia los marranos y la encarnizada oposición que hacía el reino de Portugal, particular*mente la Inquisición y los prelados, a sus demandas”. (185) Sin embargo, en la precita*da fecha de 1627, la inquisición lusitana concedióles un Edicto de Gracia, vale decir un indulto transitorio de tres meses, en cuyo lapso podían confesar sus culpas con*tra le Fe y ser reconciliados sin penalida*des, permitiéndoseles abandonar el país. Al año siguiente, el 11 de mayo, los con*versos portugueses obtuvieron nuevas con*cesiones, entre ellas la autorización de los casamientos mixtos, cuya trascendencia subraya Domínguez Ortiz.O (186) La definitiva libertad de acción para los cristianos nue*vos portugueses se logró, 250.000 ducados mediante, el 17 de noviembre de 1629. Desde luego, aunque no se mencionó ex*presamente, tal autorización excluía a las Indias, donde siempre estuvo prohibido el ingreso de los conversos, salvo licencia real.

De este modo, se produjo en España -y clandestinamente en Indias- lo que Caro Baroja define como una “verdadera inva*sión” de judíos conversos portugueses, (187) que se asentaron especialmente en Madrid, Sevilla y en todo el sur, alcanzando rápida*mente una posición descollante en !a vida económica hispana y enorme influencia en el gobierno, sobre todo bajo Felipe IV. Do*mínguez Ortiz destaca que “uno de los as*pectos más singulares de la administración interior del cuarto de los Felipes es la gran participación que dentro de ella tomaron, en el aspecto económico, los marranos o judíos conversos portugueses”, judaizantes en su mayoría. (188)

“A mediados del reinado de Felipe IV -escribe Caro Baroja-, puede decirse que tenían mediatizadas las alca*balas, los puertos secos y diezmos de la mar, los almojarifazgos, rentas del Maes*trazgo, sedas de Granada, pimienta, escla*vos negros (rentas antiguas) y, además de éstas, la renta de la goma, el estanco del tabaco y naipes y el servicio llamado de millones. En las salinas, los azúcares y otras producciones también se notaba la intervención de esta gente, que incluso administraron el producto de la Cruzada”, (189) agregando más adelante el citado que, “pese a todo lo que se ha dicho en punto a la persecución de los judíos y a las con*secuencias económicas que tuvo ésta, de donde hubieron de sacar ganancias más cuantiosas fue del comercio y trato con las Indias occidentales, o de la administración de los monopolios estatales que re*gulaban aquel comercio.

Así, en la época que nos ocupa (el reinado de Felipe IV, F.R.C.) era en Sevilla donde las operacio*nes eran más crecidas, siendo la aduana de Cádiz la que adquirió máxima importan*cia con Carlos II y Felipe V. Queda mucho por hacer en la historia de estas dos plazas comerciales, pero los documentos que se tienen acerca de ellas indican que el Es*tado Español hubo de someterse una y otra vez a condiciones y formas de arriendo que hoy se considerarían ver*gonzosas.

En 1630 el almojarifazgo de In*dias se pretendía arrendar a un grupo de hombres de negocios portugueses: Manuel Cortizos, Antonio Martín, Francisco Lobo, Martín de Guevara y Alonso y Diego Car*doso. Los Cardoso fueron luego arrenda*dores de otras rentas. Estos hombres eran todavía personas de poca estimación. Pero, después de muchas discusiones, otro grupo de portugueses (que no la debían tener mayor) se quedó con tal arriendo, a partir del 1° de enero de 1632. Luis Correa Monsanto, Marcos Fernández Monsanto, Felipe Martín Dorta, Simón Suárez y Ruy Díaz Angel, eran quienes formaron la com*pañía, que puso al comercio sevillano en grandes apreturas, al parecer, desde aque*lla fecha hasta 1644. Posteriormente toma*ron el arriendo José Fernández de Oibera y Simón Rodríguez Bueno, que no resulta*ron más blandos que los anteriores, y en 1663, después de las graves crisis de 1647 y 1657, lo tomó un hombre que fue el ‘a*duanero’ por antonomasia, hasta el siglo XVIII casi: aludo a Francisco Báez Eminen*te, al que algunos atribuyen complicidades con las potencias hostiles al Estado espa*ñol”. (190) Esto prueba que si bien el mono*polio comercial con las posesiones ultrama*rinas era ventajoso para ambas partes – pese a cuanto se ha dicho en contrario-, el control judeoconverso del mismo significó enormes perjuicios para la Corona. A pesar de la caída, en 1643, de ese gran destructor del imperio español que fue Olivares, la dependencia del Estado a la banca conversa lusitana no dejó de acen*tuarse, incluso después de la muerte de Felipe IV.

