La patraña del 11-M

Parte del engaño del 11-M

La muerte de Fernando Múgica truncó su proyecto de escribir un libro basado en sus investigaciones sobre el 11-M. Este texto, en el que sostiene que las Fuerzas de Seguridad taparon con pruebas falsas el papel de “potencias extranjeras”, iba a servirle de prólogo. EL ESPAÑOL lo reproduce como homenaje a su tesón en la búsqueda de la verdad.

Uno de los vagones del tren de cercanías afectado por los atentados del 11-M.

Uno de los vagones del tren de cercanías afectado por los atentados del 11-M.Manuel H. de LeónEfe

Fernando Múgica

22.05.2016 02:17 h.

Una de las personas más importantes del Gobierno de Aznar me hizo varias confidencias junto al mar. Fueron muchas horas de conversación durante dos días de verano. Hubo solo un mensaje que repitió en tres ocasiones.

“A mí lo que siempre me ha fascinado” -me insistió- “es por qué no has tenido problemas físicos. Sigues empeñado” -se refería claro está a la investigación sobre el 11-M- “en pasar de la cascarilla. Lo que me asombra es que a tu edad sigas con esa fantasía de que vas a poder llegar más allá de la espuma de lo que pasó. Estás loco. Tú eres perfectamente consciente de que en el momento en que traspases la espuma de la realidad duras exactamente 24h”.

Y tenía razón. El conjunto de datos de la investigación policial que dio lugar al sumario y, más tarde, a la sentencia del 11-M constituyen una simple y gigantesca cascarilla. La razón de Estado, apoyada con el doble estímulo del terror y las prebendas, se impuso entre las fuerzas del orden para fabricar esa espuma envolvente que tanto nos ha distraído.

Los más escépticos entre los periodistas, los políticos y los agentes de la ley, fuimos laminados. A otros se les estimuló con reconocimientos, ascensos o traslados a diferentes embajadas. Se colocó en puestos clave de control a tres policías incondicionales del nuevo Gobierno, aunque para ello tuvieran que sacrificar durante una temporada a la maquinaria engrasada y eficaz de la Unidad Central de Inteligencia. Se controlaron llamadas y ordenadores. Se cambiaron cerraduras y protocolos.

Al final, unos antes y otros después, todos los cuerpos de seguridad terminaron apoyando una versión en la que cada cual trató de introducir a sus culpables. Fue una batalla sin cuartel, y contra reloj, de fabricación de pruebas, camuflaje de listados de teléfonos y tarjetas y terminales que llegaron a detenciones anticipadas y arbitrarias.

Fernando Múgica en la redacción de este diario en 2015. / Eduardo Suárez

Fernando Múgica en la redacción de este diario en 2015. / Eduardo Suárez

UN ERROR GARRAFAL

Uno de los errores más grandes que hemos cometido a lo largo de la investigación es considerar que las Fuerzas de Seguridad del Estado actuaron desde el primer momento con una única intención.

Al final, unos antes y otros después, todos los cuerpos de seguridad terminaron apoyando una versión en la que cada cual trató de introducir a sus culpables. Fue una batalla sin cuartel

La realidad es que en los primeros dos meses tras el 11-M se produjo una batalla salvaje entre los distintos organismos policiales y de inteligencia. Cada grupo se enrocó, se impermeabilizó por instinto, ante la brutal sorpresa de los atentados. Cada departamento razonaba, dentro de su muralla, que si no habían sido los suyos, ni la gente que ellos controlaban, tenían que estar implicados los demás. Se montaron, unos a otros, escuchas y seguimientos porque nadie se creía que aquellos primeros personajes que ciertos departamentos de la policía presentaban como autores tuvieran nada que ver con lo sucedido.

El asunto era muy grave así que se exigieron pruebas de fidelidad, se desenterraron viejas hermandades de los años 80 y 90, como el clan de Valencia, los de Barcelona o los guarreras de la vieja Brigada de Interior. Tardaron varias semanas en ponerse de acuerdo y al final lo hicieron convencidos de que seguir por ese camino nos podía llevar a todos a una catástrofe mucho mayor de la que había sucedido.

La matanza ya no tenía remedio. El cambio político no tenía marcha atrás. Hubo un juramento por el que nadie iba a responsabilizar de nada a ningún colega si se llegaba a un consenso férreo sobre los culpables. El linchamiento público de Agustín Díaz de Mera, ex Director General de la Policía, -un político que no pertenece al Cuerpo- cuando quiso salirse del guion, camina en esta dirección.

“QUE SE LO COMAN”

Un oficial antiterrorista de la Guardia Civil definió la situación, delante de sus hombres, de una forma impecable: “El PP ya está jodido hagamos lo que hagamos. Esto se lo van a comer los moros. Son tan gilipollas que al final ellos mismos van a convencerse de que lo han hecho. Se acusarán mutuamente para salvar el culo. Y el que hable, ya sabe, está muerto”.

Croquis realizado por la Policía Nacional de la mochila-bomba encontrada sin explotar en la comisaría de Vallecas.

Croquis realizado por la Policía Nacional de la mochila-bomba encontrada sin explotar en la comisaría de Vallecas.

Una consigna parecida caló en todos los estamentos de seguridad. No faltaban, claro está, los que aplaudían con las orejas por el cambio de régimen que los atentados habían alentado. La marcha del odiado Trillo o del prepotente Aznar -¡cómo aplaudían los de Información de Zaragoza en la noche del 14-M!- era un alivio para muchos. Pero la conspiración de silencio rebasó cualquier inclinación política.

Tras el 11-M se produjo una batalla salvaje entre los distintos organismos policiales y de inteligencia… Se montaron, unos a otros, escuchas y seguimientos porque nadie se creía que aquellos primeros personajes que ciertos departamentos de la policía presentaban como autores tuvieran nada que ver

Antes de llegar a ese pacto hubo una batalla sorda por averiguar implicaciones y complicidades. Todos querían guardarse munición -y lo hicieron- por si venían mal dadas…

La sentencia no ha sido más que la consagración salomónica de la parte de la versión oficial que resulta suficiente, de cara a la galería, para pasar página por parte de las distintas corrientes. Ha dejado al descubierto, sin embargo, suficientes lagunas como para que nadie pueda proclamarse vencedor.

Los políticos de ambos signos lo tenían asumido hace tiempo. Era mejor eso que desvelar que agentes incontrolados de potencias extranjeras hubieran cambiado, sin nadie que se lo impidiera, la historia de España. No podían admitir además el control, bordeando la complicidad, que habían desarrollado durante años para alimentar y tener controladas a las bandas del norte y del sur, a ETA y a los musulmanes radicales.

LOS AGENTES INFILTRADOS

España era, en las semanas previas a los atentados, un entramado gigantesco de observadores, vigilantes, confidentes y agentes encubiertos. Lo mejor de cada casa estaba en las calles con los ojos bien abiertos. Corría el dinero y se palpaba una euforia prepotente. Los posibles grupos terroristas de uno y otro signo estaban tan infiltrados, tan controlados, tan neutralizados que las propias fuerzas de seguridad les daban cuerda para que pudieran seguir adelante sin sospechas, por si tenían que utilizarlos.

Las redes de la UCO, de la UCE1 y UCE2, de la UCII y la UCIE, de la UCAO, de la UDYCO, del CNI y un largo etcétera controlaban las caravanas de la droga, las rutas de los explosivos, las reuniones de los integristas islámicos. Por eso los avisos exteriores solo provocaban sonrisas de suficiencia.

Un oficial antiterrorista de la Guardia Civil: «El PP ya está jodido hagamos lo que hagamos. Esto se lo van a comer los moros. Son tan gilipollas que al final ellos mismos van a convencerse de que lo han hecho.»

A veces tenían que jugar al ratón y al gato y al escondite para que unos grupos policiales no interfirieran en la labor de los otros. ¿El Tunecino? Pero si era uno de los chicos del CNI. Por eso tuvieron que espantarlo de su piso cuando el acoso de la policía se había vuelto asfixiante. Facilitaron su huida para desesperación de los controladores policiales.

¿Lamari? Pero si estaba enrolado en el mismo barco desde hacía tiempo. Por eso Safwan Sabag, El Pollero de Valencia no le perdía ni a sol ni a sombra desde que consiguieron sacarlo anticipadamente de la cárcel. Tuvieron que intervenir su teléfono, el 1 de julio del 2004 para que cuando la policía metiera las narices con el Skoda Fabia ya no pudieran escucharle. Y a Benesmail, su lugarteniente oficial, lo introdujeron en Asturias -y todo está grabado- en la misma cárcel, Villabona, y el mismo mes, julio de 2001, que ingresó Antonio Toro Castro el tapado en el comercio de los explosivos, y tan solo un mes antes de que entrara en la misma cárcel Rafa Zouhier, el tapado de la Guardia Civil.

Rafa Zouhier proclamando su inocencia durante el juicio.

Rafa Zouhier proclamando su inocencia durante el juicio.

Para completar el control de la zona estaba el argelino Rabiá Gaya, al que montaron una carnicería musulmana en Gijón y Fernando Huarte, el enlace con asociaciones Palestinas que sacaba a pasear a Benesmail con la excusa del dentista, como si eso fuese posible y habitual en un peligroso terrorista en régimen de vigilancia especial.

Durante los últimos años, todas las tramas de traficantes se habían puesto bajo la lupa policial con muchos medios. Para las caravanas de droga desde el Magreb, el PP contaba en 2003 -cuando aparece el proveedor Jamal Ahmidan, El Chino, procedente de una cárcel de Marruecos- con los ocho años de experiencia de Gonzalo Robles al frente del Plan Nacional sobre Drogas. El 21 de noviembre de 2003 el Consejo de Ministros le nombra Delegado del Gobierno para Extranjería e Inmigración. Se aduce algo que era verdad, su “gran conocimiento de las rutas del narcotráfico en El Estrecho”.

