Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España? V

229- A. de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, II, pp. 13-14, cit. por Américo Castro, Aspectos del vivir hispánico, p. 43, Alianza Editorial, Madrid, 1970. Acerca de este “reyezuelo converso”, como lo llama Guillén (ob. cit., p. 66), cf. el mencionado trabajo de Castro y Manuel Danvila y Collado, La Germanía de Valencia, pp. 178-181, s/ed., Madrid, 1884 (este texto reproduce el discurso de incorporación a la Real Academia de la Historia, que Danvila pronunció el 9-11-1884). El cronista Santa Cruz afirma que el personaje era judío (ibid., pp. 13-14, en Castro, ob. cit., p. 43). Danvila dice que se hacía llamar Enrique Manrique de Ribera y Castro sostiene que adoptó el alias de Juan de Bilbao, pero que nadie sabia su auténtico nombre.

230- M. Bataillon, Erasmo y España, t. l, p. 210, ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1950.

231- Ibid., t. l, pp. 72 y 211 y t. ll, p. 431.

232- Rivanera Carlés, El judaísmo y la subversión protestante, cap. II.

233- Bataillon, ob. cit., t. II, p. 431.

234- Texto de Pie

235-Rivanera Carlés, ob. cit.

236- Shatzky, ob. cit., pp. 9-10. Pérez, el principal dirigente del Consistorio Calvinista de Amberes, fue “una de las figuras más notables en la historia de la Reforma en los Países Bajos españoles” (Roth, ob. cit., p_37. Cabe consignar que alrededor de 1626 el confesor de Felipe IV, fray Antonio de Sotomayor, al opinar sobre los inconvenientes de arrendar las rentas a los judeoconversos lusitanos, señaló que éstos “se vallan de sus relaciones para introducir libros contra la fe” (cf. Domínguez Ortiz, ob. cit., p. 138).

237- Ibid., p. 12.

238- Caro Baro;a, ob. cit., t. II, p. 225.

239- Rivanera Carlés, ob. cit. “Acerca del marranismo y el movimiento protestante”, ver el cap. II de esta obra.

10. LA GUERRA MARRANA CONTRA ESPAÑA

La otra cara de la actividad de los cris*tianos nuevos era su incesante conspira*ción contra la España imperial, cabeza y brazo de Occidente. En ese sentido, su conducta es comparable a la observada por sus conraciales ante la Alemania Nacional*socialista. El judío converso (y el público) se hallaba al frente de todas las acciones destinadas a aniquilar a España, la cual, como Alemania, oponíase a su dominio opresor. Para ello disponía de una notable influencia en los principales países enemi*gos de España, sobre todo en Inglaterra, Holanda y Turquía, nación ésta donde los marranos llegaron a ejercer de hecho el gobierno. Debo aquí salir al cruce de un conocido slogan judío tendiente a ridiculizar al adversario: la supuesta “teoría conspira*tiva de la historia”. Nada más lejos de la verdad, pues la investigación científica de la cuestión judía hace posible aprehender la historia de la conspiración real del judaís*mo contra el mundo no-judío, Occidente en particular. Los propios hebreos reconocen la conjura contra el imperio hispano y la Cristiandad.

“Los judíos sefaradíes, dice Shatzky, contribuyeron a la lucha contra Es*paña con diversos medios: diplomáticos y hasta militares-piratescos… Las pruebas de la ayuda judía a los enemigos de la España Católica son históricamente ve*rídicas… De ahí que sea difícil encontrar algún conflicto internacional producido en el siglo XVI, en el que España haya estado mezclada y en que los exiliados españoles no hayan ayudado a los que estaban contra su enconada enemiga… Nada tiene de extraño, pues, el que la ciudad de Amberes se convirtiera en el cuartel general de las conspiraciones de los marranos contra Es*paña… Esa lucha no era sólo religiosa sino también político-estadual”. (240) Es innecesa*rio indicar que los marranos “se enrolaron voluntariamente en los ejércitos de Europa que luchaban contra España”. (241) La cons*piración judeoconversa no se limitó al siglo XVI y abarcó también, como acabamos de ver, el frente interno peninsular.

Los servicios prestados por los marra*nos a los países enemigos de España, en los cuales ellos gozaban de una influencia cada vez más significativa, tenían, por cier*to, antecedentes: fueron los judíos quienes traicionando a la nación que les había dado hospitalidad, posibilitaron la conquista mu*sulmana de España. “No de otro modo -es*cribe el filojudío Amador de los Ríos- se fomenta y cunde en toda la Península Ibé*rica la conquista musulmana: poderosas fortalezas y nobles ciudades, donde pros*peraba en número y riqueza la generación israelita, y que hubiera costado mucha san*gre a los ejércitos de Tarik y de Muza, eran puestas en sus manos por los hebreos, quienes las recibían después en guarda, hermanados con los africanos”. (242)

El histo*riador israelita Simón Dubnow ratifica este hecho, señalando que “los judíos recibieron a los árabes como sus libertadores y les ayudaron en su lucha contra los visigodos. Cuando los musulmanes conquistaban una ciudad, sus dirigentes las entregaban al cui*dado de los judíos, en quienes veían ami*gos leales, y proseguían su marcha. La capital de España, Toledo, fue entregada al guerrero árabe Tarik por los israelitas, los cuales les abrieron las puertas de la ciudad mientras la población cristiana huía a bus*car refugio en las iglesias. El cuidado de la capital fue también confiado a los hebreos. De este modo los hebreos se convirtieron en dueños de las ciudades”. (243) (Según el sefardí Atienza, Tarik ibn Ziyad era un judío bereber). (244)

Einecavé hace hincapié “que en la batalla de Guadalete, donde se des*moronó definitivamente el reino visigodo, uno de los generales más audaces del lado moro era Kaula-al Yahudí (de origen judío; Yahudí significa judío, en árabe)”. (245) En síntesis, es innegable que “en la auténtica Blitzkrieg que puso a España entera bajo el poder musulmán en tres años, los judíos jugaron una baza importante en ayuda de los conquistadores “. (246)

Los marranos cumplieron en Inglate*rra, la adversaria mortal de España, un pa*pel fundamental. En primer lugar, los judíos intervinieron en su separación de la Cris*tiandad: “el rey Enrique VIII, consultó a au*toridades rabínicas de Venecia en 1530 en relación a su divorcio con Catalina de Ara*gón, divorcio que provocó el cisma de la iglesia anglicana de la romana. Hasta llegó a traer a dos rabinos de Italia. Una de esas opiniones rabínicas, escritas en hebreo, se conserva hasta hoy día en el Museo Britá*nico. Resulta de sumo interés acotar que los adelantos de la reforma y el avance de los puritanos en Inglaterra hayan sido rela*cionados -y posiblemente influidos- por la presencia de los cripto judíos que eran nu*merosos”. (247) Sobre este último aspecto hay pruebas concretas y no meras presun*ciones. El hebreo Lucien Wolf manifiesta que “la obra diplomática de nuestros marranos (los de Inglaterra, F.R.C.) tuvo una gran importancia histórica. Coincidía en muchos puntos con la política exterior de Isabel, y era, a veces, un elemento considerable en las actuaciones de Burghley y Walsingham”. (248)