En las postrimerías de! reinado de éste, dice Caro Baroja (191), “lo único que se observa, a medida que pasa el tiempo, es una dependencia cada día mayor de fir*mas y bancas poco conocidas, o ya cono*cidas en el período anterior, como corres*pondientes a hombres de negocios judíos” portugueses. Como es de imaginar, el contrabando y las estafas al Estado formaban parte del comportamiento habitual de !os traficantes y banqueros “portugueses”. “Más de una vez, manifiesta Domínguez Ortiz, el Conse*jo de Hacienda presentó al rey el ruin pro*ceder de aquellos hombres, sus estafas al Fisco y ¡as correspondencias que mante*nían con el extranjero para sacar la plata e introducir mercaderías y vellón falso. Sin embargo, como había urgente necesidad de sus caudales, cada vez tuvieron mayor entrada en los negocios, elevándose los más opulentos a la categoría de asentistas regios”. (192)

Olivares fue quien lo encumbró y pro*tegió, concediéndoles honores y, como dice el nombrado autor, “aunque sea difícil apor*tar pruebas directas no cabe duda de que los preservó en lo posible de las pesquisas inquisitoriales”. (193) Los dos principales co*laboradores del conde-duque”marrano eran conraciales, el lusitano Manuel López Pe*reira y el español Jacob Cansino o Cancino. Este, que oficiaba de intérprete de Olivares, gozaba de un privilegio que deja estupefac*to: tenía un “permiso especialísimo para vivir dentro de su ley y vistiendo el indu*mento propio de los judíos africanos”. (194) Y no paraba ahí la cosa, pues “Cansino tenía tal autoridad por entonces que podía hablar libremente, incluso con gentes sospecho*sas en materias de fe y, según algún pro*ceso, aparece relacionado con espías y ju*daizantes”. (195)

En cuanto a López Pereira, brazo derecho del famoso valido, del cual fue albacea testamentario en dos ocasio*nes, “se decía que había salido en un auto de fe en su país natal y que tenía un her*mano en Amsterdam: el escándalo fue muy grande cuando en 1636 se le nombró con*tador con asiento en el Consejo de Hacien*da. Desde este momento hasta la caída de Olivares la importancia de López Pereira fue tal que los escritores judíos lo conside*raron tiempo después como valido del va*lído”. (196) Pero también Felipe IV dispensó su amistad a poderosos asentistas judíos por*tugueses, como a Jorge de Paz de Silveyra y a su hermano Manuel, concediendo al primero un hábito y el título de barón que obtuvo al autorizarse su enlace con la ba*ronesa Beatriz de 5ilveyra, (197) al parecer también cristiana nueva. Es rigurosamente exacta la afirmación de Caro Baroja respec*to a que los marranos portugueses “alcan*zaron con él situaciones nunca imaginadas en hombres de este linaje”. (198) El ejemplo más claro de ello lo constituye la familia Cortizos. Manuel Cortizos, hijo de un des*tacado negociante llamado Antonio López Cortizos, es el eje de una historia que cau*só asombro y de la cual suministra precio*sas informaciones el mencionado investiga*dor.

“En 1630, cuando se pretendía arren*dar el almojarifazgo de Indias a un grupo de hombres de negocios portugueses, en*tre los cuales estaba nuestro Manuel Cor*tizos, el Consejo de Estado puso objecio*nes ‘porque de su proceder -dice el informe- se tienen ruines relaciones, que obligan a excluirlos totalmente’.” (199) Unos años más tarde, sin embargo, Cortizos ha*bla logrado un notorio encumbramiento, convirtiéndose de arrendador y mercader de lonja (200) en hombre de corte: “el 15 de febrero de 1637 obsequió a los reyes con una fiesta espléndida en los alrededores de la ermita de San Bruno, haciendo los ho*nores la condesa de Olivares. Acababa de comprar el cargo de receptor del Consejo de Hacienda por 300.000 ducados y entró en aquel mismo Consejo con preeminen*cias nunca vistas”. (201)

Transcurridos unos pocos años, Felipe IV “le hizo merced de un hábito de Calatrava, merced que se ex*tendió luego a su hermano, mucho menor, Sebastián, a otro hermano militar llamado Antonio, que brillaba poco, y a su primo Sebastián (López) Ferro o Hierro de Cas*tro”, así como a Manuel Cortizos, hijo del todopoderoso asentista. (202) Las pruebas fueron acondicionadas convenientemente, logrando, además, la dispensa pontificia dado que el progenitor fue mercader, (203) “Manuel Cortizos y los suyos de 1640 a 1650 siguieron una marcha triunfal. En 1645 era caballero de Calatrava, señor de Arriafana, del Consejo de Su Majestad en su Contaduría Mayor de Cuentas, secretario de esta Contaduría y de las cortes y ayuntamiento de Castilla y León, escribano mayor y perpetuo de ellos, secretario de la comisión y administración de millones y ‘fa*tor’ general de los servicios del reino… junto a él se ve medrar en palacio a su hermano Sebastián que, nacido en Madrid en 1618, ya en 1642 estaba facultado para servir la secretaría de millones en ausencia de Ma*nuel, y que después ejerció cargos impor*tantes en el Consejo de Hacienda, etc.” (204)