Las rutas del explosivo hacía tiempo que estaban bajo la supervisión del CNI y de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil.

Por eso, los atentados del 11-M produjeron una enorme sorpresa a los distintos grupos de inteligencia. Pero lo que realmente causó estupor fue la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas

EL HOMBRE DEL REY

El control y la infiltración de radicales islámicos estaba manejada por la UCIE, de la policía y la UCE2 de la Guardia Civil, pero sobre todo por el CNI. Las credenciales del servicio secreto para ello no podían ser mejores. Jorge Dezcallar, el primer civil nombrado como director del Centro en 2001 -y el primero que ostentó el cargo de Secretario de Estado-, era un verdadero especialista en el Magreb. Vino de la mano del Rey.

El exministro de Defensa, Federico Trillo (i), y el exdirector del CNI, Jorge Dezcallar (d).

El exministro de Defensa, Federico Trillo (i), y el exdirector del CNI, Jorge Dezcallar (d).Fernando AlvaradoEfe

No era un hombre de Aznar pero éste sabía de sus conocimientos en materia de terrorismo islámico ya que acababa de simultanear el cargo de embajador en Marruecos con el jefe de antena del CNI en la zona. No era un paracaidista. Llevaba muchos años en esos menesteres.

Para colmo, a su lado se promocionó a María Dolores Villanueva, asturiana, divorciada, un sabueso dedicada en cuerpo y alma a descubrir agentes infiltrados. La mujer con el puesto más alto en la historia del CNI. ¿Su especialidad?, contra inteligencia. ¿Su misión más reciente?, responsable de contra inteligencia del Magreb.

Después del 11-S se habían redoblado los esfuerzos en esa dirección. La realidad contradecía a lo que luego se convertiría en el latiguillo falso y estúpido de que el Gobierno había descuidado ese flanco. No faltaban traductores, ni analistas, ni agentes de campo, bien entendido que en un servicio secreto, siempre se considera que el doble aún sería insuficiente.

Cuando colocaron la mochila de Vallecas no podían saber que las verdaderas bombas no llevaban metralla. La pusieron en el convencimiento de que lo normal es que la llevara

Antes del 11-M se había constituido un comité de crisis compuesto por ministros y expertos en el que el propio Dezcallar explicaba, en cada reunión- y al menos durante los últimos dos meses-, los seguimientos en Lavapiés y en las mezquitas, la infiltración en asociaciones y pisos dormitorio, el control en locutorios, carnicerías y peluquerías. Tenían a sueldo a los individuos destacados en relación a las corrientes islamistas radicales.

Por eso, en contra de lo que muchos investigadores escépticos con la versión oficial piensan, los atentados del 11-M produjeron una enorme sorpresa a los distintos grupos de inteligencia. Pero lo que realmente causó estupor fue la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas.

¿De dónde salían todas aquellas evidencias que habían pasado hasta ese día inadvertidas? ¿Estaban preparadas de antemano o fueron saliendo una detrás de otra, como las cerezas en un plato, en un puro ejercicio de improvisación?

Si hubieran estado preparadas no habrían tenido esas inmensas lagunas que más tarde fueron incapaces de cuadrar, aunque lo intentaran, incluso a martillazos y ante la ceguera y la apatía general.

Cuando colocaron la mochila de Vallecas no podían saber que las verdaderas bombas no llevaban metralla. La pusieron en el convencimiento de que lo normal es que la llevara. Luego tuvieron que decir a El gitanillo en su declaración de junio aquella frase presuntamente pronunciada por Trashorras en la mina: “No os olvidéis de los clavos y los tornillos”, solo para justificar la metralla de esa mochila.

Imagen general de la mina donde trabajó hasta octubre de 2002 Suárez Trashorras.

Imagen general de la mina donde trabajó hasta octubre de 2002 Suárez Trashorras.J. L. CereijidoEfe

Tampoco tuvieron tiempo de hacer coincidir la composición de los explosivos reales con los postizos. Sencillamente porque a la hora en que fabricaron la mochila de Vallecas aún no se conocían los resultados de los análisis de los restos de las bombas que habían estallado. Era más cómodo hacer coincidir la dinamita de la mochila con los restos encontrados en la Kangoo y con la muestra patrón.

Durante el mediodía del 11-M lo primero que los encubridores decidieron fue que los culpables serían los moritos de Lavapiés. Y entre ellos, los que más podían relacionar con el terrorismo islámico internacional. Los tenían controlados así que iba a ser muy sencillo echarles el guante

Y ni eso supieron hacer por culpa de la Metenamina que salía en unos análisis sí y en otros no. Sánchez Manzano, el responsable de los Tedax, llegó a firmar un escrito en el que se incluía la Metenamina como uno de los componentes básicos de la dinamita. El resto del debate sobre la composición de los explosivos es ya conocido de sobra por el lector.

LA MANIPULACIÓN DE LAS TARJETAS

Tuvieron que dejar los primeros análisis en una nebulosa para acoplarlos, en su momento, al atrezzo.

Durante el mediodía del 11-M lo primero que los encubridores decidieron fue que los culpables serían los moritos de Lavapiés. Y entre ellos, los que más podían relacionar con el terrorismo islámico internacional. Los tenían controlados así que iba a ser muy sencillo echarles el guante. Pero necesitaban pruebas que les encaminaran rápidamente a ellos. Decidieron que lo más práctico era una tarjeta de teléfono con un móvil como iniciador de las bombas -los locutorios de los musulmanes de Lavapiés las vendían-. El policía municipal Jacobo Barredo había declarado a la prensa que una de las bombas que los Tedax neutralizaron tenía una especie de gran teléfono con unos cables.

Tuvieron horas para preparar uno y para enterarse de los lotes de tarjetas que llevarían más tarde a Lavapiés. El aparato telefónico lo apañarían de la misma manera, con cualquier bazar de indios que los vendiera. No llevaban control alguno de las numeraciones. Sería sencillo presionarles para que reinventaran los libros contables. ¿Se acuerdan del juez Bermúdez y aquella teatralización pública durante el juicio en la que él mismo puso en evidencia que aquellas numeraciones de Imeis estaban fabricadas mucho después de la venta de los terminales?

El presidente del tribunal del 11-M, Javier Gómez Bermúdez.

El presidente del tribunal del 11-M, Javier Gómez Bermúdez.Paco CamposEfe

No hay nada más manipulable que las tarjetas telefónicas. Con el material y los conocimientos adecuados se pueden clonar, cambiar, falsificar, redirigir y suprimir llamadas o reconvertir unas en otras. En ningún país serio se considera como prueba, más allá de puros indicios, nada de lo relacionado con las llamadas telefónicas. La posible manipulación invalida cualquier conclusión.

Por eso la subinspectora de la UCII, la unidad anti ETA, que llamó a la puerta del piso de Leganés y que desencadenó los acontecimientos de aquella tarde infernal del 3 de abril de 2004 -la misma a la que luego hicieron pasar a segunda actividad- le confesó a un colega: “No tenemos nada contra ellos. Solo cruces de llamadas y eso sabes que es como no tener nada”.

Además de las tarjetas necesitaban una fuente para los explosivos y los detonadores. Echaron mano de lo que tenían más a mano. Mina Conchita había servido durante años como pantalla para la red de explosivos manejada por las fuerzas de seguridad que utilizaban la red de Antonio Toro para poder colocarla, marcada, en los depósitos de los terroristas.

Antonio Toro Castro el tapado en el comercio de los explosivos.

Antonio Toro Castro el tapado en el comercio de los explosivos.

Esa pantalla había funcionado por la simplicidad del ex minero Trashorras, manejado por el inspector de policía de Avilés Manuel García Rodríguez Manolón. Un veterano de Información de Madrid menos fuerte de lo que él mismo creía y al que han tenido que sostener para que no terminara contando todo lo que sabe. La llegada del nuevo Jefe Superior de Policía a Asturias, Arujo, ex cuñado de Manolón y antiguo responsable de la comisaría de Gijón, consolidó ese flanco.

A Trashorras siempre lo utilizaron como a un tonto útil. Nunca supo que lo usaban desde mucho antes del 11-M.

La dinamita que vendía Toro, según testigos que detallaremos, venía directamente de fábrica. Toro utilizaba a su cuñado y a esa mina como señuelo para que los compradores no sospecharan su verdadera procedencia. Por eso podía ofrecer centenares de kilos a la semana, una cantidad que nunca hubiera podido sustraerse ni siquiera de la mina peor vigilada.

LA CÉLEBRE KANGOO

La furgoneta Kangoo fue otro recipiente de pruebas improvisado. No tenía huellas de los presuntos culpables de Lavapiés, porque cuando decidieron utilizarla, a primera hora de la tarde del 11-M aún no habían decidido quienes serían esos culpables.

Furgoneta Renault Kangoo supuestamente relacionada con los atentados.

Furgoneta Renault Kangoo supuestamente relacionada con los atentados.Fernando VillarEfe

Los primeros que inspeccionaron la furgoneta, todavía en el aparcamiento de la estación de Alcalá de Henares, no pudieron ver ni la cinta coránica, ni los detonadores, ni la mayor parte de las prendas de ropa porque no estaban. Fue luego, en Canillas, -cuando decidieron que utilizarían la furgoneta para terminar de encaminar a los investigadores hacia la pista islámica cuando introdujeron los objetos que necesitaban para sus fines. Antes de la inspección técnico-policial -eufemismo para referirse a una simple lista de los objetos- se guardaron algunas prendas del dueño de la Kangoo, los que luego aparecerían en el Megane del primo de Jamal Ahmidán, junto a más prendas de los presuntos terroristas que servirían para encontrar nuevos ADN inculpatorios.