El judeobritánico Roth, por su par*te, observa que “en el notable período de expansión inglesa que coincidió con el reinado de Isabel, expandióse la colonia mer*cantil extranjera en Londres. La comunidad marrana contaba entonces unas cien al*mas. A su cabeza estaba el doctor Héctor Nuñes, que, aunque médico, se dedicaba también al comercio. Sus amplias vinculaciones fueron de gran beneficio para el go*bierno, particularmente en lo que se refería a los asuntos de España. Gozaba de la confianza completa, tanto de Burghley como de Walsingham (ministro de Isabel), y llevó al último la primera noticia del arribo de la Gran Armada a Lisboa”. (249) Otro ma*rrano poderoso era Alvaro Mendes, “que mantenía en aquel entonces activas vinculaciones diplomáticas con la corte inglesa”, (250) cuyo cuñado era el marrano Rode*rigo López, médico de Isabel I. (251) La familia más destacada, después de la Nuñes, era la del converso Jorge Añes o Ames. Uno de sus miembros, Dunstan, proveedor real, mantenía importantes relaciones mercanti*les con España, donde era agente financie*ro de Don Antonio, el prior de Crato, el marrano que quería acceder a la corona portuguesa. Sara, la mayor de sus hijas, estaba casada con Roderígo López. (252) Los Añes se establecieron en Londres apoya*dos por la Casa Mendes de Amberes. (253)

El espionaje inglés en Madrid estaba a cargo del marrano Bernardo Luis y en Lisboa de Jerónimo Pardo, parientes de Héctor Nuñes, según informes del embaja*dor hispano en París, Bernardino de Men*doza. En la red de espionaje descolló la familia Añes. Dunstan, que usaba varios alias, colaboró con Pardo y Nuñes y fue quien en 1580 suministró a Portugal los barcos de guerra para luchar contra Felipe II. (254) Roderigo López, Alvaro Mendes y Héctor Nuñes, colaboraron activamente con Don Antonio. Este era hijo ilegítimo de Don Luis -hijo de Manuel I el Afortunado- y de la hebrea conversa Violante Gómez, co*nocida como La Pelicana debido a su pre*coz canicie. (255) Quien pagó el rescate del rival de Felipe II cuando se encontraba cau*tivo en Africa y le permitió así lanzarse a la acción para intentar apoderarse de la coro*na de Portugal, fue su gran amigo el duque de Medina Sidonia, (256) a quienes muchos han creído simplemente inepto y superfi*cial, cuando en verdad era un marrano trai*dor, responsable de la catástrofe de la In*vencible. (257)

Es indudable, además, que siendo Antonio Pérez el director o uno de los directores de la conspiración antiespa*ñola en la corte de Felipe, puso todas sus fuerzas al servicio de Don Antonio, con el cual años más tarde entablaría pública re*lación en Londres, al igual que con Héctor Nuñes. (258) El apoyo converso al pretendien*te fue general: “en todas partes, tanto en el país como en el extranjero, los marranos hicieron todo lo posible por auxiliarlo… El fracaso de Don Antonio fue, pues, conside*rado por ellos como un desastre gene*ral.” (259)

Quien movía los hilos de la conjura contra España era Diego Mendes, cuya no*table influencia se puso de relieve al ser detenido por la Inquisición en julio de 1532. “Se produjo un clamor universal, dice Roth. Los magistrados de la ciudad (Amberes, F.R.C.) afirmaron que se trataba de un que*brantamiento de los privilegios contenidos en la última Carta de Privilegios, ‘la Glorio*sa Entrada’, y protestaron que ellos y nadie más que ellos eran los jueces apropiados para juzgar el caso. Los cónsules de Espa*ña, Génova, Florencia y Luca añadieron sus protestas. El agente portugués hizo no*tar que, estando preso Mendes, su rey no podría posiblemente pagar a los Fuggers por cuenta del emperador (Carlos V, F.R.C.) los 200.000 ducados que se les debían a causa de las tres ferias anuales próximas, y que el resultado sería inevitablemente una serie de ruinas y de quiebras.

El mismo Damiao de Goes (260) fue enviado junto a la regente, María de Hungría. Hasta Enrique VIII de Inglaterra, con quien Diego mante*nía importantes relaciones de hacienda, fue inducido a intervenir y atestiguó (no resulta fácil deducir sobre qué base) su ortodoxia… En septiembre de 1532, tras dos meses de encierro, el prisionero fue liberado median*te una caución de 50.000 ducados, siendo sus garantes el gran mercader Erasmud Schetz y otros tres destacados vecinos de Amberes. Finalmente por medio del pago de una suma fuerte en metálico, se suspen*dieron todas las acciones. En realidad, el resultado final no fue de todo desventajoso para Diego, pues a consecuencia del epi*sodio el emperador se vio forzado a reco*nocer la existencia del monopolio de espe*cias, del cual extraía tan pingües beneficios el magnate acusado”. (261)

Diego Mendes murió a fines de 1542 o a comienzos del año siguiente. En su testamento designó administradora de la firma a su cuñada Beatriz, dueña de la mi*tad del capital, bajo cuya dirección la Casa Mendes, una de las mayores compañías de Europa, continuó gozando de influencia, haciendo grandes negocios y prestando a los monarcas. La judía conversa Beatriz de Luna “halló una cálida acogida” en la corte de la regente de los Países Bajos españo*les, doña María de Hungría, hermana de Carlos V, y su sobrino mayor, Joao Miguez -cuyo padre había sido médico del rey de Portugal-, “fue admitido en el círculo del sobrino de la regente, Maximiliano -más tar*de Santo Emperador Romano-, y llegó a ser su ocasional camarada y compañero de torneos”. (262) Entonces ya había iniciado su carrera ascendente este marrano, que adoptó luego el nombre de José Nasí (príncipe, en hebreo) y llegó a ser el judío más célebre e importante del siglo XVI. Se le considera el Rothschild de la época y un verdadero monarca de los judíos, cuya in*fluencia en la política mundial fue extraor*dinaria. Roth dice que “tenía por toda Eu*ropa agentes adictos, corresponsales y relaciones que constantemente le informa*ban de todo lo que ocurría… Era un sistema no muy distinto del que organizó unos cien años más tarde el marrano Carvajal para el gobierno inglés, en la época de Oliverio Cromwell, o a principios del siglo XIX la Casa Rothschild”. (263) Cuando en junio de 1546 se reunió en Ratisbona con Carlos V, le prestó 30.000 coronas y al parecer fue armado caballero por el César. (264)