Sebastián Ferro o Hierro de Castro, el pri*mo de los Cortizos, también del hábito de Calatrava y marqués de Castelforte, de*sempeñó en Flandes la función de pagador general de Felipe IV. Asimismo, integraba el Consejo de S.M. ante el Tribunal de la Contaduría Mayor de Cuentas y era teso*rero de la Santa Cruzada, secretario de las Cortes de Castilla y comisario de Millo*nes. (205) Por si esto fuera poco, Manuel Corti*zos y su hermano Sebastián habían sido designados familiares del Santo Oficio (206) para lo cual debieron aprobar las pruebas de limpieza de rigor. No satisfecho aún, Ma*nuel se hizo nombrar …inquisidor, luego de haber realizado un préstamo o provisión de 800.000 ducados a la Corona, rechazando hábilmente las joyas que la reina quería dejar en garantía. (207) El insólito hecho mo*vió al celoso y afamado inquisidor Adam de la Parra a escribir una poesía satírica con*tra su nuevo compañero de tareas, que le valió la cárcel. Y he aquí que al morir de improviso en 1649, descubrióse que Ma*nuel Cortizos y su familia judaizaban, in*coándose el proceso pertinente.

Desde los primeros años de la década del 30, la inquisición venía acumulando in*formaciones sobre el criptojudaísmo de la familia, pero fue a causa de unas ceremo*nias judaicas que se hicieron con motivo de la muerte de Manuel Cortizos (quien, como puede suponerse tuvo un funeral impresio*nante en una iglesia madrileña), en la que participaron un grupo de mujeres conver*sas, que el Tribunal intervino deteniendo a varias de ellas, las que confesaron que los Cortizos eran judaizantes, confirmando así lo que ya se sabía. Respecto a Manuel, las denuncias que obraron en los archivos ha*cían saber que “los banqueros de Italia y Amsterdam sabían que hacía grandes en*víos fuera de España” y “esperaban algu*nos, el mismo año de su muerte, que Ma*nuel Cortizos pudiera irse a la Jerusalén holandesa a proclamar públicamente su fe, dejando hábitos, secretarías, etc.”. (208) Pero no se le formó causa post mortem, como era habitual, lo que prueba la influencia ex*traordinaria que había tenido y que también gozaba su hermano Sebastián, quien no fue molestado. Luisa Ferro o Hierro, mujer de Manuel -del cual era prima hermana-, pese a que se le inició proceso y ordenóse su apresamiento, nunca fue detenida. (209) En cambio si lo fue Mencía de Almeida, madre de la anterior y de Sebastián Hierro, la que ingresó en la prisión inquisitorial de Cuenca. El 20 de abril de 1656, a puertas abiertas, le fue leída la sentencia que la condenaba “a adjurar de levi y a ser adver*tida y reprendida gravemente, desterrada de Cuenca y Madrid, en cuatro años, dos precisos y dos cuando se le ordenara”. (210)

Esto provocó un escándalo de proporcio*nes: ¡la madre de un caballero de Calatrava condenado por judaizante! Lo asombroso es que al año siguiente, Felipe IV nombró a Sebastián Cortizos embajador en Génova y al hijo de la judaizante, Sebastián Hierro, presidente de la sumaria de Nápoles. Tres años más tarde, Cortizos estaba de vuelta en Madrid ocupando un puesto de conse*jero en el Consejo de Hacienda. Ambos fallecieron alrededor de 1669, cuando se hallaban en Nápoles. De Hierro se sabe que tuvo un funeral digno de un caballero de Calatrava. El año 1661 se reabrió la causa de las dos mujeres, cuyo paradero no se ubicó. En la ocasión se hizo una meticulosa información genealógica, que puso de manifies*to el crecido número de penitenciados que registraba el clan. (211)

En todo este tiempo y durante largos años, la banca de los Cortizos siguió ope*rando normalmente y realizó pingües nego*cios. Bajo el reinado de Carlos II la familia prosiguió usufructuando del favor real. “En 1668 el hijo de Manuel Cortizos, hijo y nieto de las dos mujeres encausadas por la In*quisición de Cuenca años atrás, era agra*ciado con el título de vizconde de Valde*fuentes. Este Manuel José Cortizos debía ser el jefe de la banca allá por los años de 1677… Todavía en 1680 la Inquisición se ocupaba del expediente de su madre; pero esta vez para considerarlo sobreseido”. (212) El banquero José Corfizos, primo del ante*rior y se cree que hijo de Sebastián, apoyó el partido del archiduque Carlos contra Fe*lipe IV, encargándose del apresto de las tropas inglesas y portuguesas. Tras la de*rrota de su candidato, en 1717 radicóse en Inglaterra, donde “abrazó públicamente el judaísmo e hizo cincucidar a su hijo… ter*minó sus días en 1742, como un miembro fiel de la sinagoga sefardí de Londres, cien años después de que se concediera el há*bito de Calatrava a su padre”. (213)