Además de las tarjetas necesitaban una fuente para los explosivos y los detonadores. Echaron mano de lo que tenían más a mano. Mina Conchita había servido durante años como pantalla para la red de explosivos manejada por las fuerzas de seguridad que utilizaban la red de Antonio Toro

¿La tarjeta del Grupo Mondragón? Los primeros policías que llegaron hasta ella la vieron. Probablemente era un detalle sin la menor importancia. Ellos creyeron que sería importante y por eso lo resaltaron porque les parecía que encaminarían la investigación hacia ETA y que fue ocultada deliberadamente.

La caza de brujas de este episodio fue brutal. Se organizó una investigación interna. Se me hizo llegar una información según la cual si llegaba a revelar el nombre de mi fuente la competencia sacaría una foto de ese individuo con el brazo en alto en una manifestación. Era una presión inútil porque jamás desvelaré una fuente aunque eso me acarree un aparente descrédito.

Es realmente irritante e infantil que en la sentencia se destaque por su nombre solo una de las cintas encontradas en la Kangoo -la de la Orquesta Mondragón- con la clara intencionalidad de tratar de dejar en evidencia la posible confusión de esa casete con la tarjeta de visita mencionada. Patético en un juez que podría haber solventado el caso llamando a declarar a los primeros policías de Alcalá para salir de dudas.

¿Y el portero Garrudo y los tres encapuchados? Una simple coincidencia. Nunca tuvieron nada que ver con el caso. La sentencia dice que salieron de la furgoneta pero, como se puede comprobar por todos los testimonios, el portero solo dijo en su día que los vio al lado de la misma, y no dentro como el mismo se encargó de rectificar.

Los fabricantes del encubrimiento utilizaron la Kangoo sobre la marcha como podían haber utilizado cualquier otro vehículo si ese no hubiera salido a la luz. Los policías que la vieron vacía matizaron en el juicio que podía haber algunas cositas. Aceptamos que había las que se consignaron en la lista menos la cinta coránica, los detonadores y restos de explosivos y, por supuesto, todas las prendas de los terroristas en las que luego se encontrarían los restos de ADN comprometedores. Y que eso podía conformar una furgoneta con algunas cositas que no fueron suficientes para llamar la atención a los policías, ni de los perros.

ZOUGAM Y EL LOCUTORIO

¿Zougam y Bakkali? Pero ¿quiénes creen que les indujeron a montar el locutorio? Bakkali -al que las autoridades marroquíes se empeñaron en calificar de mecánico en todas las informaciones- dejó colgada una sustanciosa beca en una universidad madrileña en la que se doctoraba en ciencias físicas para meterse en un negocio bastante cutre en un barrio de inmigrantes marroquíes. Precisamente todo aquello de lo que él siempre -por su formación y clase social- quiso huir.

Jamal Zougam, en una imagen captada durante el juicio.

Jamal Zougam, en una imagen captada durante el juicio.Gtres

Los abogados que gestionaron el papeleo le aconsejaron que no renunciara a su tarjeta de residente como estudiante ya que era casi imposible que le dieran, como él pretendía, la de autónomo. No se la daban a nadie. Los mismos abogados se quedaron con los ojos a cuadros cuando poco después la policía se la había concedido. Si repasan sus declaraciones judiciales observarán como fue él quien apuntaló la culpabilidad de Zougam, su socio, cuando admitió que era un radical y que utilizaban la peluquería para reuniones islamistas.

Por cierto, al revés que Zougam, declaró que la policía no le había tocado durante los interrogatorios. Por supuesto, al final, el hombre que, según la versión oficial, guardaba en su piso las tarjetas telefónicas implicadas en los atentados, uno de los socios del locutorio que teóricamente las compró, quedó libre de toda culpa.

‘El Chino’ fue la respuesta del CNI a la primera jugada de la policía al culpar de improviso a Zougam

¿El locutorio de la calle Tribulete? Pero, por qué creen que lo asaltaron en plena noche, tres días antes de la explosión del piso de Leganés. Los desconocidos -“muy profesionales y con el material adecuado”- que rompieron los precintos policiales, en una de las calles más vigiladas de Madrid en aquella época, no querían llevarse nada. La policía ya se había incautado de todo lo de interés en los dos registros oficiales.

Solo quedaba limpiar el local. Quitar todas las cámaras y micrófonos que ellos mismos habían puesto mucho antes.

¿La peluquería de la calle Tribulete y sus reuniones clandestinas? Como la otra peluquería, Paparazzi, la del agua bendita, no podía tener más cámaras y micrófonos por metro cuadrado. Fue Zougam quien puso los 6.000 euros que le faltaban a un amigo para montar el negocio. Según declaró éste al juez, sacaban unos 300 euros al mes. Zougam tenía derecho a una tercera parte de las ganancias. Así que hubiera tenido que esperar al sexto año para ganar el primer euro. Un negocio redondo.

42.000 AÑOS DE CÁRCEL

Al CNI le pilló de sorpresa la detención de Zougam y sus socios. Pero lo que consideraron que sobrepasaba cualquier límite es la filtración a la prensa de que en ese locutorio se había encontrado el trocito de baquelita que faltaba precisamente en el teléfono de la mochila con explosivos encontrada en la comisaría de Puente de Vallecas.

También contó la policía, al principio, que fue en ese locutorio donde se prepararon las bombas. Era mentira pero los medios lo airearon en grandes titulares y mantuvieron durante meses el hallazgo de un trozo de baquelita. Eso contribuyó a que el gran público considerara a Zougam culpable indiscutible.

Comenzaron a salir en televisiones y periódicos espontáneos que certificaban la radicalidad de Zougam y por supuesto aparecieron testigos que lo habían visto en distintos trenes en la mañana del 11-M. Era también el culpable favorito de los americanos. A éstos les venía de perlas la versión primera sobre la culpabilidad de Al Qaeda.

Por eso, periodistas afines airearon en Europa que Zougam tenía incluso relación con los culpables de la célula alemana del 11-S. Hubo quien lo vinculó con el viaje de Atta -uno de los aviadores suicidas del 11-S- y con su viaje a Tarragona antes de los atentados de Nueva York.

Se difundió que Zougam había llamado seis días antes de los atentados del 11-S a Abu Dahdah, el islamista residente en España implicado por la justicia española en los atentados de Nueva York. Hubo quien detalló que Zougam había recibido entrenamiento militar y adoctrinamiento en los campos de Afganistán.

La intoxicación provino en parte de personal cercano a la embajada estadounidense. Los mismos que habían servido como tercera fuente a la cadena SER en la noticia sobre la aparición de terroristas suicidas en los trenes.

Todo aquello se fue cayendo como un castillo de naipes, pero el golpe de efecto ya no tendría marcha atrás. La realidad es que nunca han tenido nada sólido contra Zougam a pesar de que fuera condenado a 42.922 años de cárcel.

Los que señalaron a Zougam desde el principio -“Ha sido la mejor decisión profesional que he tomado en mi vida”, dijo De la Morena en el juicio- le tenían preparado un protagonismo aún mayor.

EL CHINO SURGE DE LA NADA

El guion del primer encubrimiento contaba con su culpabilidad no solo como autor material sino como conseguidor de los explosivos. El lector recordará la insistencia de Emilio Suárez Trashorras, -el ex minero asturiano condenado por proporcionar la dinamita-, en sus declaraciones a El Mundo cuando denunciaba que la policía quería desde el primer momento que acusara a Zougam y a El Tunecino de recibir los explosivos. Fue mucho más tarde, según Trashorras, cuando se atribuyó la operación a El Chino.

A la izquierda, Jamal Ahmidan, alias El Chino; a la derecha, Serhane Ben Abdelmajid, El Tunecino.

A la izquierda, Jamal Ahmidan, alias El Chino; a la derecha, Serhane Ben Abdelmajid, El Tunecino.

De hecho, la policía aireó dos tarjetas de teléfono que habían viajado a Asturias los días 28 y 29 de febrero -los días en que teóricamente los terroristas se agenciaron los explosivos- atribuyéndoselas a Zougam.

Cuando se difundieron las tarjetas que supuestamente había usado El Chino en el viaje a Asturias de esos mismos días, las que relacionaban esas fechas con Zougam desaparecieron de la circulación.

El Chino fue la respuesta del CNI a la primera jugada de la policía al culpar de improviso a Zougam. Si hacía falta unos culpables creíbles tenía que armarse mejor el argumento, la recepción de los explosivos, los contactos con la llamada trama asturiana. El Chino surgió de la nada y rompió los esquemas de muchos policías en el primer momento. No se obtendrían sus huellas hasta que Marruecos quiso entregarlas. Su perfil era misterioso y difuso. Estaba en todas partes pero nadie parecía poder aportar nada concreto, al margen de las declaraciones de Trashorras y Zouhier.

Por eso todos los responsables policiales se esforzaron en repetir ante el juez Bermúdez que sus grupos operativos desconocían la existencia de El Chino y que nunca lo habían tenido como un objetivo. El jefe de la UDYCO, el que tenía controlados los teléfonos de ese grupo de traficantes, desde muchos meses antes del 11-M, se atrevió a asegurar en la Comisión de Investigación del Congreso que para ellos El Chino no era Jamal Ahmidán sino su primo. Otro afirmó que no supo de su existencia hasta después de la explosión de Leganés.

Fue el CNI quien proporcionó los listados de llamadas de El Chino, en el viaje a Avilés en esos días clave de febrero de 2004, a los miembros de la Guardia Civil encargados de la investigación de los explosivos asturianos. La trama asturiana estaba servida.