En las postrimerías del año 1544, Bea*triz de Luna, su hija Reina y una sobrina, abandonaron subrepticiamente Amberes, instalándose un tiempo en Venecia. En 1553 se establecieron en Constantinopla, capital del mundo enemigo de la Cristian*dad. Posteriormente se les unió Nasí. “Allí arrojaron el disfraz del catolicismo, dice Roth. Beatriz de Luna convirtióse en Gracia Mendes… Joao Miguez se casó con su pri*ma, la encantadora Reina, y se hizo llamar en adelante José Nasí”. (265) Allí alcanzaría la cima del poder. “Su carrera -prosigue el aludido autor- parece un cuento de las mil y una noches. Llegó a una alta posición en la corte y fue durante algún tiempo el gobernante virtual del imperio turco, en*tonces el más poderoso de Europa”. (266) Intervino decisivamente en la política euro*pea, influyó en la designación del rey de Polonia, “se vengó de España, alentando la revuelta de los holandeses”, e hizo per*der Chipre a Venecia (que en 1550 expulsó a los marranos por espionaje a favor de Turquía). Se le concedió el ducado de Na*xos y de las Siete Islas, que gobernaba por intermedio de un delegado, el criptojudío Francisco Coronel. Nasí residía en Cons*tantínopla, “donde gozaba de prerrogativas casi regias… Ningún judío profeso ha alcan*zado en la historia moderna tanto po*der”. (267)

Se ha dicho que Nasí y sus parientes huyeron a Turquía por haberse negado Beatriz de Luna a que su hija se desposara con Francisco de Aragón. El argumento es pueril, dado el poder que tenían en Europa y que se mantenía intacto cuando Nasí se encontró con el emperador en Ratisbona, casi dos años después de la partida de sus familiares. Dubnow, que afirma mentirosa*mente que la familia de Nasí escapó de la Inquisición, dice que éste se instaló en la corte de Solimán a su requerimiento. “El sultán Solimán -escribe- notó las aptitudes de José y lo atrajo a su corte”. (268) Esta es una verdad a medias. El todopoderoso Nasí decidió establecerse en Turquía porque existían fundados elementos para creer en una posible victoria de la misma sobre Oc*cidente. Y Solimán II el Magnífico era el más destacado monarca del imperio oto*mano, adversario jurado de la Cristiandad y particularmente de España. Si se impo*nían las armas turcas, el judaísmo impon*dríase con ellas. Por eso tantos marranos se fueron a Turquía, ocupando allí posicio*nes influyentes en la sociedad y el gobier*no, por tal causa realizaban espionaje para ella. Desde la caída de Constantinopla los marranos eran los aliados naturales del tur*co. (269)

Fue el ex-converso Nasí quien exacer*bó aun más el odio a la Cristiandad y en*cabezó la más cerrada oposición contra ella. Roth manifiesta al respecto que “du*rante muchos años, empero, Nasí fue el espíritu que dirigió el partido de la opo*sición en el diván imperial en asuntos concernientes a las relaciones con los estados cristianos… Abogaba de hecho por una oposición inflexible contra las dos grandes potencias católicas (España y Francia, F.R.C.)”. (270) Al describir su política para derribar al imperio hispano, el histo*riador judeobritánico señala que apoyó en forma decidida la rebelión de Holanda en 1568. “Por medio de sus corresponsales y agentes secretos en los Países Bajos, dice, Nasí hizo cuando estaba en su poder para alentar la revuelta” prometiendo el apoyo militar turco. (271) Al morir Solimán, Selim II -el Ebrio- fue proclamado sultán en 1566. En la ceremo*nia se hallaba a su lado Nasí. Selim “lo elevó al rango de muteferik o ‘caballero del séquito imperial’… y en los documentos ofi*ciales se le mencionaba constantemente como Frank Bey Oglu, o Príncipe franco (esto es, europeo), o si no ‘Modelo de los notables de la nación mosaica’… José Nasí fue desde entonces uno de los grandes personajes del estado turco”. (272) Nasí intentó reedificar un centro judío en las ruinas de Tiberíades, “sobre la cual le fue otorgada una concesión por su agra*decido señor”. (273) Además, estuvo a punto de convertirse en rey de Chipre, pero –acota Roth- “el desastre de Lepanto había puesto fin a ese sueño”. (274) ¡El triunfo de Occidente es un desastre para los judíos!

En 1574, al ascender al trono Murad III, sus enemigos lograron anular a Nasí. Entre ellos se encontraban Muhamad So*kolli, el gran visir, y el amigo de éste, el rabino Salomón ben Azkenazi, José Nasí murió en su fastuoso palacio el 2 de agosto de 1579. Otros marranos que tuvieron importan*te papel en la corte de Constantínopla fue*ron el citado Azkenazi, los médicos Moisés Benveniste y Mocato (Mocatta), el rabí Is*sac, David Pasi, la famosa Gracia Mendes, Ester Kyra (ambas con particular influencia entre las cortesanas) (275) y Joao López, quien como devoto converso había sido re*presentante del Papa Sixto X. (276) Pero el que más destacóse tras la muerte de Nasí fue el ya nombrado Alvaro Mendes, una suerte de émulo de aquél, con el cual había tenido una prolongada relación. Natural de Tavira, Portugal, este hombre de gran for*tuna fue hecho caballero de Santiago por el Rey Juan III, llegando a ser conocido en los altos círculos de las principales ciuda*des del Viejo Continente.

Al establecerse en Constantinopla utilizó el nombre hebreo de Salomón Abenaish (Abenjaex) y “llegó a ser pronto una potencia. Fue una de las figuras más importantes de la política inter*nacional de su tiempo. Contribuyó activa*mente a la memorable alianza entre Ingla*terra y Turquía contra España, mantuvo contacto estrecho con Lord Burghley, y en*víó agentes como si fuera un potentado independiente, para tratar con la reina Isabel, por quien fue hecho caballero. En premio a sus servicios recibió el título de duque de Mitilene. La concesión de Tiberíades fue también renovada en su favor, e hizo lo posible para promover el progreso de la colonia”. (277) Wolf señala que Mendes-Abe*naish “apoyó constantemente la política de Isabel contra España”, a la que perjudicó seriamente. (278)

La emigración sefardí al imperio oto*mano, parte de la cual se componía de cristianos nuevos, alcanzó su mayor desarrollo en la primera mitad del siglo XVI. Mu*chos de ellos estableciéronse en Salónica, convertida entonces en el “centro judío de mayor irradiación en Europa”. (279) Con rela*ción al tema, expresa Dubnow que “durante el siglo XVI fundáronse en la Turquía euro*pea y asiática multitud de comunidades ju*días. En la capital, Constantinopla, había unos 30.000 hebreos y 44 sinagogas”, exis*tiendo una división grupal de acuerdo a la procedencia: “castellanos”, “aragoneses” y “portugueses”. Además de la capital, agre*ga, moraban los judíos en otras ciudades de la Turquía Europea: en Salónica, Adria*nópolis, Nikopol. Al frente de los judíos oto*manos figuraba un rabino principal (‘jajám’), a quien el sultán confirmaba en su cargo. Este rabino o ‘jajám’, tenía el derecho, como representante del judaísmo, de tomar asiento en el consejo real de Turquía.