Los conversos lusitanos eran general*mente agraciados con hábitos de las órde*nes militares de Portugal, como las de Cris*to y Santiago, lo que producía el consiguiente escándalo e indignación. (214) Jorge de Paz de Silveyra, el amigo de S.M., era caballero de Santiago y en 1636 al for*malizarse un asiento de 650.000 ducados se le concedió la encomienda de San Quin*tín de Monte de Grajo, para lo cual se ne*cesitó dispensa pontificia por no haber ido a Africa. Fernando Tinoco, por su parte, poseía una encomienda de la Orden de Cristo. “En los asientos de 1639, informa Domínguez Ortiz, las mercedes regias fue*ron de gran liberalidad: Alonso Cardoso, por su asiento de 240.000 escudos, obtuvo un hábito de Avis para Alvaro Núñez de Lisboa. Otro hábito se dio a Manuel Rodrí*guez Andrade, y el de Cristo a García Fer*nández, por intercesión, probablemente bien pagada, de Jorge de Paz… Duarte Brandón Suárez, al hacer las provisiones ordinarias para 1640, obtuvo un hábito para su cuñado Antonio Núñez Gramajo (un pillo redomado que había hecho una gran fortu*na en indias por medios ilegales)”. (215) Tam*bién fueron favorecidos con títulos algunos importantes judíos de Portugal en tiempos de Carlos II, como Diego Fernández Tinoco -vástago de Fernando Tinoco-, tesorero del Consejo de Portugal y contador mayor de cuentas, el cual recibió, al igual que el hijo de Cortizos, un título de vizconde, el de Fresno. (216)

Nada mejor para evaluar la influencia de !os judíos conversos portugueses, que el decreto de Felipe IV con motivo de la sublevación de Portugal, el cual demuestra, por otra parte, que el incumplimiento de la tan mentada orden de “desarme y registro de portugueses” en el Río de la Plata, no se debió sólo al predominio de los cristia*nos nuevos entre las autoridades de allí. El decreto, que lleva fecha 28 de diciembre de 1640, inmediatamente de producido el levantamiento, ordena a las autoridades que “atendiendo lo bien servido que me hallo de esta gente y la satisfacción que tengo de su buen proceder (!), los traten como a los otros naturales de estos Reinos, y como han sido tratados hasta aquí, sin que consientan se les haga ninguna veja*ción ni molestia”. (217) Las descaradas men*tiras con que el monarca pretendía justificar una medida tan perniciosa para España, la Corona y la Fe Católica, resultaban aún más intolerables, pues entonces llovían, más que nunca, las denuncias contra los portugueses “de la nación”, como el infor*me que elevó el presidente de Castilla al ser requerido sobre la peligrosidad de los numerosos extranjeros residentes:

“De por*tugueses es mayor el número y la mano por medio de los asientos; tienen atravesa*dos todos los partidos, lleno el Reino de ejecutores de su nación. Están a su dispo*sición las entradas de los puertos para in*troducir y sacar todo género de mercade*rías; las llaves de los puertos; el dinero para proveer y no proveer y avisar los pertrechos y pólvora de la cantidad que se sabe la han dado. En fin, de ellos depende la vida y la defensa. Bien se puede temer de su natural odio a los castellanos y poca cons*tancia de la Religión Católica, que en un frangente podrían levantarse con alguna ciudad marítima ayudados de los demás extranjeros del Reino”. (218)

En la disposición real salta a la vista la mano del funesto converso Olivares, pero también la cons*ciente política filosemita del rey, que con*cedía honores y elevadas funciones en su corte a estos marranos judaizantes, algu*nos de los cuales fueron procesados por el Santo Oficio español. Domínguez Ortiz, re*firiéndose al decreto de marras, no puede menos que admitir que el gobierno, pese a “toda su buena intención no podía ocultar el hecho de que muchos de los tan favore*cidos marranos sólo buscaban enríquecer*se por los medíos que fuera”. (219) La corriente inmigratoria de los tratan*tes “portugueses” decreció en forma consi*derable durante el siglo XVIII, pero no se interrumpió hasta los primeros años del si*guiente. En su mayoría permanecieron en España, “integrándose” en la sociedad y junto con sus conraciales nativos, continua*ron ejerciendo una hegemonía que fue in crescendo. Si al cuadro que acabo de esbozar se agrega que los marranos establecidos fue*ra de la península, según señala Jacob Shatzlcy, desde principios del siglo XVI mantenían un “intenso comercio” con ella, e incluso los radicados en Holanda, como ciudadanos de este país, viajaban “frecuen*temente por cuestiones de negocios” a Es*paña, (220) puede apreciarse la magnitud de la internacional dorada conversa y su ex*cepcional poderío.

182- Domínguez Ortiz, ob. cit., p. 128.

183- Ibid., p. 128. Por una lamentable disposición, en Castilla no eran castigados los delitos judaicos -las prácticas judaizantes- cometidos en Portugal.