Fuente: http://www.elespanol.com/espana/20160521/126487531_0.html

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35 años del “síndrome tóxico del aceite de colza”, una deliberada mentira y crimen de Estado (y 2)

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MI EXPERIENCIA CON EL ACEITE DE COLZA “TÓXICO”, LA GIGANTESCA PATRAÑA ORQUESTADA POR EL ESTADO ESPAÑOL

En el año 1981, el que suscribe, siendo adolescente, vivía en León que, junto con Valladolid, fue la segunda ciudad española más afectada, después de Madrid, por el envenenamiento masivo atribuido oficialmente al aceite de colza desnaturalizado. Sin otro medio de información que el propagandismo oficial televisivo y los medios escritos que hacían piña con el coro de mentiras gubernamentales, muy pocos se atrevían a publicar o exponer opiniones disidentes en torno a aquella epidemia que fue propagada deliberadamente. El trabajo investigador del doctor Muro, mencionado en la anterior entrada, fue uno de ellos mientras que otros desmontaron la farsa mediante la denuncia escrita que fue, todo hay que decirlo, saboteada por todos los medios posibles. Entre estos últimos estuvo Andreas Faber Kaiser, un personaje que quizás era el menos indicado para ello puesto que, lamentablemente, estaba en el lado “oscuro” de las elucubraciones paranormalistas, la ufología y otras rancias mercancías esotéricas. Lo cual no quiere decir, matizo, que estuviera privado de razón en el asunto que nos ocupa. Ni mucho menos.

La aportación de Faber Kaiser a la tragedia del “síndrome tóxico” fue, seguramente, lo único decente que hizo en su vida. Faber Kaiser escribió un libro de investigación sobre aquel “affaire” que llamó Pacto de Silencio y que fue publicado de forma prácticamente clandestina, hoy inencontrable en librerías, aunque existe alguna copia por Internet. De todas formas, las referencias o claves a buscar en el engaño criminal del “aceite de colza” seguían siendo los doctores que pusieron arriesgaron su carrera profesional a costa de exponer la verdad sobre aquel sucio asunto, como fueron los doctores Muro, Martínez, Clavero o Monge, es decir, gente que estaba vinculada a la ciencia de la verdad, no a los corrompidos asalariados de la ciencia prostituida que trabajan en favor de los grandes intereses mafiosos de la industria farmacéutica, alimentaria o biotecnológica.

Ahora vayamos a lo que yo “experimenté” con el síndrome tóxico en aquel año del “golpe cuartelero” y la “colza”. El trasiego de vendedores ambulantes en los barrios, sobre todo periféricos o en los cinturones industriales, de las grandes o pequeñas ciudades era un paisaje habitual en la España franquista, aunque a finales de los años ochenta empezó a entrar en declive debido a que había cada vez más controles y normas en materia de salud e higiene alimentaria. Pero a principios de la década de los ochenta todavía eran perceptibles las visitas de los “tenderos de la calle ambulantes” que ofrecían productos alimenticios como aceite, pan o leche fresca, o bien se dedicaban a la venta de prendas textiles y otros enseres. Un poco (estos últimos) como la tómbola de los hermanos Cachichi, para el que recuerde, añejamente, a estos legendarios feriantes-charlatanes. En el barrio donde yo vivía, en concreto en mi calle, el tan temido “aceite de colza” se distribuyó ampliamente entre el vecindario. No puedo recordar durante cuánto tiempo, pero sé que hubo varias “visitas” de los vendedores ambulantes hasta el mismo momento en que se ordenó detener la venta de aceite. Dudo muchísimo que el aceite lo empezaran a distribuir un mes antes del primer caso conocido de envenenamiento, como señalaron las fuentes oficiales ya que, repito, los “aceiteros” vinieron más de una vez a mi calle, muy probablemente a lo largo de los primeros meses del año 1981 e incluso es posible que antes, aunque esto último no lo puedo confirmar con certeza.

Entre aquellos compradores del aceite de “colza” estuvo mi madre. Es decir, en mi familia (cuatro personas) consumimos VARIAS garrafas del “aceite asesino (que eran de cinco litros la unidad, aquí sí, en consonancia con la versión oficial), no puedo precisar cuantas pero en torno a no menos de cuatro pasaron por nuestro domicilio, según me ha confirmado mi madre recientemente. [Y todavía, más de treinta años después, andamos por aquí jodiendo la marrana a las élites globalistas, como pueden ver]. En otras viviendas sucedió exactamente lo mismo e incluso se adquirieron bastantes más litros ya que el precio por garrafa era bastante económico y también era mayor el número de integrantes de según que familia. De haber existido un solo afectado por el consumo de la “colza” se hubiera corrido la voz de alarma de forma inmediata y el caso se hubiera sido conocido rápidamente entre todo el vecindario de la calle. Pero no hubo tal envenenamiento “aceitero” puesto que nadie fue “contaminado”, nadie enfermó, ni nadie tuvo síntoma alguno relacionado con la ingesta del aceite al que atribuyeron, falaz e interesadamente, el “síndrome tóxico” por lo que, de este modo, se desmontaba (a través de los hechos) la tremenda burla oficial.

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Por tanto, no podía existir un “aceite” bueno de colza y otro “malo” puesto que tal hipótesis (el envenenamiento masivo por su causa) se extendió a todo el aceite distribuido en los distintos puntos de venta ambulante del centro y noroeste de España, estableciéndose tal premisa (todo el aceite vendido fue igual a contaminación tóxica) como dogma oficial. Podían haber jugado, desde el Estado, con la conjetura dual del aceite “bueno” y el “malo” (disyuntiva engañosa, al fin y al cabo), pero prefirieron lanzar un arma de distracción masiva global, chapucera, para salir al paso del crimen. Pero es que, hay que afirmar, no tenían herramientas teóricas científicas sólidas para defender su pusilánime versión.

Así pues, puedo afirmar con total rotundidad que ninguna persona de la calle donde vivía (que serían aproximadamente unos 250 a 300 vecinos), ninguno, repito, padeció el llamado síndrome tóxico atribuible al llamado aceite de “colza” que supuestamente estaba adulterado. Y casi aseguraría, al cien por cien, que en el resto del barrio nadie fue afectado por el consumo de ese aceite. Un aceite que, por supuesto, era de menor calidad que el distribuido por los canales comerciales habituales (tiendas y supermercados), pero que no provocaba ningún efecto secundario que no fuese el engordar vía consumo calórico. Ni siquiera el sabor era desagradable.

A todo lo anterior habría que añadir flagrantes incongruencias de libro, omitidas clamorosamente por los palmeros oficiales, algo que no han podido refutar ni argumentar los propagandistas del oficialismo, tales como el hecho de que en algunas familias unos miembros resultaron intoxicados y otros no; familias que afirmaron consumir tomate en ensalada (sin aceite de colza) resultaron afectadas del “síndrome tóxico” en su totalidad; en regiones españolas como Cataluña hubo distribución y venta del supuesto “aceite tóxico” y nadie fue afectado, así como que muchas personas enfermaron oficialmente de dicho “síndrome” a pesar de que nunca probaron “aceite de colza desnaturalizado”, puesto que los “garrafistas” ambulantes del aceite “adulterado” jamás viajaron hasta la localidad donde se intoxicaron esas personas.

En algunos pueblos de la provincia de León se constató, con gran sorpresa, este último hecho (no haber consumido el aceite tóxico y haber enfermado), algo que fue conocido por el Ministerio de Sanidad pero lo ocultaron de forma deliberada. El doctor Enrique de la Morena denunció esta circunstancia “anómala” en el documental de la cadena inglesa Yorkshire TV, titulado Poisoned Lives (Vidas envenenadas), de 1991, reportaje independiente y veraz que fue vetado en TVE (¿para qué adquirieron el documental si querían ocultar el crimen?) que cuestionaba la versión oficial a través de los testimonios de algunos afectados y de las personas citadas en esta entrada (doctores Martínez, Clavera y Monge). El reportaje fue emitido por TV3 y se puede ver en Youtube narrado en catalán, a excepción de los testimonios que intervienen hablando en castellano.

El genocidio o asesinato de Estado (etimológica y estrictamente así debe denominarse) de 2.500 personas (fallecidas a día de hoy) se produjo gracias a las conclusiones a las que llegó la inmensa e impagable investigación del doctor Muro (al que habría que ofrecer un “Nobel” a título póstumo) y a los trabajos de los doctores Martínez, Clavera y Monge. Lo demás, el circo de la corrupta OMS en Madrid y el vergonzante oficialismo transmitido por los medios a su servicio, fue un cuento con aroma a conspiración criminal de Estado, incluidas las sentencias judiciales que conminaron a los afectados a declarar que habían consumido “aceite de colza adulterado” para poder cobrar las correspondientes indemnizaciones. Una extorsión y chantaje para culminar un crimen de Estado. Las cortas penas  impuestas a los industriales aceiteros (cabezas de turco) en el juicio de la “colza”, en función de tan gigantesco delito, demostró, de alguna manera, que todo (incluido el juicio) fue un montaje orquestado por el Estado para cerrar filas en torno al amaño oficial.

La vergüenza es que el asunto de la colza continúa a día de hoy con, inclusive, artículos pseudocientíficos a cargo de “expertos” médicos que tienen la desfachatez de seguir dando por bueno el fraude que se manejó entonces y se sigue manteniendo hoy. Pseudoexpertos que, eso sí, se curan en salud afirmando que  “En los 20 años de evolución de la enfermedad los investigadores no han podido comprobar una relación entre el consumo de aceite y la gravedad de la enfermedad, pero sí entre la concentración de tóxico del aceite y el riesgo de enfermar.  Es decir, son incapaces de correlacionar consumo de aceite con los efectos devastadores en la salud que se produjeron hace treinta y cinco años pero especulan a un nivel de charlotada (que sonrojaría a cualquier científico honesto) de que sí hay, de alguna manera, relación entre aceite “contaminado” y enfermedad.