A menudo los judíos cultos ocupaban altas posiciones en la corte otomana como con*sejeros o médicos. La situación de los ju*díos en Turquía afianzóse principalmente en tiempos del Sultán Soliman (1520-66), bajo cuyo reinado alcanzó su país el grado de potencia máxima entre los Estados eu*ropeos. Grandes favores hacían a su pue*blo los señores judíos que se hallaban a la sazón en la corte del sultán”. (280) Entre los aportes hechos por los judíos menciona Dubnow que “hicieron conocer a los turcos las últimas invenciones, como la pólvora y los cañones, prestando así un señalado servicio ala clase militar”. (281) En la guerra contra España y Occidente, cuya dirección ejercían los marranos, ningún aspecto era descuidado. Otro dato significativo es la existencia de marranos mahometanos. “Algunos de ellos, indica Shatzky, eran, incluso, milita*res de alta graduación en el ejército turco. Bástenos citar los nombres de Murate Fla*menca, Haguí Mamí Raiz y Selimán Bufoe, todos ellos sefaradíes de Rotterdam, que emigraron a Turquía, se convirtieron en ‘tur*cos’ y se encumbraron como militares oto*manos”. (282)

El espionaje judío en favor de los tur*cos, en el que tan principal papel tuvieron los marranos, registrábase en todas partes. “En 1542, escribe Walsh, la Dieta de Bohe*mia expulsó a los judíos de Bohemia, fun*dándose en que informaban a los turcos de los preparativos militares de los cristianos. Los exiliados pasaron a Polonia y Tur*quía”. (283) Roth hace notar que los cristianos nuevos residentes en la zona de Italia no controlada por España, “una vez hecha una fortuna, emigraron al Levante, donde se despojaban del disfraz del cristianismo y mantenían al Gran Turco informado de todo lo que ocurría en Italia”. (284) Pero también en el reino de Nápoles, donde el número de judíos públicos superaba al de conver*sos, a principios de 1534 descubrióse la complicidad de unos y otros con los turcos. Al ser apresados en suelo napolitano dos espías turcos, confesaron “que formaban parte de una compleja organización, que estaba esparcida por todo el país y que actuaba a las órdenes de Barbarroja”, el almirante de la armada de Solimán. (285)

Cuando el regente Juan de Figueroa, co*misionado para esclarecer el asunto, se presentó en Manfredonia, los vecinos cris*tianos viejos pusieron en su conocimiento que los judíos, públicos y confesos, “esta*ban en constante comunicación e inteligen*cia con sus parientes de Salónica y de otras partes del imperio otomano, adonde iban y de donde volvían frecuentemente, así que tenían al turco, en todo momento, al co*rriente de los preparativos y proyectos del Emperador”. También denunciaron que “cuando tuvo lugar la última invasión fran*cesa se pasaron al campo contrario, unos a Turquía, otros al ejército galo de Lautrec, al que sirvieron de ‘espiones y avisadore*s’.” (286) La minuciosa investigación del alto funcionario, integrante del Consejo Colate*ral, verificó la exactitud de lo antedicho, so*licitando en consecuencia la expulsión de los hebreos del lugar, visto que la ciudad de Manfredonia “era una de las más importantes plazas que había en el Reino, la más aparejada para sustentarla turcos, porque teniéndola, tendrán todo el monte de Santángelo, por lo cual sería conveniente al servicio de Su Majestad que se desarraiga*sen de allí, sin que quedase raza”. (287) La connivencia con el turco fue uno de los factores determinantes de la expulsión de los judíos públicos del reino de Nápoles, que se concretó, tras muchas dilaciones, el 31 de octubre de 1541. (288) La mayoría de ellos se estableció en Turquía. (289)

También los conversos proveían de ar*mamento a los turcos. “Durante el sitio de Metz, Carlos supo que los marranos de Es*paña y Portugal enviaban armas y municio*nes secretamente a los turcos, en guerra contra el Cristianismo y el Imperio”. (290) En una carta de fecha 25 de junio de 1544 el emperador denunció que ricos mercaderes cristianos nuevos huían a Turquía llevando clandestinamente armas a los turcos, (291) Shatzky observa que “el hecho de conducir armas a Turquía no podía ser un secre*to” (292) La posición de los judíos acerca de Turquía, es claramente expuesta por el pre*citado autor hebreo: “la enorme cantidad de (hechos) concretos que las fuentes históri*cas han revelado sobre el particular de*muestran la gravitación y popularidad que la orientación turca tenía entre los judíos españoles. Tanto se difundió esa orienta*ción entre las comunidades judías de Eu*ropa, que en el siglo XVI, en casi todos los conflictos internacionales con Turquía, los judíos tomaron partido a favor de Tur*quía”. (293)

Fue clave, asimismo, el rol converso en la sublevación de Portugal en 1640, que culminaría en su separación del imperio es*pañol. La empresa estuvo liderada por el duque de Braganza, descendiente de ju*díos conversos, (294) a instancias de su mu*jer, Luisa de Guzmán, hija del Duque de Medina Sidonia, cuyo linaje manchado conoce el lector. Intervinieron de modo deci*sivo, aparte de los marranos portugueses, los de Holanda e Inglaterra. El resultado fue que Portugal convirtióse en colonia de Gran Bretaña al casarse con Carlos II la infanta Catalina, situación que se refleja en el tra*tado de Methuen, celebrado en 1703. Este matrimonio fue concertado por mediacíón del marrano Agostino Coronel Chacón, agente lusitano en Londres y uno de los fundadores de la colectividad judía de In*glaterra, integrada en gran parte por marra*nos. (295)

El ataque contra España se llevó a cabo en todos los frentes, siendo uno de los preferidos el extenso y rico territorio de las Indias, cuya relativa indefensión agudi*zóse con el desastre de la Invencible. Ho*landa, en cuyo seno los marranos tenían singular peso, “rivalizó con Inglaterra en la desagregación del imperio luso-español, y hasta fines del siglo XVII, más rica, más adelantada, más emprendedora, continuó -con el auxilio y el capital del judío penin*sular- la obra de Segres y del rey D. Ma*nuel”. (296) Lo expresado por el historiador filojudío brasileño Pedro Calmon es rigurosamente exacto. Cuando todavía Portugal era parte de la Corona española, los holan*deses se apoderaron de una parte del te*rritorio brasileño, gracias al concurso deci*sivo de los marranos de allí -predominantes en Bahía, Río de Janeiro, Pernambuco, etc.- y de Holanda.