184- Era bisnieto del encumbrado delincuente Lope Conchillos, el secretario de Indias, hijo de Pedro Conchillos, de la Judería Nueva de Calatayud, y de la hebrea conversa Margarita Quintana (ver Giménez Fernández, ob. cit., t. 1, p. 13).

185- Domínguez Ortiz, ob. cit., pp. 129-130.

186- Ibid., p. 130.

187- Caro Baroja, La sociedad criptojudía, etc., p. 36.

188- Dominguez Ortiz, ob. cit., p. 127

189- Caro Baroja, ob. cit., p, 75. Alrededor de 1653 administraba los fondos de la Santa Cruzada el adinerado negociante converso portugués Francisco Díaz Méndez Brito o Méndez de Brito, quien luego fue encausado por judaizante (cf. ibid., p. 84).

190- Ibid., pp. 77-78. En tiempos de Felipe IV llegó a otorgarse incluso a un considerable número de mercaderes portugueses conversos, cédulas de naturalización para comerciar con las Indias, violando la legislación vigente. De 196 “naturalezas” concedidas en ese periodo, el 66% corresponden a los mismos (cf. Domínguez Ortiz, La concesión de “naturalezas para comerciar en Indias” durante el siglo XVII, en Revista de Indias, año XIX, n° 76, p. 231, Madrid, abril-junio de 1959). Huelga señalar que los restantes extranjeros que consiguieron tan importante privilegio eran mayoritariamente conversos. En los dos reinados anteriores las “naturalezas” concedidas fueron muy inferiores en cantidad, 25 con Felipe II y 59 bajo su hijo, habiéndose beneficiado a 17 portugueses en cada caso (ibid., pp. 228-229). Tampoco puede dudarse del origen racial de estos individuos y del grueso de los extranjeros naturalizados entonces.

191- Caro Baroja, ob. cit., p. 86.

192- Domínguez Ortiz, El proceso ínquisitorial de Juan Núñez de Saravia, en Hispania, t. XV, n° LXI, p. 560, Madrid, octubre-diciembre de 1955. El Consejo de Hacienda el 24-7-1622 referiase a la mala opinión que los de esta nación que tratan de arrendamientos y mercaderías tienen, de que a vuelta de ellas sacan sin licencia mucho oro y plata de estos reinos y los envían a otros de su nación, que huidos de la Inquisición residen en La Rochela y otras partes de Francia y en otros reinos y estado(s), con quienes se corresponden, y por la misma forma meten mucha cantidad de moneda de vellón que sus correspondientes les envían labrada en La Rochela, Holanda, Alemania, Inglaterra y otras partes” (cf. Domínguez Ortiz, Política y hacienda, etc., pp. 128-129).

193- Domínguez Ortiz, Política y hacienda, etc., p. 132.

194- Caro Baroja, La sociedad criptojudía, etc., p. 47.

195- Ibid., p. 47. En 1646, después de la caída de Olivares, Cansino “hubo de sufrir prisión, de la que salió; pero no malquisto, porque aun en 1656, en representación de los judíos de Orán, hizo un préstamo de 800.000 ducados con sus intereses a la Monarquía” (ibid., pp. 47-48). No obstante pertenecer Orán a la Corona hispana, la comunidad judía pública estaba legalmente autorizada.

196- Ibid., p. 48

197- Dominguez Ortiz, p. 135.

198- Caro Baroja, ob. cit., p. 60.

199- Ibid., p. 67.

200- Mayorista.

201- Caro Baroja, ob. cit., p. 67.

202- Ibid., p. 67.

203- Ibid., p. 67.

204- Ibid., pp. 67-68. Se llamaba Millones un impuesto sobre carnes, vinos, vinagres, aceites, velas de sebo y jabones.

205- Ibid., p. 70.

206- Ibid., p. 68.

207- Dominguez Ortiz, ob. cit., p. 137.

208- Caro Baroja, ob. cit., p. 69.

209- Ibid., p. 69. “Sebastián Cortizos supo defender muy bien a la viuda de su hermano, que había de ser también su suegra, ya que en la época en que la familia andaba más inquieta en los asuntos inquisitoriales casó con su sobrina carnal, que se llamaba Luisa Cortizos. El 4 de mayo de 1652 los inquisidores de Cuenca emitieron sus votos para que se prendiera a Luisa Ferro, o Hierro. Pero la prisión no tuvo lugar. Por otro lado, Sebastián había sobornado para que le dieran noticia de la marcha del proceso al secretario del Tribunal y a un comisario de Cuenca que, en 1653, fueron procesados por ‘fautores’ e ‘inpedientes’, junto con el agente que les llevaba el dinero de su parte y le traía las últimas informaciones” (ibid., p. 69).

210- Ibid., p. 70. Los esfuerzos desplegados por su hijo lograron que la sentencia no fuera más severa.