Eso sí, estos próceres de la corrupta ciencia oficial señalan La imposibilidad de reproducir experimentalmente las condiciones que llevan a la formación de estos compuestos (anilidas), hace pensar que durante el proceso de refino sucedió un accidente –en la temperatura, tiempo de refinado o cualquier otra variable- que originó un tóxico tan potente. Se contradicen y elucubran, al mismo tiempo, con presupuestos teóricos anti-empíricos. Siguen utilizando una mentira científica como arma de contrabando, señalando que Demostración de la elevada toxicidad es que el primer lote de aceite de colza es del 14 de Abril de 1981 y, los primeros casos de afectados conocidos son de 15 días después. Ni tan elevada toxicidad….ya que ésta nunca se produjo en personas que consumieron el demonizado aceite de “colza”. Mintiendo al compás de la charada delictiva de Estado…ya que la distribución del aceite comenzó bastante antes del 14 de abril republicano, constatable en primera persona del que suscribe, siendo imposible que en tan escaso lapso de tiempo adquiriéramos en nuestro domicilio varias garrafas de aceite al mismo tiempo. Y encima remachan su penosa y repugnante argumentación del siguiente modo La conclusión fue que la etiología del síndrome estaba inducida toxicológicamente, presumiblemente, por algún agente presente en el aceite.

Pero el agente, finalmente, no estuvo presente en el aceite sino que se infiltró en unos tomates en forma de veneno letal. Tal vez ese agente era un empleado terrorista del gobierno (o más exactamente varios) que realizó eficazmente el trabajo sucio de, por una parte, mentir y, en segundo lugar y más importante, propagar un asesinato masivo.

 

 

Fuente: http://uraniaenberlin.com/2016/04/28/35-anos-del-sindrome-toxico-del-aceite-de-colza-una-deliberada-mentira-y-crimen-de-estado-y-2

35 años del “síndrome tóxico del aceite de colza”, una deliberada mentira y crimen de Estado (1)

TOMATES ASESINOS

Cuando oigo la palabra científico me da alergia, cuando oigo la palabra “experto” me entran escalofríos. La ciencia es muy bella, pero es corrompible

(María Jesús Clavera, doctora integrante de la Comisión oficial Epidemiológica del síndrome de la colza)

En el mes de mayo de 1981 una enfermedad desconocida y devastadora se propagó de forma simultánea en un grupo de provincias localizadas del Estado español (en el centro, norte y noroeste del país), afectando a miles de personas. Las autoridades sanitarias se apresuraron a calificar la epidemia, en un primer momento, de “neumonía atípica” transmisible por vía aérea. Se trataba de una cortina de humo de primera mano para ocultar lo que ya sabían desde un primer momento, pero se trataba de ir fabricando una mentira disparatada y sin base científica alguna con pistas falsas ya que, posteriormente, se inventaron el bulo que hizo especial fortuna y que propagaron los medios corporativos a su servicio: es decir el llamado “síndrome tóxico” debido a un aceite de colza “desnaturalizado”. El gobierno de entonces, de la UCD (plagado de ex falangistas), a través de su Ministro de Sanidad, el inenarrable Jesús Sancho Rof, el del “bichito”, decidió que la enfermedad epidémica debía llamarse “síndrome tóxico debido al aceite de colza desnaturalizado”, fundamentando esta, a la postre, ridícula e inverosímil teoría en que la intoxicación masiva había sido originada por un compuesto químico denominado anilina utilizada para hacer posible que aceite industrial de colza fuese apto para el consumo humano. La distribución y venta del aceite se había hecho a través de vendedores ambulantes en diversas partes de la geografía española, fundamentalmente en los barrios de las ciudades, aunque también en algunos pueblos.

El doctor Antonio Muro Fernández Cavada, un hombre de ciencia comprometido con la verdad (no como tantos mercenarios de bata blanca que, a día de hoy, siguen asumiendo la tesis-farsa oficial), fue el que más énfasis y empeño puso, contra viento y marea, en desmontar el fraude oficial advirtiendo que las evidencias científicas, sólidas y contrastadas, apuntaban en contra de la versión gubernamental. El doctor Muro había revelado que el consumo de aceite adulterado no era la causa de le epidemia masiva sino un tóxico ingerido directamente por vía digestiva. Tal encontronazo con los falaces argumentos oficiales supuso el despido del doctor Muro de su puesto de director del Hospital del Rey, que era de titularidad pública (hoy fusionado en el Centro Nacional de Investigación Clínica y Medicina Preventiva). Las certezas de Muro se basaban en que el daño ocasionado a miles de personas tenía su origen en un producto “organofosforado”  introducido de forma intencionada en una partida de hortalizas (tomates) que había sido distribuida en unas zonas determinadas (Madrid-Castilla-León, Galicia) del territorio español. Lamentablemente, el doctor Muro falleció pocos años después (1985) de haber hecho públicos sus hallazgos, en los cuales fijó una concluyente relación causa-efecto que había motivado el envenenamiento de la población afectada.

Alterando el curso de lo que sería una investigación “normal” (es decir, actuando a la inversa, del productor al consumidor) el doctor Muro llegó a la conclusión de que una partida importante de tomates procedentes de Roquetas de Mar (Almería) habían sido modificados, previamente, con un compuesto químico organofosforado (llamado Fenamiphos) al que habían añadido también otro compuesto denominado Isofenphos. La descripción detallada de los efectos de ambas sustancias la dejó bien establecida el doctor Muro a través de la explicación de sus mecanismos de acción tóxica, utilizando un metaestudio sobre más de 2000 personas, tanto enfermas como sanas donde quedó en evidencia, de forma palpable, la patogenia y cuadro clínico de los afectados, así como el origen físico (el pueblo de Roquetas de Mar) del veneno masivo.

En el mismo sentido que el doctor Muro, otros dos doctores (Francisco Javier Martínez Ruiz y María Jesús Clavera), evaluaron la hipótesis de trabajo de Muro como cierta, descartando totalmente la versión oficial del aceite de colza desnaturalizado como causante de la epidemia masiva, en primer lugar en base a que «hemos examinado preliminarmente las investigaciones epidemiológicas experimentales y terapéuticas realizadas por este doctor, y nos parecen extraordinariamente verosímiles y dignas de ser comprobadas a fondo» y, en segundo lugar, negando, con estadísticas concluyentes, que la curva de afectados hubiera decrecido tras la prohibición de la venta de aceite ambulante, en junio de 1981, sino que ese descenso se produjo un mes antes de la prohibición. Además, ambos doctores remarcaban que «Los circuitos de distribución del aceite «sospechoso» no coinciden con la extensión geográfica de la epidemia, como dijo la OMS. Después de ocho meses de investigación podemos afirmar que es rotundamente falso. Y la última afirmación acerca de que el estudio sobre nueve casos control prueban la asociación familiar individual y la dosis-efecto, consecuencia del aceite, con la aparición de enfermos, es también falsa. Después de examinar seis casos control, que hemos podido conseguir, constatamos únicamente una asociación familiar no causal, eso hay que subrayarlo, y espúrea, (engañosa)». [esta última palabra está mal escrita puesto que lo correcto es decir “espuria”]

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La sintomatología clínica de los afectados, por otra parte, no dejaba lugar a la duda como la causante de la ingesta de compuestos organofosforados.  A pesar de ello, en las esferas oficiales, no se quiso validar un trabajo tan riguroso y científico como el que se contraponía a la farsa oficial, sino que se optó por la ocultación, el engaño masivo y las represalias contra esos doctores (fueron cesados de sus puestos en 1983), al igual que sucedió con el doctor Muro dos años antes. Sorprende, por otra parte, que tres vocales de la misma Comisión Epidemiológica del síndrome tóxico “presentaron la renuncia o solicitaron traslados” en el mismo lapso de tiempo que la decisión de cesar a los dos doctores. En definitiva, según Martínez y Clavera lo que estaba en juego con la hipótesis alternativa, fundamentada sobre una base real, era que dicha teoría «implicaba la intervención de una multinacional, el desembolso de fuertes indemnizaciones. Implicaba el reordenamiento del control sanitario del sector agroquímico y de su sistema de experimentación, así como el apropiamiento innecesario como verdad oficial de una hipótesis científica provisional”. La verdad no estaba en el oficialismo,  sino en la revisión crítica científica llevada a cabo por los doctores Muro, Martínez y Clavera, aunque las deducciones señaladas anteriormente por los dos últimos médicos eran una verdad a medias, incompleta, coja, por lo señalado párrafos más abajo.

El diario ELPAIS, en 1983, que entonces practicaba un periodismo vamos a llamarle decente, no sólo no menoscababa el trabajo de Muro, sino que lo consideraba digno de ser tenido en cuenta, al contrario que el resto de grandes medios españoles que despreciaron sus investigaciones al compás de la propaganda oficial. Señalaban en dicho artículo (no se llamen a engaño por el título: La “locura” del doctor Muro) lo siguiente: Los datos básicos respecto al presunto agente causal, vehículo transmisor y bases clínicas y epidémiológicas, constan, al menos, en tres informes oficiales, como son: la comisión mixta parlamentaria de investigación del síndrome tóxico, de enero de 1982; en la comisión científica del CSIC, en febrero de 1982, y en su declaración judicial ante el fiscal general de la Audiencia Nacional, los días 10, 11 y 12 de marzo del mismo año. Hasta ahora, ninguna de estas informaciones ha merecido, por parte de los responsables de la investigación clínico-cíentífica, la calificación de “suficientemente científica” para haber investigado a fondo tal hipótesis.