Otro historiador de igual signo, Ricardo Lafuente Machain, en su obra Los portugueses en Buenos Aires, manifiesta que los conversos lusitanos, nu*merosos en Brasil, “facífitaran la conquista bátava”, destacando “la facilidad que Holanda tuvo para ocupar Bahía”. Anota que además “en los navíos que acompañaban a la escuadra, llegaron muchas familias hermanas de raza, que vinieron a reforzar ios elementos con que ya se contaba en la colonia”. (297) El hebreo Boleslao Lewin infor*rna que la poderosa comunidad marrana de Amsterdam, que se hallaba “en contacto con correligionarios suyos en las colonias latinoamericanas”; tuvo “participación en el dominio holandés del Brasil (1630-1654)”. (298)

La invasión de Brasil fue organizada por la Compañía de las Indias Occidenta*les, que se hallaba en poder de los marra*nos. “En abril de 1623 -relata Elnecavé- Jan Andries Moerbeek, en representación de la Compañía tuvo una conferencia con el prín*cipe de Orange y otros dignatarios en La Haya para explicar la necesidad de esta expedición. Indicó que los habitantes del Brasil portugués y los indios brasileños te*nían poca experiencia militar. La mayoría de los portugueses -subrayó- eran judíos y enemigos jurados de los españoles y por*tugueses, por lo que no cabía esperar nin*guna resistencia de su parte”. (299) El gobier*no holandés reconoció luego el papel desempeñado por los conversos en un do*cumento oficial. Einecavé, quien señala que los hebreos eran “los únicos aliados naturales de Holanda” en el Brasil holan*dés, escribe que en 1645, “los Estados Ge*nerales de Amsterdam enviaron instruccio*nes especiales al Supremo Consejo dei Brasil, lo que puede ser considerado como el primer estatuto para los judíos del Nuevo Mundo.

Indícase en ese estatuto que la ‘na*ción hebrea’ ha venido demostrando, me*diante actos concretos en la propia Holanda y en cualquier otra parte que sus miembros trabajan con afecto a favor de Holanda y de los holandeses. Se destaca con especial énfasis la especial colaboración prestada por los judíos en la conquista del Brasil, su lealtad y los valiosos servicios prestados al Brasil holandés en el pasado reciente. Por esas y otras razones -declaraban las aludidas instrucciones- el Estado tomaba a la ‘nación judaica del Brasil’ bajo su especial protección. Los judíos del Brasil debían ser protegidos contra cualquier daño personal o perjuicio contra sus propiedades, de la misma manera en que lo eran los ciudada*nos de las Provincias Unidas. Tal declara*ción a favor de los judíos -única en su gé*nero en toda la historia universal, desde la del emperador persa Ciro II hace 2.500 años, hasta la de Balfour hace poco más de 60 años- emitida por un Estado cristiano en pleno siglo XVII, significaba un aconte*cimiento realmente extraordinario, más aún en momentos de grave crisis política para el Brasil holandés. Demuestra hasta qué punto los judíos habían colaborado con sus vidas, bienes y lealtad para mantener y de*fender las posesiones holandesas en Amé*rica… Desde la iniciación de la rebelión (portuguesa, F.R.C.) los judíos probaron ser el único elemento incondicionalmente fiel al Brasil holandés”. (300)

Los conversos, como sus conraciales públicos, odiaban a Portugal como al resto de las naciones cristianas (y a todos los países no-judíos en general), pero conside*raban a España su más peligrosa y mortal enemiga. Por tanto, los marranos se cons*tituyeron en cabeza de puente de la pene*tración portuguesa en los grandes dominios hispanos de Indias. Incluso cuando Portu*gal integraba el imperio español, fueron los marranos quienes durante décadas organizaron ataques contra las misiones jesuíticas del Paraguay, las cuales eran, como dice Gandía, el “limite material y es*piritual” que se oponía al expansionismo lusitano. (301) Aparte de reportarles enormes beneficios por la captura de miles de indí*genas a los que convertían en esclavos, estos ataques -donde los conversos hicie*ron gala de singular crueldad- posibilitaron el constante avance lusitano y en los años 1750 y 1777 “originaron tratados de límites en los cuales España se vio obligada a reconocer a Portugal las conquistas sin glo*ria de los bandeirantes y a cederle territorios inmensos que le pertenecían de dere*cho, pero que no había sabido conservar”. (302)

Calmon lo expresa sin eufe*mismos: “gracias a la penetración de los cazadores de guaraníes (‘sertanistas’ los llamaban los misioneros), perdió España Santa Catalina, las misiones jesuíticas de¡ Uruguay, que llegaron a tener como límite el Paranapanema y el Mato Grosso, por la línea de¡ Guaporé, y fue en virtud de esa ocupación que, en 1750, Alejandro de Gus*mao estableció el criterio de ‘uti posvidetis’ para los tratados de límites de América”. (303) O sea, lector, que los judíos conversos fue*ron los que asolaron las misiones jesuíticas -hecho que hasta hoy nadie denunció- y los responsables directos de su ruina (luego, por conducto de la masonería, le darían políticamente el golpe definitivo), robando a nuestros padres, a consecuencia de ello, una enorme extensión territorial. (304)

También tuvieron decisiva presencia los marranos en la operación militar de 1655, mediante la que Inglaterra despojó a España de la isla de Jamaica. Cecil Roth señala en relación a ello que “en Jamaica, donde la Inquisición no había podido nunca asentar el pie, gran número de ‘portugales’ como los llamaban (a los marranos, F.R.C.) encontrábanse ya antes de la conquista in*glesa de 1655. El piloto que condujo a Penn y a Venables al ataque, el capitán Campoe Sabbatha, era un marrano; otro, Acosta, estaba a cargo del comisariado de las tro*pas inglesas y negoció los términos de la capitulación; mientras que Simón de Cáce*res, ‘el judío chauvinista’, suministraba, al mismo tiempo, en Londres, muchas infor*maciones valiosas”. (305) Jamaica se conver*tiría en una de las bases del contrabando inglés en perjuicio de España y en punto de apoyo para avanzar sobre el territorio hispánico, ya sea a través de operaciones militares o políticamente mediante la franc*masonería. Cuando el almirante inglés Edward Vernon realizó su expedición contra Cuba el año 1741, un judío -posiblemente con*verso- le prestó servicios como intérprete ante el gobernador de Santiago. (306) Inclusive los piratas británicos que asolaban las ciudades españolas de Indias, eran guiados por pilotos marranos. Sobre esto, el 28 de abril de 1600, la Audiencia de Charcas comunicaba a Felipe III que, “como hemos dado cuenta larga a Vuestra Majestad, todos ola mayor parte de los daños que los corsarios ingleses han hecho en las costas del Mar del Norte y Perú, han sido guiados por pilotos portugueses”. (307) (Por las causas apuntadas, “portugués” era entonces sinónimo de judío tanto en Espa*ña e indias como en otros países de Euro*pa). (308)