211- Ibid., p. 71. Más o menos en la época en que estuvo presa Mencía de Almeida, su sobrina Serafina de Almeida y su marido, Fernando de Montesinos, salieron en un auto de fe que se efectuó en Madrid (ibid., p. 70). Este Fernando de Montesinos era un poderoso asentista que fue encausado dos veces por judaizante, a causa de lo cual marchóse a Amsterdam. Sin embargo, sus hijos siguieron realizando operaciones con la hacienda real. La banca de los Montesinos quebró a mediados del siglo siguiente (ibid., pp. 61 y 71).

212- Ibid., p. 72*

213- Ibid., pp. 72-73.

214- Domínguez Ortiz, ob. cit., y El proceso inquisitorial, etc., p. 561.

215- Domínguez Ortiz, Política y hacienda, etc., p. 138.

216- Ibid., p. 139.

217- Archivo Histórico Nacional de España, Consejos, 7.256, cit. por Domínguez Ortiz, ibid., p. 133.

218- A.H.N., Consejos, 7.157. n° 24, en ibid., pp. 133-134. En Badajoz, situada a orillas del Guadiana, los conversos portugueses fueron acusados de intentar entregar la plaza al ejército lusitano, abriéndoles la puerta de Mérida (véase carta del doctor Durán de Torres, datada en Zafra el 1-10-1643, en Cartas de algunos pp, de la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la Monarquía, t. V, pp. 276-277 (Memorial histórico español, XVII), cit. por Caro Baroja, Los judíos, etc., t. II, p. 24).

219- Domínguez Ortiz, ob. cit., p. 133. Quien desee profundizar el conocimiento del papel de los marranos portugueses en la vida económica española, hallará numerosos datos en los precitados trabajos de Domínguez Ortiz y Caro Baroja.

220- J. Shatzky, Ideologías y sentimientos del judaísmo español después de la Expulsión (1492), en la revista judía Davar, n° 12, pp. 13 y 18, Bs.As., mayo-junio de 1947.

9. MARRANOS, COMUNEROS Y HEREJES

Los conversos no sólo participaron en la insurrección comunera y la financiaron, sino que también fueron sus organizadores, de acuerdo a todos los indicios y denuncias de la Inquisición y de diversas personalida*des. (221) Gutiérrez Nieto llega a la conclusión de que los cristianos nuevos participaron en el movimiento “como grupo social”. (222) No es fortuito que Toledo, donde los con*versos eran innumerables, “se manifestó como la más fervorosa y constante ciudad comunera”. (223) La excepción fue Sevilla porque allí la rebelión tomó un cariz anti*converso. Juan de Padilla, el máximo caudillo co*munero, estaba casado con María Pache*co, por cuyas venas corría abundante san*gre judía, ya que era hija de Iñigo López de Mendoza -segundo conde Tendilla y pri*mer marqués de Mondéjar- y de Francisca Pacheco, hija del marqués de Villena, Juan Pacheco, y de María Portocarrero. (224)

El capitán Juan Bravo, que condujo a los rebel*des segovianos, tenía por mujer a la judía conversa María López Coronel, nieta del célebre Abraham Senior (Ferrand Coronel), quien volvió luego públicamente al judaís*mo. (225) Otros cabecillas eran confesos, como Alonso de Saravia y Pedro de Acuña, cuñado de Padilla. (226) Entre los financieros de la subversión se destacan el rico Iñigo López Coronel, suegro de Bravo, Alonso de Cuéllar y Juan de Salier, que aportaron significativas can*tidades en Segovia, (227) así como nuestro conocido Alonso Gutiérrez de Madrid, quien no obstante haber sido uno de los que se encargó de solventar las necesidades de los defensores de Carlos, prestó dinero a Padilla y negoció secretamente su ingreso en la llamada Junta Santa comunera, lo cual no llegó a concretarse. (228)

De triunfar la rebelión los conversos hubieran logrado, reemplazando a Carlos por su hermano Fernando, controlar el go*bierno o, por lo menos, tener una singular influencia en él y, paralelamente, destruir la Inquisición. En las germanías de Valencia, movi*miento aun más subversivo en el aspecto social que el de las Comunidades, se des*tacó un judío converso, el famoso Encubier*to. Este individuo, cuyo verdadero nombre se ignora, hizo su aparición en Játiva el año 1520, diciendo ser el príncipe Juan, el llo*rado hijo de los Reyes Católicos, y que había sido suplantado a poco de nacer por un vástago natural del cardenal Mendoza. Los Trece de Játiva -el consejo de la ger*manía- le proporcionaron una casa y nume*rosos servidores. Vestido en forma princi*pesca y rodeado de pompa, dedicóse el converso a arengar a los habitantes de di*cha población y de Alcira, convirtiéndose pronto de hecho en un monarca teocrático, en el líder espiritual y político de los ager*manados, tomando parte en diversos com*bates, en los que se hacía acompañar de un séquito de veinte hombres de a caballo.