Aunque no todo el “oficialismo” estaba en contra del informe Muro, puesto que incluso el entonces Delegado de Salud de Madrid (equivalente hoy al Consejero de Salud de la Comunidad), Antonio Urbistondo, afirmaba contundentemente, y así lo señalaba ELPAIS, que “el trabajo epidemiológico del doctor Muro es muy grande, no sólo en cantidad, sino en calidad, sin ser menor su estudio clínico”. El articulista de ELPAIS salía, de alguna forma, en defensa de la teoría de Muro cuando dejaba en evidencia los “análisis” del Instituto Nacional de Toxicología (INT): Al margen de estos informes, y previamente a los mismos, el doctor Muro practicó una serie de trabajos a los que tampoco se prestó apoyo. Cabe destacar, entre otros, dice el periodista, sus primeros análisis en laboratorio con el producto presuntamente causante de la intoxicación, que demuestran el error de la reciente afirmación del doctor Angel Pestaña, coordinador de las investigaciones del CSIC en este tema, sobre el resultado negativo de las pruebas realizadas por el Instituto Nacional de Toxicología a petición del doctor Muro. “A los cobayas que les dieron tomate no les pasó nada”, ha dicho el doctor Pestaña. Pero el resultado fue positivo, pues a los cobayas que les dieron tomate no les pasó nada, en efecto, porque eran tomates normales. Sin embargo, murieron dos cobayas aunque este dato no lo debía conocer Pestaña. El propio doctor Muro propuso al INT una prueba doble ciego utilizando cobayas de laboratorio alimentados con tomates y pimientos tóxicos que resultó positiva a favor de su teoría del envenenamiento, aunque no se realizó el debido estudio anatomopatológico.

Al estudio del doctor Muro y los doctores Javier Martínez Ruiz y María Jesús Clavera se unió un médico militar, el teniente coronel Luis Sánchez Monge, quien había remitido un informe al INSALUD (a los pocos meses de empezar a aparecer los primeros casos) en el que afirmaba que la causa de la enfermedad tenía su origen en “un veneno que bloqueaba la colinerasa” (una sustancia neurotransmisora que estimula los impulsos nerviosos) explicando, además, cómo debía de curarse a los enfermos mediante una terapia-antídoto (la atropina, aplicada por él mismo a muchos pacientes afectados por el “síndrome tóxico”) que había mostrado resultados positivos de curación confirmados. Fueron palabras en el desierto, puesto que las autoridades sanitarias de entonces prefirieron ocultar el crimen y lanzar el bulo del aceite de colza en lugar de sacar a la luz el verdadero origen del envenenamiento, que no fue otro que un insecticida organofosforado cuya explotación estaba en manos de la conocidísima multinacional química-farmacéutica BAYER (la de preclaro pasado nazi).

Pero los orígenes y la secuencia del crimen son indubitados y resultaron ser, finalmente, excepto para la versión oficial, una concatenación de hechos entre dos partes diferenciadas en el tiempo pero relacionadas entre sí, que apuntaban a algo más sórdido y criminal. Según la información publicada en el site NODO50 En los primeros meses del año 1981 se difundieron rumores procedentes de la base militar de utilización conjunta situada en la localidad madrileña de Torrejón de Ardoz, acerca de que varios militares americanos habían sido afectados de una presunta “legionella”, siendo algunos de ellos evacuados en aviones-hospitales a EE.UU., y otros a la base norteamericana de Wiesbaden. En su edición del 26 de mayo de 1981, el periódico “El País” reportó que, según datos facilitados por la Dirección General de la Salud Pública, 105 enfermos habían ingresado por “neumonía atípica” en el Hospital General del Aire, 7 más en el Hospital Militar del Generalísimo, y otros 19 en el Hospital Militar Gómez Ulla.

Esta sería la primera parte del mal llamado “síndrome tóxico” o primera onda epidémica. Según esta versión la primera señal epidémica fue fortuita y muy localizada en la misma base militar de Torrejón de Ardoz y sus aledaños. Aunque se trata de una teoría que podría resultar especulativa, no lo es tanto en atención a las circunstancias políticas de aquel momento ya que el hecho de que tal evento (la contaminación por el “síndrome tóxico”) se produjese en una base militar norteamericana, cuando España era candidata a integrarse en la OTAN y con una opinión pública que era muy desfavorable al ingreso de España en la Alianza Atlántica, hizo temer al establishment español que trabajaba para la CIA que tal hecho pudiera provocar un rechazo masivo en la población al ingreso en la estructura militar occidental gobernada por EEUU.

Para dar forma a la conspiración y evitar la contingencia anteriormente señalada, afirman en NODO (y, también, Alfredo Grimaldos en su libro La CIA en España) que se hizo imperioso crear deliberadamente otra onda epidémica que comprometiera a más zonas de la geografía humana del país, para lo cual y con la misma intencionalidad, se inventó una supuesta causa del “síndrome tóxico” arbitrariamente atribuida a unas inocuas anilinas, con las que se había venido reconvirtiendo al consumo humano aceite de colza para uso industrial desde hacía tiempo y no había pasado nada. Esta segunda epidemia no consistió ya en la muy localizada y accidental propagación de un gas tóxico de la variedad militar organofosforada sobre Torrejón de Ardoz, sino en la deliberada contaminación de cierta especie de frutos (tomates) con ese mismo compuesto, durante su proceso de crecimiento y maduración en la mata, para luego comprarlos y finalmente distribuirlos en esa misma localidad y otras ciudades de España —convenientemente elegidas— con destino al consumo letal previsto. Se buscó así dispersar la atención de la opinión pública para evitar que Torrejón de Ardoz apareciera como el único escenario de la epidemia y la base de utilización conjunta como su foco de su irradiación. […] Esta segunda epidemia criminal deliberadamente inducida, tuvo como causa material el mismo agente nematicida organofosforado  que se inició a mediados de abril y comenzó a remitir en la segunda quincena de mayo. Pero el vehículo no fue la atmósfera, sino una partida de tomates contaminados cultivados en la localidad almeriense de Roquetas de Mar.

La secuencia de hechos, pues, del segundo acto de esta empresa criminal (el consumo de tomates contaminados) habría tenido su origen en un invernadero almeriense en el que Sólo bastaba vigilar discretamente al agricultor y su invernadero para saber cuándo iba a recolectar el fruto y llevarlo a la alhóndiga [lonja o mercado] Agrupamar, donde tendría lugar su venta en pública subasta mezclado con el de otros agricultores, por lo que las unidades envenenadas aparecerían confundidas de manera aleatoria con otras perfectamente normales. Alguien en la subasta (el dinero se esparcía a manos llenas al servicio del criminal objetivo) pujó hasta donde resultó necesario para adjudicarse el fruto, que seguidamente sería vendido en Torrejón, las localidades cercanas —Alcalá de Henares y Guadalajara, entre otras—, y algunos mercadillos en el cinturón industrial de Madrid, lo que continuó por pueblos y ciudades al norte y noroeste de la capital, hasta llegar a Santander y Galicia, sin olvidar el empleo de otras pequeñas partidas en el Sur y en Levante (los destinatarios fueron, como así sucedió en su mayoría, personas de extracción humilde). Torrejón de Ardoz dejó así de ser el punto exclusivo en el origen de la enfermedad. Es más, la venta de tomates envenenados tuvo que producirse, y esto es decisivo en toda la trama criminal, según el doctor Javier Martínez Ruiz, coordinadamente con la venta ambulante del aceite de colza para que, de este modo, la coartada genocida fuera más creíble y efectiva. Los perpetradores debían saber de ello (la distribución del aceite) con carácter previo, o bien, impulsaron ellos mismos el reparto del aceite falsamente tóxico.

Las sospechas sobre todas estas labores de “espionaje agrícola” y posterior ejecución material del envenenamiento sólo pudieron recaer en quienes tenían interés oficial en ocultar el crimen. Muy posiblemente, los conspiradores estaban donde tenían que estar: presuntamente, en las cloacas del Estado a través de los servicios de inteligencia (españoles o extranjeros), profesionales muy expertos en realizar montajes propagandísticos, golpes de Estado (se había producido meses antes de la aparición de la “colza” la opereta golpista del 23-F, ideada y ejecutada por el CESID-CNI), plantar pistas falsas, crear encerronas, ejecutar falsas banderas y otras operaciones  clandestinas con hedor a delitos de Estado.

Fuente: http://uraniaenberlin.com/2016/04/20/35-anos-del-sindrome-toxico-del-aceite-de-colza-una-deliberada-mentira-y-crimen-de-estado-1/

 

El Síndrome Tóxico de la Colza (version oficial vs version real).

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Hipótesis oficial vs. Hipótesis encubierta

Los malos de este terrible episodio de la historia de España, a los que se acusa de la tragedia del síndrome tóxico español, son 13 de los 38 empresarios procesados en el juicio, que tradicionalmente se dedicaban a la producción, venta o distribución de aceite.

Concretamente, se condena a cada uno de ellos como autores de delito contra la salud pública, delito de estafa, delito de imprudencia temeraria profesional o cooperación necesaria de un delito de estafa.

Pese a que la sentencia reconoce ignorar el agente tóxico concreto presente en el aceite, se refiere en numerosas ocasiones y gracias al testimonio de Sir Richard Doll[1] a la toxicidad de las anilinas y anilidas. Pero estudios y especialistas afirman que la dosis letal (DL50[2]) de las anilinas se sitúa en 250 mg/kg y la de las anilidas en 1959 mg/kg.[3]. Tradicionalmente, en la toxicología se ha venido aceptando que una sustancia es relativamente inocua -no tóxica- cuando su DL50 se sitúa en más de 2500 mg/Kg.[4].  Aún así, la presencia encontrada en los aceites supuestamente culpables tanto de anilinas como de anilidas no supera nunca las concentraciones a partir de las cuales se consideran dosis letales. Por este motivo, toxicólogos franceses, americanos y alemanes -de Lyón, Atlanta y Berlín- opinan que los aceites no pueden ser los causantes de la intoxicación.

De hecho, las anilinas y anilidas del aceite de colza al cual se ha culpado de la intoxicación desde 1981, en realidad tienen una toxicidad menor que la nicotina (DL50: 50 mg/Kg.), la cafeína (DL50: 192 mg/Kg.) o la aspirina (DL50: 200 mg/Kg.)[5].

Pero antes de acusar a las anilinas y anilidas, ¿qué son realmente estas sustancias?