Los marranos no se limitaron a guiar a los corsarios, sino que emplearon tam*bién ellos los medios “piratescos” a que aludía Shatzky. Subatol Deul y parte de los hombres que integraban su Hermandad de la Bandera Negra, se presume que descen*dían de marranos españoles. Este famoso delincuente judío, “el pirata del Guayacán”, alrededor del año 1600 formó dicha banda con Henry Drake -el hijo de Francis- y otro sujeto llamado Ruhual Dayo, eligiendo como cuartel general la bahía chilena de Guayacán. (309) El hebreo Kohler destaca las “relaciones comerciales” entre los marra*nos de Cuba y los bucaneros, que tuvieron sus bases durante muchos años en el Ca*ribe, señalando que “hay alguna razón para creer que hubiera algunos judíos entre ellos”. (310) El contrabando marrano en las Indias, al margen de las fabulosas ganancias que reportaba, constituyó otro instrumento en la guerra contra el imperio español.

El judío Friedlánder manifiesta al respecto que “es más que una casualidad el hecho de que en la época de aumento de la influencia de los conversos en el comercio, el contraban*do llegó a límites hasta entonces descono*cidos”, acotando que “para muchos de los conversos, el contrabando tenía un signifi*cado más: era un arma de lucha contra sus perseguidores, como también en la vida in*ternacional se consideraba el contrabando como arma legítima que los ingleses y los holandeses usaron en su lucha sin tregua contra el monopolio español. Con la apari*ción de los muchos comerciantes conver*sos en las Indias, aumentó en gran medida el comercio de contrabando”. (311) Al estudiar el período de Felipe IV, Caro Baroja ha he*cho notar que en la península los conversos monopolizaban tanto el tráfico legal como el ilícito. “Las aduanas terrestres y maríti*mas, almojarifazgos, puertos secos y diez*mos de la mar, fueron lugares en que los cristianos nuevos hicieron fortunas bastan*te grandes. Pero, por paradoja también re*sultaba que asimismo otros cristianos nuevos hacían fortunas aun mayores con el contrabando y los movimientos de los pro*ductos en las fronteras”. (312)

Del mismo modo sucedió en las Indias, donde hemos visto que el comercio legal se encontró des*de el principio dominado por los conversos. El contrabando, que tanto daño causó a España y a las Indias, (313) se practicó desde el comienzo de la conquista de éstas y fue posible merced a la complicidad de los fun*cionarios de la real hacienda, casi sin ex*cepción conversos. Además de realizarse con naves fletadas al efecto, en la época de los asientos de esclavos empleáronse los buques negreros. Se llevaban al Nuevo Mundo mercancías o esclavos negros, o ambas cosas a la vez, retornando con pie*dras y metales preciosos.

En el caso de los asentistas de esclavos, aparte de la mer*cadería introducían mayor número de ne*gros que el declarado. Las ganancias que se obtenían eran fabulosas, bastando a ve*ces un solo viaje para hacer una verdadera fortuna. El tráfico clandestino perjudicó a los judíos conversos que manejaban el co*mercio legal de mercaderías, como los bar*cos negreros ¡legales afectaron a los asen*tistas de negros, pero en menor medida por dedicarse la mayoría de éstos también a contrabandear. De todos modos, dejando a un lado las lamentaciones y quejas de rigor, las ganancias de los mercaderes autoriza*dos eran enormes y les permitieron acumu*lar colosales riquezas. Boleslao Lewin admite que en el con*trabando “los criptojudlos desempeñaron un papel importante, apoyados por sus co*rreligionarios que habían formado comuni*dades judías en Amsterdam (Holanda), Ve*necia, Ferrara, Luca y Liorna (Italia), en Burdeos, Marsella, etc. (Francia) y en Ham*burgo (Alemania hanseática)”. (314) Acota el citado que en el “vasto comercio intérlope” desarrollado por los marranos, “no se tra*taba sólo de una amplia venta contraban*dista de artículos europeos en las colonias hispano-americanas, sino también de una vasta adquisición de metales preciosos y de ciertos productos agrícolas”. (315)

En el contrabando inglés el rol del he*breo converso ha sido esencial. “Respecto al comercio intérlope inglés -expresa Le*win- fuerte desde el siglo XVII con las co*lonias españolas -en las portuguesas goza*ban de privilegios especiales- es oportuno indicar que disponía de dos centros de ope*ración directa: Jamaica, en las Antillas; y Colonia (del Sacramento) en la desembo*cadura del Río de la Plata. A través de Jamaica, generalmente, se realizaban ne*gocios en tres lugares: en la región de Tie*rra Firme; en Cartagena (puerto de Colom*bia); en el istmo de Panamá, en Portobelo; en Cuba, en La Habana. Participaban en tales campañas criptojudíos, que por su ori*gen estaban bien orientados en semejantes tareas”. No hubo “participación” sino un aplastante predominio marrano en dicho contrabando. (316)

Erigida frente a la ciudad de Buenos Aires el 27 de enero de 1680, como avan*zada de la expansión portuguesa (317) y con el objetivo manifiesto de realizar contraban*do en gran escala, la Colonia del Sacra*mento fue sin duda el más grande centro de tráfico clandestino en el Plata. Revisio*nistas e historiadores oficiales afirman que el comercio ilegal que operaba desde allí estaba en manos de lusitanos e ingleses, pero esto es falso, porque de la misma ma*nera que los auténticos amos de Inglaterra y Portugal, su colonia, eran los hebreos, en su mayoría marranos, también éstos con*trolaban el intercambio ilícito de dicho po*blado, que estuvo bajo jurisdicción portu*guesa, con intervalos, hasta el 5 de junio de 1776. A lo ya señalado por Lewin, hay que agregar otro dato que éste proporciona en una obra anterior: “no nos es conocida la composición étnica del importantísimo foco contrabandístico lusitano, en la mar*gen oriental del Plata. Pero tenemos bases suficientes para opinar que gran parte de la población citada se componía de ‘marra*nos’.” (318)

Los judíos públicos ayudaron a los conversos en la etapa final de! asalto contra España. La invasión napoleónica, cuyo fin era su desaparición lisa y llana, convirtién*dola en un apéndice de la Francia judía, “se hizo sobre la base de un préstamo de 67.620. 215 francos que pusieron los Roths*child en España”. (319) Por otro lado, como observa Caro Baroja, la invasión dio el triunfo a los liberales hispanos, (320) conver*sos en gran parte, punto éste sobre el que guarda silencio aquél. Asimismo, la ocupa*ción de la península y el establecimiento en el trono de José Bonaparte (que se apre*suró a ratificar la abolición del Santo Oficio decretada por su hermano), posibilitó la ac*tuación de los movimientos “independentis*tas” hispanoamericanos, liderados por con*versos, (321) que produjo la pérdida del imperio ultramarino, quedando reducida España a un país de segundo orden.