De común acuerdo con los alzados de Valencia, planeó dar muerte al virrey Rodri*go de Mendoza, marqués del Cenete, y a otras personas. Con ese propósito logró in*gresar subrepticiamente a dicha ciudad, pero el complot fue descubierto y debió re*tirarse a Burjasot donde, el 18 de mayo de 1552, fue traicionado por dos cómplices que le mataron a puñaladas, cortándole la cabeza. El Santo Oficio ordenó que el ca*dáver se remitiera a Valencia, siendo allí arrastrado por las calles hasta la sede del Tribunal. Declarado hereje y relajado al bra*zo seglar, el cuerpo fue quemado y la ca*beza expuesta en la puerta de Cuarto. Como los agermanados de Alcira se negaron a aceptar su muerte y era tal el prestigio del Encubierto entre ello, los líde*res sediciosos resolvieron suplantarlo con un sujeto parecido. Mas pronto se pudo detener al mismo y conducirlo al patíbulo. Un tercer Encubierto, de nombre Bernabé, hizo más tarde su aparición, prosiguiendo la revuelta. Nada se sabe de este hombre, pero la crónica da cuenta que en marzo de 1523 surgió en Valencia un nuevo Encu*bierto, aunque esta vez se trataba de un bandido común que habíase propuesto sa*quear la ciudad. Fue descuartizado y deca*pitado junto con sus compinches. No obs*tante, todavía en abril de ese año se des*barató una conjura para resucitar la germa*nía.

El Encubierto hizo de Játiva y Alcira el centro de la resistencia de los agermana*dos y “por espacio de dos años -dice Alon*so de Santa Cruz- jamás ningún rey fue de su reino tan obedecido como lo fue en el reino de Valencia aquel Encubierto”. (229) Los marranos también han tenido un descollante papel en la herejía iluminista. Marcel Bataillon califica de “impresionante” la participación de los ‘cristianos nuevos’ en el movimiento iluminista”. (230) “El ilumi*nismo, observa, que será el enemigo íntimo de la ortodoxia española durante todo el siglo XVI, no es monopolio de esos conver*sos, pero tiene entre ellos algunos de sus más activos propagadores… no fue patri*monio exclusivo de los cristianos nuevos. De ellos, sin embargo, es de quienes pare*ce haber tomado todo su vigor”, acotando el citado que “no es ciertamente casualidad el que todos los alumbrados cuyos oríge*nes familiares nos son conocidos pertenez*can a familias cristianas de fecha recien*te”. (231) En efecto, las cabezas dei movimiento son conversos como Bernardi*no Tovar y sus hermanos Francisco y Juan de Vergara, Francisco Ortiz, Luis Beteta, Pedro Ruiz de Alcaraz, fray Juan de Caza*lla, obispo de Verissa y capellán de Cisne*ros, su activa hermana María y Pedro Ca*zalla, otro de los hermanos, influyente con*tador real y miembro de la burguesía valli*soletana. (232)

En la variante erasmista del iluminis*mo, que comienza en 1523, los cristianos nuevos aparecen en primera fila, “Si el in*jerto erasmiano prendió tan bien en el tron*co español, se lo debe a esa savia”, afirma Bataillon, entusiasta admirador de Erasmo, el cual agrega que éste se encontraba apo*yado por “toda una porción selecta de clé*rigos de origen judío”, (233) Y es el converso Juan de Valdés, “el más típico representan*te del erasmismo español”, su figura más descollante e influyente, quien encarna “la continuidad del movimiento erasmista con el iluminista”. (234) Otro exponente de primer orden del erasmismo fue el ya nombrado Juan de Vergara, destacándose entre los teólogos cristianos nuevos partidarios de Erasmo, Antonio de Alcaraz, el obispo Ca*brero, el canciller de la universidad de Valladolid y abad de esa ciudad, Alonso En*ríquez -sobrino del almirante-, fray Gil de Béjar, etc. (235) Cuando surge el protestantismo, en cuya conformación influyeron tan decisiva*mente los judíos y las ideas judías, los ma*rranos desempeñaron un rol de preponde*rancia.

“En ese sentido -manifiesta Shatzky-, la contribución de los judíos es*pañoles fue muy grande. En todos los fren*tes desde donde se atacó al catolicismo ellos se mostraron activos… El nuncio ca*tólico Oleandre (Alejandro, F.R.C.) informó en el año 1521, desde el Reichstag alemán de Worms, que se dice que los marranos contribuyen con mucho dinero para la edi*ción de las obras de Lutero en español. El marrano Marco Pérez (nacido en 1527) se convirtió en el jefe de la iglesia calvinista de Amberes. Su mujer, Ursula, empleó su entusiasmo marrano en la organización de escuelas calvinistas clandestinas. El marra*no Ximénez, magnate del azúcar, editó una de las obras de Calvino en 30.000 ejempla*res y la distribuyó clandestinamente en Es*paña.