En primer lugar, su efecto en la salud y el estudio de su toxicidad no eran especialmente conocidos en la España de 1981. De hecho, como se lee en la carta que escribe el doctor Tabuenca al Secretario de Estado para la Sanidad, Luís Sánchez-Harguindey: “Me acaban de comunicar del laboratorio que encuentran en todas las muestras del aceite, acetil anilida, substancia cuya toxicidad y mecanismos tengo que estudiar y comprobar”. Pero tampoco a nivel mundial eran muy conocidas las anilinas (y mucho menos las anilidas) en el ámbito científico, pues se trata básicamente de una sustancia empleada como tinte en juguetes, envases, mobiliario, tabaco, ropa y productos de todo tipo, que raramente causa intoxicaciones.

Según el mismo CDC (Center for Desease Control) de Atlanta (EE.UU) las exposiciones agudas de anilidas tan sólo ocurren si se trabaja con la anilida:

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Ilustración 10: Información de la reseña toxicológica de la ANILINA de la Agencia para Substancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR por sus siglas en inglés) del Centro para el Control de Enfermedades (CDC), en Atlanta .

Además, la hoja informativa del CDC también responde a la pregunta: ¿Cómo podría estar expuesto a la anilina? Primeramente, afirma la ATSDR, “la población general puede exponerse  a la anilina al comer alimentos o tomar agua que contienen anilina, aunque estas cantidades generalmente son muy pequeñas[7]”. La reseña sigue informando: “si usted trabaja en un lugar que fabrica productos como pinturas, barnices, herbicidas y explosivos, puede estar expuesto a la anilina. También se ha detectado anilina en el tabaco, de manera que la gente que fuma o que inhala humo pasivamente también puede estar expuesta a la anilina. La gente que vive cerca de un sitio de desechos peligrosos no controlado puede estar expuesta a niveles de anilina más altos de lo normal”.

Los estudios epidemiológicos existentes demostraban que el aceite tóxico había sido desnaturalizado con anilina. Pero la explicación es muy simple. En la España de 1981 -de dieta esencialmente mediterránea- y según el Ministerio de Agricultura de la época, se consumían unas 800.000 toneladas de aceite de oliva. Sin embargo, la producción española de este aceite se situaba en las 450.000 toneladas, de las que 100.000 toneladas eran destinadas a la exportación. Por otra parte, se producían 270.000 toneladas de aceite a partir de otros vegetales[8].

Así pues, existía claramente una mayor demanda respecto a la oferta de aceite de oliva en España. Por lo que, algunos empresarios vendían aceite importado con la finalidad de lucrarse cubriendo una indispensable necesidad de la población española. Sin embargo, España todavía no formaba parte ni de la la Unión Europea ni de la OTAN y seguían vigentes los aranceles destinados a proteger la producción interna del país. Por este motivo y debido a la diferencia de precio entre el aceite de colza español y el importado, éste último era permitido bajo una licencia que obligaba a desnaturalizar los aceites y destinarlos exclusivamente a usos industriales (ver Ilustración 11).

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Ilustración 11: Breve de ABC, edición del 16 de julio de 1981.

Asimismo, la misma sentencia 48/1989 recogía: “En 1980 y desde hacía varios años, las autoridades administrativas españolas venían autorizando importaciones de aceite de colza, pero para proteger la producción nacional de aceites y grasas comestibles, se exigía que el de colza importado no fuera destinado a la alimentación humana, sino a otras actividades industriales, que resultaban ser, casi exclusivamente las siderúrgicas. Con el fin de garantizar el no desvío al destino humano se ordenó administrativamente que la mercancía, cuando ingresara en territorio español, tuviera desnaturalizados sus caracteres organolépticos, para lo que fueron autorizados, en 1970, el aceite de ricino, y en 1974 el aceite náftico, el Azul de Ceres y la anilina, ésta al 2 por ciento”[9].

La Dirección General de Aduanas era el organismo responsable del control de las importaciones de los aceites. A este respecto, uno de los empresarios acusados en el proceso judicial declaró: “hacer contrabando no exige grandes misterios, ni sobornar a ningún funcionario de Aduanas. Es mucho más fácil. El funcionario de Aduanas tiene que tomar unas muestras para comprobar si corresponden con lo que se supone que importas. Basta con que se las des tú. La propia Administración ha fomentado ese relajamiento. Es la Administración quien ha propiciado la política de grasas que obliga al contrabando. Sin ese contrabando no era posible hacer una política de grasas que permitiera vender barato el aceite de oliva. (…) El negocio estaba en coger aceite de oliva y mezclarlo con otro aceite, español o importado, cuanto más barato, mejor, siempre y cuando fuese aceite comestible. A nadie se le había ocurrido aquí mezclar, como los marroquíes, un aceite de motor o cualquier otra barbaridad de ese tipo. Lo que se hacía era mezclar aceite de oliva con orujo, que era el siguiente en precio; pero el margen era poco rentable. Así es que se terminó por mezclar otros más baratos: de soja, de pepita de uva, de algodón, etcétera”[10].

Lo cierto es que la mezcla de aceite de oliva con otros productos sigue llevándose a cabo en la actualidad. Según un reciente reportaje de investigación, siete de cada diez aceites de oliva embotellados, contienen trazas de otros productos.[11]

Pues bien, desde las altas esferas se decidió que el cabeza de turco fuera el aceite de colza importado desde Francia y desnaturalizado con un 2% de anilina (tinte), que posteriormente re-naturalizaron (quitar la anilina para adaptarlo al consumo humano) los empresarios españoles sobre quienes cayó la sentencia. Durante más de 10 años, este proceso se había repetido una y otra vez sin causar envenenamiento alguno, vendiendo el aceite (en garrafas de cinco litros) a la población de clase media y baja.

Además de la escasez de la producción española de aceite de oliva, hay que tener en cuenta que el aceite de marca ofertado en la época era escandalosamente caro (por el más barato se pagaban 120 pesetas el litro, equivalentes a 0,72 € el litro[12]) en una sociedad en la que, uno de cada tres españoles, no llegaba a fin de mes.

Pese a este dato, aunque la mayoría de afectados tenían un nivel adquisitivo bajo, no todos compraban este tipo de aceite (que mayoritariamente era distribuido por vendedores ambulantes en mercadillos). Muchos afectados manifestaron no haber consumido jamás este tipo de aceite sino el de marcas reconocidas y etiquetadas[13], mientras que muchos otros afirman haberlo consumido en litros, pese a no presentar ningún síntoma de la rara enfermedad.

También es extraño el hecho de que tan sólo uno o dos miembros de cada unidad familiar resultaran afectados, pues el aceite es un ingrediente que no falta en ninguno de los platos de las familias españolas. Aún así, la media de afectados por familia era de 1,98 en diciembre de 1981.

Cabe tener muy presente igualmente el “Estudio sobre el síndrome tóxico publicado el 15 de enero de 1982 por el Centro Municipal de Salud del Ayuntamiento de Getafe. Puesto que en él se destaca que quince afectados del síndrome tóxico en aquel municipio mantienen e insisten en que no tomaron aceite tóxico, ni de marca ni de granel.”[14]

Tampoco coinciden los síntomas, como veremos en el apartado siguiente, pues el principal síntoma de intoxicación por anilinas, es la metahemoglobina[15], reacción ausente entre la larguísima lista de síntomas de los afectados.

Pese a las numerosas evidencias y documentos que demuestran lo contrario, los organismos que gestionan la sanidad mundial, el gobierno español y la opinión pública siguen apostillando que en la intoxicación de 1981, el culpable fue el aceite de colza desnaturalizado con anilinas. De hecho, desde entonces, no han cesado los estudios y nuevas investigaciones orientadas a encontrar el tóxico concreto que causó la enfermedad. Las últimas aproximaciones sobre el tipo de compuestos relacionados con la enfermedad revelan, en función de nuevos métodos de química analítica, la implicación de una familia de compuestos, los ácidos grasos diéster de fenilaminopropanodiol, y, uno de estos compuestos particularmente, el 1,2-di-oleil ester de 3-(N-fenilamino)-1,2 propanediol (DPAP). Parece ser que están más fuertemente asociados con la enfermedad que las anilidas de los ácidos grasos[16]. Pero tampoco pueden explicar la larga lista de síntomas de la enfermedad.

Por otro lado, una vez descartada la hipótesis del aceite por el doctor Muro el 20 de junio de 1981, al recibir los análisis del experimento animal con los aceites del Centro Nacional de Alimentación y Nutrición de Majadahonda[17], sigue investigando la causa del envenenamiento en los mercadillos ambulantes que muchos de sus pacientes visitan a menudo. Un elemento común que tienen la gran mayoría de los afectados es el consumo frecuente de ensaladas. Pero Muro descarta científicamente la lechuga, la cebolla, el aceite, la sal y el vinagre.

“Solamente quedaba el tomate, pero como el tomate tiene una piel cérea, está buen protegido y, por tanto, habría que descartarlo. Pero si el tóxico está en el tomate, tiene que ser una substancia química, un veneno que actúa sistemáticamente, es decir que se extiende en el sistema total de la planta. También la enfermedad tiene que ser sistémica, dado que afecta al organismo entero, casi no existe un órgano del cuerpo que no esté afectado”[18].

Por los síntomas, el doctor Muro está prácticamente convencido de que el veneno que buscan tiene que ser un pesticida. Por este motivo, visita algunos campos y zonas agrícolas en busca de productos insecticidas y plaguicidas. Confecciona un listado con 3.000 productos para la protección de las plantas y estudia sus efectos en animales.

El 11 de julio de 1981, encuentra un saco de Nemacur (pesticida creado y fabricado por la multinacional Bayer) en la cabaña de un agricultor de Almería, que le explica que ese es el primer año que lo utiliza. El incansable doctor Muro compra el mismo producto y se lo lleva para analizar junto a seis tóxicos más. El análisis toxicológico es llevado a cabo por nada más y nada menos que el ya mencionado doctor Guillermo Tena, director del Instituto Nacional de Toxicología, aunque Muro no le menciona lo que está buscando y las muestras están etiquetadas con simples letras.