240 Shatzky, ob. cit., pp. 9 y 14-15. Al hablar de lucha religiosa Shatzky alude a la que libraba el marranismo a través del movimiento protestante.

241 Ibid., p. 38.

242 A. de los Ríos, ob. cit., t. 1, p. 80.

243 Simón Dubnow, Manual de la historia judía, p. 374, ed. Sigal, Bs.As., 1977. 244 Juan G. Atienza, Guía judía de España, p. 15, ed. Altalena, Madrid, 1978. 245 Eínecavé, ob. cit., p. 32.

246 Atienza, ob. cit., p. 14.

247 Elnecavé, ob. cit. p. 786.

248 L. Wolf, en Transactions, Jewish Historícal Society of England, XI, 2, cit. por Walsh, ibid., p. 699.

249 Roth, ob- cit., pp. 186-187.

250 Ibid., p. 187.

251 Ibid., p. 187.

252 Ibid.; p. 187.

253 Walsh, ob. cit., p. 697.

254 Ibid., pp. 696-698.

255 Diccionario de Historia de España, t. l, p. 225, ed. Revista de Occidente, Madrid, 1952.

256 Marañón, ob. cit., t. 1, p. 278.

257 “Los marranos hicieron todo lo posible por destruir la flota española, reconoce Shatzky. Incluso da cuenta que “en una carta fechada el 16 de agosto de 1553 escribe el embajador inglés en Italia que un ‘famoso pirata judío ha preparado una poderosa flota para enfrentar a los barcos españoles’.” (v. Shatzky, ob. cít., p. 13.) En Londres el converso Teodoro Beza -lugarteniente de Calvino- publicó una obra en varios idiomas, entre ellos el hebreo, “en la que se celebra la derrota de la Gran Armada Española” (cf. Einecavé, ob. cit., pp. 801-802).

258 Marañón, ob. cit., t. II, p. 638.

259 Roth, ob. cit., p. 83.

260 Cónsul portugués.

261 Roth, Doña Gracia Mendes, pp. 43-45. Los Fugger o Fúcar, los célebres banqueros de Alemania, según Pineda Yañez eran israelitas (v. Pineda Yañez, Américo Vespucci.- otro judío en el descubrimiento del Nuevo Mundo, en Comentario, n° 61, p. 47, Bs.As., julio-agosto de 1968).

262 Roth, ob. cit., p. 51.

263 Roth, José Nasí, El Duque de Naxos, p. 29, ed. Israel, Bs.As., 1954.

264 Roth, Doña Gracia Mendes, p. 56. 265 Roth, Historia, etc., p. 149. 266 Ibid., p. 149.

267 Ibid., p. 149.

268 Dubnow, ob. cit., p. 493.

269 “La toma de Constantinopla por los turcos, en 1453, provocó una conmoción entre los marranos, quienes creyeron ver en ello una señal de la próxima caída de la Cruz. Muchos de ellos se fueron después al Levante” (ver Roth, ob. cit., p. 146).

270 Roth, José Nasí, etc., p. 56.

271 ibid., p. 63. Los marranos financiaron a Guillermo de Urange: “Los ricos judíos de ese país (Holanda, F.R.C.) habían ayudado a financiar la triunfante expedición de Guillermo de Orange” (v. Roth, Historia, etc., p. 193). En tiempos de Felipe IV los conversos hicieron fracasar el bloqueo español a Holanda. “La participación de los judíos peninsulares refugiados en Holanda en la ruptura del bloqueo económico que pretendíamos imponer a dicha nación se ha puesto de relieve muchas veces, por ejemplo, por Pellicer (Comercio impedido), Adam de la Parra, Goris (Les colonias marchandes méridionaies á Anvers), etc. Contaban para ello con la ayuda de sus correligionarios, situados en posiciones claves, como !os puestos de arrendamiento de las aduanas de Castilla” (v. Domínguez Ortiz, Guerra económica y comercio extranjero en el reinado de Felipe IV, en Hispania, t. XXIII, n° LXXXIX, p. 74, Madrid, enero-marzo de 1963).

272 Roth, Historia, etc., pp. 26-27. Felipe II se hallaba bien al tanto de las maquinaciones de Nasí: en carta cifrada, escrita en El Pardo el 26 de octubre de 1569, decíale al marqués de Pescara, virrey de Sicilia, que “ha advertido, asimismo, que Juan Micas, duque de Nexia(sic), es la persona que más procura y anima que se hagan empresas en daño de toda la Cristiandad y reinos nuestros, y que tiene grandes inteligencias, así en esta Corte como en otras partes de mis reinos, y que sería un gran servicio haberle a las manos” (Archivo de Simancas, sección Estado, leg. 1132, fol. 193, cit. por A. Arce, Espionaje y última aventura de José Nasí (1569-1574), en Sefarad, año XIII, 2, p. 266, Madrid-Barcelona, 1953). El rey ordenó, sin éxito, su captura.

273 Roth, ob. cit., p. 149.

274 Roth, José Nasí, etc., p. 211. En otra batalla decisiva para la Cristiandad, Poitiers, también los judíos estuvieron con los musulmanes. Fueron numerosos los sefaradim que acompañaron a las tropas árabes, como “consejeros, administradores, médicos, comerciantes, etc.” (cf. Elnecavé, ob. cit., pp. 333 y 996).

275 Ibid., pp. 188 y 191-192.

276 Roth, Historia, etc., p. 150.

277 Ibid., p. 150.

278 Wolfi, en ibid., XI, 24, cit. por Walsh, p. 700.

279 Roth, ob. cit., p. 148.

280 Dubnow, ob. cit., pp. 492-493.

281 Ibid., p. 491.

282 Shatzky, ob. cit., p. 34. Por supuesto que también el islamismo de estos israelitas era simple táctica, ya que “el marranismo detesta al turco no menos que a los católicos que lo persiguen” (ibid., pp. 35-36). Esta táctica fue propugnada con todo cinismo por una organización secreta de hebreos musulmanes, que existió en Turquía en el siglo XVII, dirigida entre otros por Daniel Israel Bonafou, Miguel Cardozo, José Querido y Mardoqueo Mojíaj. “Defendían al marranismo -dice Shatzky- como a un método para socavar los cimientos del enemigo y como un medio que contribuía a hacer más elástica la lucha contra él’ (ibid., p. 36). Exacta definición válida también para los cristianos nuevos.

283 Walsh, ob. cit., p. 111.

284 Roth, ob. cit., p. 150.

285 Felipe Ruiz Martín, La expulsión de los judíos del Reino de Nápoles, en Hispania, t. IX, no XXXV, pp. 197-198, Madrid, abril-junio de 1949).