El marrano Ferdinando Berniú se convirtió en Amberes en el jefe de una nue*va secta anticatólica de martinistas. Los marranos fueron los distribuidores ideales de literatura protestante en España. Una labor como ésa requería mucho dinero y vinculaciones buenas y seguras. Esto últi*mo lo tenían entre los marranos que habían quedado en España, con los cuales man*tenían relaciones comerciales y hasta te*nían una clave secreta para entenderse. Los historiadores del protestantismo no nie*gan el papel que jugaron los marranos en la difusión y el aflanzarniento de la doctrina protestante de todas las sectas”. (236) El nombrado recuerda, además, que “en los ejércitos que los países protestantes orga*nizaron para luchar contra la alianza de los Estados católicos, fueron numerosos los marranos que se enrolaron voluntariamente y combatieron en sus filas”. (237) Caro Baroja señala que llamó la aten*ción de la iglesia española la proliferación de protestantes conversos entre los años 1526 a 1570, (238) esto es, durante el período que la subversión reformista tuvo presencia real en la península. Los representantes más importantes del protestantismo hispa*no han sido judíos conversos: Constantino Ponce de la Fuente, Agustín Cazalla, Do*mingo de Rojas, Antonio del Corro y Cipria*no de Valera. La única excepción parece ser el italiano Carlos de Seso, aunque estaba casado con Isabel de Castilla, la cual tenía una alta proporción de sangre he*brea. (239)

221- Juan Ignacio Gutiérrez Nieto, Los conversos y el movimiento comunero, en Hispania, t. XXIV, n° 94, pp. 247-250, Madrid, abril-junio de 1964. Pese a todos los elementos que él mismo suministra, Gutiérrez Nieto sostiene que “si documentalmente, pues hay pie para considerar a los conversos como forjadores de las alteraciones (de las Comunidades, F.R.C.), creemos, sin embargo, que sólo con nuevos datos y nuevas fuentes se podrá respaldar tal aserto”.

222- Ibid., p. 238.

223- Ibid., p. 239.

224- Descendía el marqués de Villena en línea directa de Lope Femández de Pacheco y María Ruy, hija de Ruy Capón, el famoso judío convertido (v. cardenal Mendoza y Bovadilla, ob. cit., pp. 3 y 18-19). Por otro lado, el linaje de los Mendoza es tan encumbrado como judaizado (cf. Rivanera Carlés, Buenos Aires, la ciudad de los judíos conversos, en prensa).

225- Caro Baroja, Los judíos, etc., t. 1, p. 178.

226- Gutiérrez Nieto, ob. cit., pp. 240-241.

227- Ibid., p. 242.

228- Información inquisitorial cit. en Fita, Las judaizantes españoles, etc., pp. 308-326. La cantidad recibida fue de alrededor de 1.000 ducados (ibid., pp. 317-318). Gutiérrez manifestó que él “daría aquellos dineros y más si fuese menester para el dicho Juan de Padilla” (ibid., p. 309). Asimismo, envió una carta a éste expresándole que “sabía mucho de los libros de la hacienda del Reino, y que le pódría aprovechar mucho, y que si le escribiese se iría con él”. Padilla respondió al mensajero -el testigo Pedro Franco, jurado y mercader converso toledano- “que no le quería escribir que se viniese a él, porque era odioso en el Reino porque había entendido en las alcabalas del Reino, y que creía que no se quería venir con él allí sino porque había entendido en ciertas cosas de la Inquisición” (ibid., pp. 312-313). Según declaró Garci Alvarez de Toledo, otro converso, al agradecer Padilla el dinero que le dio en préstamo, mandóle decir que “le tenía presto para todo lo que le cumpliese, (en) tanto que no fuesen cosas que tocasen al Santo Oficio de la Inquisición” (ibid., p. 320).

Si es verdad la declaración de Franco, es comprensible que no quisiera el jefe comunero que apareciese junto a él un personaje tan odiado por la población como el recaudador de impuestos Gutiérrez, “cuya riqueza provenía en todo, o en gran parte -dice Fita- de haber entendido en las alcabalas del reino” (ibid., p. 327) En cuanto a la aparente postura en favor del Santo Oficio de Padilla, no pasaba de una táctica, ya que la oposición al mismo de parte de los comuneros está probada, pero “no quisieron dar a la reforma del Santo Oficio un franco carácter oficial, tal vez para no proporcionar elementos de crítica a los realistas (ver Gutiérrez Nieto, ob. cit., p. 251). Por otra parte, las declaraciones de los testigos, implicados en los hechos, tratan de disminuir sus responsabilidades. Padilla recibió también dinero de mercaderes de Toledo, seguramente conversos, como el jurado Pedro Franco, muy relacionado con Gutiérrez (ibid., p. 322). El apoyo secreto brindado por éste a la rebelión no fue obstáculo para que al fracasar, aumentase enormemente su riqueza adquiriendo a precio vil los bienes de los comuneros (cf. Giménez Fernández, ob. cit., t. II, p. 276).

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