286 Ibid., p. 199.

287 La información que tomó Figueroa, Regente, de algunos de Manfredonla, Archivo General de Simancas, sección Estado, leg. 1.018, n° 35, en ibid., p. 202. El regente debía tener presente lo sucedido en Rodas el año 1522, cuando “los judíos ayudaron a los turcos a conquistar la plaza fuerte”, transformando luego la isla en una “pequeña Jerusalem”, donde predominaban los sefaradies (cf. Elnecavé, ob. cit., p. 461). Durante su estadía en Nápoles (25-11-1535 hasta 27-3-1536), el César fue informado por Figueroa acerca del comportamiento de los cristianos nuevos: “En el Reino, y mayormente en la parte de Pulla, hay gran número de herejes de los conversos de judíos, así naturales del mismo Reino como del de Francia, desde el tiempo que de allá fueron echados ¡os judíos, y algunos de los Reinos de Aragón y Cataluña. Contra muchos de ellos está hecho proceso, por el cual consta que sólo el nombre tienen de cristianos, y en todo lo demás son y viven como judíos, guardando sus fiestas y haciendo todas sus ceremonias judaicas; y han hecho y cometido abominables delitos contra la Santa Fe Católica y el Santísimo Sacramento, y contra el nombre e imagen del Crucificado y de nuestra Señora” (cf. Informe tocante a cosas del gobierno, para verse; del regente Figueroa, A.G.S., sec. Estado, leg. 1.029, n° 61, en it:id., p. 215). Como es de suponer, las informaciones que le llegaron a Carlos relacionadas con los judíos públicos, también fueron por completo negativas, denunciándose su proceder antisocial (cf. art. cit., pp, 215-216). En las instrucciones que dejó al virrey Pedro de Toledo, Carlos V expresábale entre otras graves cosas, que los mismos “tienen mucho favor en toda parte” (ver Las instrucciones que se dejaron al virrey, dadas en Nápoles, a 18 de marzo de 1536, A.G.S., sec. Estado, leg. 1.024, n° 46, en ibid., p. 216). En Manfredonia la situación era particularmente alarmante, ya que se encontraba en manos de una oligarquía de judíos públicos y conversos: “los que carecían de todo -observa Ruiz Martín- eran de intachable abolengo cristiano, mientras que los primates eran o conversos o declarados judíos” {ibid., pp. 199 y 201-202).

288 Ruiz Martín, ob. cit., pp. 236-239. La expulsión se llevó a cabo por voluntad exclusiva del César, en contra de la opinión de la mayor parte de los más altos consejeros y de sus ministros en Nápoles (ibid , pp. 197 y 232-233). Sobre este punto hace notar Ruiz Martín que “entre la Corte Imperial y la capital napolitana existía una correspondencia confidencial más detallada y sincera que la dirigida al soberano” y que “todos los informes que llegaban al Emperador eran favorables a los hebreos. Informes éstos tanto oficiales como particulares” (ibid., pp. 196-197). El oro y la influencia de Judá, así como la sangre judía de algunos importantes funcionarios reales se hacia sentir.

289 Ibid., p. 227.

290 Walsh, ob. cit., p. 111.

291 Shatzky, ob. cit., p.20.

292 Ibid., p. 2Q.

293 Ibid., p. 19.

294 Cardenal Mendoza y Bovadilla, ob. cit., p. 7.

295 Roth, ob. cit., p. 226. Catalina de Braganza, contaminada con “sangre infecta”, estaba rodeada de marranos. Cuando en el año 1662 viajó a Londres para casarse, se hizo acompañar por el potentado financiero converso Duarte da Silva, a quien nombró administrador de su dote. También integraba su comitiva el hijo del mismo, Francisco, que ocupó el cargo de tesorero general de ia reina (ibid., p. 228). El médico de cabecera de ésta fue Francisco Mendes (v. Roth, La aristocracia inglesa ante la prueba aria, en Judaica, año III; n° 29, p. 197, Bs.As., noviembre de 1935). Duarte da Silva era uno de ¡os traficantes más opulentos de la época, poseía sucursales en Amberes, Rouen, Venecia, Roma, Londres y Liorna. Banquero de la corte lusitana, donde poseía singular influencia, debió, sin embargo, ingresar a la cárcel inquisitorial en 1647, siendo encausado por judaizante. Al conocerse su arresto “en Amsterdam”, el cambio sobre Lisboa sufrió una baja del 5%” (cf. Roth, Historia, etc., p. 228). Salió penitenciado, con su vástago Francisco, en el auto de fe del 01-12-1652, tras lo cual logró con celeridad reconquistar su antigua posición. Francisco, no obstante lo expuesto, fue premiado por Catalina con la Orden de Cristo y más tarde, en 1682, el emperador Leopoldo I le hizo marqués de Montfort. Su hermano Diego hacía tiempo que estaba radicado en Hamburgo, donde retomó públicamente al judaísmo con el nombre de Isaac da Silva Solis, convirtiéndose en “uno de los pilares” de la comunidad judía. Fernando, segundo marqués de Montfort e hijo de Francisco, siguió el ejemplo de su tío, adoptando incluso el mismo nombre (ibid., pp. 227-229).

296 P. Calmon, Historia de la civilización brasileña, p. 79, ed. Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, Bs.As., 1937.

297 R. Lafuente Machain, Los portugueses en Buenos Aires, pp. 46-47, ed. del autor, Madrid, 1931. Por un error tipográfico en el original dice “bávara” en lugar de bátava.

298 B. Lewin, Los criptojudíos. Un fenómeno religioso y social, p. 146, ed. Milá, Bs.As., 1987. (Esta editorial pertenece a la Asociación Mutual Israelita Argentina -AMIA-, la más poderosa entidad judía del país).

299 Elnecavé, ob. cit., p. 768. Respecto a la Compañía de las indias Occidentales, Lafuente Machain señala que el capital accionario se fijó en 18.000.000 de florines en acciones de 6,000, “casi todas adquiridas por los cristianos nuevos refugiados y los hebreos holandeses” (v. ob. cit., p. 45).

300 Elnecavé, ob. cit., pp. 923 y 933. Sobre la actuación de los judíos en defensa de Pernambuco (Recife), véanse pp. 922 y 927-928.

301 Enrique de Gandia, Las misiones jesuíticas y los bandeirantes paulistas, p. 83, ed La Facultad, Bs.As., 1936.

302 Ibid., pp. 83-84.

303 Calmon, ob. cit., p. 71.

304 Rivanera Carlés, Los ataques de los bandeiranfes judeoconversos a las misiones jesuíticas (en prensa).

 

http://hispanismo.org/historia-y-antropologia/3221-los-marranos-victimas-o-victimarios-de-espana.html

https://analisis06.wordpress.com/2019/04/19/los-marranos-victimas-o-victimarios-de-espana-v

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