Los resultados muestran que los animales que ingieren pimientos tratados con el Nemacur mueren al cabo de dos días, mientras que los que toman el producto en estado puro mueren a los seis días. Además, los órganos de los animales muertos presentan características muy similares a los de personas fallecidas por el síndrome tóxico[19].

Según la literatura científica, las sustancias que se forman en la planta a partir de pesticidas organofosforados como el Nemacur, los metabolitos, son varias veces más tóxicos que el producto original.

El pesticida Nemacur se convierte dentro del fruto en un Fito-metabolito (es un derivado metabólico, producto de la interacción del pesticida con el genoma del tomate) y es extraordinariamente agresivo, pues su toxicidad se potencia unas 700 veces respecto al  nematicida (pesticida contra nematodos o gusanos de suelo) inicial, y cuya composición exacta parece ser alto “secreto militar”. Al ingresar al cuerpo este fitometabolito actúa como un inhibidor enzimático irreversible de la acetilcolinesterasa (enzima básica para el buen funcionamiento del sistema nervioso).

Por este motivo, este tipo de pesticidas (los organofosforados) tienen unos largos plazos de seguridad que deben garantizar la degradación biológica total de las substancias altamente tóxicas que se forman en la planta. Durante las investigaciones del doctor Muro, había hecho unas 5.000 encuestas en las que descubrió que todos sus pacientes habían comido tomates comprados en mercadillos o venta ambulante. El doctor y el equipo que lo rodea se convencen entonces de que algún agricultor ha utilizado el Nemacur sin tener en cuenta los plazos de seguridad[20].

Pero, ¿qué son los llamados plaguicidas organofosforados?

La verdad es que constituyen un grupo muy amplio de compuestos altamente tóxicos, que tienen su precedente en los gases de guerra “a menudo conocidos bajo el apelativo de ‘gases nerviosos’, entre los que se encuentran el sarín, el tabún o el somán, y que se desarrollaron de manera especial a partir de la Segunda Guerra Mundial”[21]. El Nemacur se encuadra dentro de este tipo de pesticidas y su ingrediente activo, el fenamiphos, está considerado como de alta toxicidad[22], así como el Oftanol, otro producto pesticida relacionado con la epidemia.

Está documentada la implicación de Bayer en las primeras producciones de organofosforados y especialmente en la creación del Nemacur, hecho del que se hablará ampliamente en el apartado “La implicación de Bayer y el gobierno de EE.UU”.

Antonio Muro informa de todo lo que va descubriendo a los distintos responsables del gobierno español. El 24 de noviembre de 1981 el doctor Muro explica el resultado de sus largas investigaciones en una reunión secreta en el Ministerio de Sanidad, pero es desoído y las autoridades no cambian el rumbo de sus actuaciones.

El doctor Muro –que recordemos, fue número uno de su promoción y director del Hospital Rey de Madrid– fue descalificado en los medios, despedido de la Administración y vapuleado todavía hoy por algunos de sus colegas de otros hospitales. Al preguntar por ello al toxicólogo Raimon Guitart, contesta: “el problema es que Muro salió en los periódicos cada semana acusando una cosa o la otra y eso alarmó a la población. Además, no está reconocido porque ninguno de sus estudios ha sido publicado en una revista científica“[23].

Busquemos entonces a un personaje con buena reputación. Uno de los médicos más prestigiosos del país, Luís Frontela[24], ha estado trabajando en infinidad de casos, entre ellos, el que aborda este trabajo.

José Merino es abogado y viudo de María Concepción Navarro, enferma desde 1980 del síndrome tóxico. Esta mujer, también abogada, negó haber consumido otro aceite además del de las mejores marcas de aceite de oliva español hasta el día de su muerte, el 24 de agosto de 1982. Por este motivo, el Estado le denegó una indemnización por su muerte a su marido, a raíz del informe de la autopsia, que afirmaba que la señora Navarro falleció de muerte natural. Aún así, la afectada bien había sido incluida en el censo de afectados con el número 28/81.473. 8.[25]

En este momento es cuando su marido, el señor Merino, se pone en contacto con el doctor Frontela, que compara el informe de la autopsia con el de otros fallecidos y comprueba que la señora Navarro ha muerto debido al síndrome tóxico[26].

Cambio16
Ilustración 12: Portada de CAMBIO 16, edición del 17-24 de diciembre de 1984, nº 681.

El interés que suscita en el doctor Frontela este acontecimiento que el Estado parece estar manipulando, le lleva a investigarlo con todo su equipo de científicos interdisciplinarios (un total de quince) de la Universidad de Sevilla, durante los dos años siguientes. Como resultado, en 1984 presenta un informe en el que ratifica las investigaciones del doctor Muro[27].

El número de diciembre de la revista Cambio 16 recoge este informe y sale con una portada que escandaliza por su titular: “Escándalo Colza: Según nuevas investigaciones, un producto Bayer envenenó a España”. En un reportaje de ocho páginas, Cambio 16 repasa todo el informe del doctor Frontela y el del doctor Muro, y habla de la opinión de Carmen Salanueva[28] (coordinadora del Plan Nacional para el Síndrome Tóxico), Maria Jesús Clavera, Francisco J. Martínez y J. Costa (jefe de la división fitosanitaria de Bayer en España).

Sin embargo, dos meses más tarde, el director de Cambio 16, José Oneto, es cesado sin motivo “aparente” y en abril la multinacional Bayer demanda a la revista[29].

En el reportaje de Cambio 16 se puede leer: “’Las series de ratas intoxicadas directamente con Nemacur y con pimientos tratados con Nemacur dos semanas antes de la recolección -afirma concluyentemente el forense sevillano (Luís Frontela) en su informe- presentan similares lesiones microscópicas que las que se observan en los fallecidos por el síndrome o neumonía tóxica’ (…) ‘Tras muchos meses de trabajo en el Plan Nacional del Síndrome Tóxico ―dice Francisco Javier Martínez a CAMBIO16― hemos podido comprobar que el tóxico no fue el aceite, ya que sólo tres de cada mil personas que consumieron la colza supuestamente envenenada han resultado afectados.’ (…) ‘Después de haber estudiado detenidamente la sintomatología de los enfermos ―señaló un alto cargo del organismo a CAMBIO16―, estamos convencidos de que entre las sustancias que provocaron las “neumonías atípicas” tenía que haber obligatoriamente compuestos fosforados’”.

En la España de 1981 y en la de 33 años después, tanto autoridades como medios de comunicación y médicos siguen postulando por la hipótesis de que el aceite de colza fue el causante de la intoxicación[30]. ¿Cómo van a dudar de la opinión de científicos respaldados por la Organización Mundial de la Salud?

Sin embargo, paralelamente también hay un gran número de médicos, periodistas e investigadores que postulan que un pesticida organofosforado o un combinado de ellos es la causa más probable del síndrome tóxico. De hecho, estas opiniones se han hecho más numerosas con el paso de los años y los diferentes estudios que las han respaldado.

Además de los informes ya mencionados de los doctores Muro, Clavera y Martínez, y Frontela, el prestigioso toxicólogo alemán, Claus Köppel[31], publicó un artículo sobre el síndrome tóxico en el que se hablaba de una partida de tomates tratados con un pesticida organofosforado altamente tóxico[32].

El doctor Ángel Peralta, que fue el primero en apuntar que la enfermedad podía deberse a una intoxicación por organofosforados, declaró en el juicio de la colza como perito y aseguró que esta hipótesis era la única verosímil[33]. Asimismo, el doctor Peralta fue designado perito judicial (así como los doctores Clavera y Martínez) y entregó un estudio en el que en las conclusiones afirmaba “en plena era espacial el hombre explora el universo, sin embargo, un cuadro clínico recortadísimo patognomónico de intoxicación por organofosforados, no se identifica. (…) El hecho de haber transcurrido el periodo inicial bajo la etiqueta de neumonía atípica, fue una pérdida de tiempo irreparable, era la época clave para evitar muertes y complicaciones”[34].

Durante las declaraciones en el juicio, el doctor Peralta contestó afirmativamente a la pregunta de la defensa “¿ha tenido usted alguna reunión privada (…) en la que coincidió con los ministros Sancho Rof y Núñez? ¿No es cierto que le dijeron: ‘es cierto, tenias tu razón, era un organofosforado, pero no lo podíamos reconocer’?[35].

El doctor Fernando Montoro Jiménez, fue Subdirector General de Establecimientos y Asistencia Farmacéutica cuando el PSOE entró a gobernar en 1982. El doctor Montoro afirmó que tanto si se trataba de una intoxicación por anilinas (ésta explicación le parecía impresentable) como por organofosforados, el tratamiento a seguir estaba muy claro[36]. En junio de 1982, en una carta a Ciriaco de Vicente (miembro del PSOE, fue vicepresidente segundo de la Comisión de Investigación Conjunta del Congreso y el Senado sobre el síndrome tóxico) el doctor Montoro declaraba que “puede afirmarse que, a nivel científico, hoy se duda de que el aceite sea la causa del síndrome. Los estudios epidemiológicos han sido un desastre. (…) Lo que sí hay claro es que ha sido una intoxicación alimentaria. Y, yo me pregunto, cuando hubo intoxicación en niños de pecho, se analizó la leche materna (la madre se inventó que echaba aceite en la papilla para cobrar[37]) buscando oleanilidas y no se encontraron. Se encontraron residuos de insecticidas. Se descartó esta idea porque no se habían encontrado en el aceite. ¿Y si no fuera el aceite? ¿Y si fuera un nematicida que al añadirlo a los vegetales, los metaboliza produciendo otros compuestos más tóxicos que el propio insecticida y que son los que verdaderamente se ingieren? ¿Y si el nematicida fuera de una multinacional que se ha gastado miles de millones en retirarlo de los consumidores y comprarles las cosechas de tomates en pueblos de Toledo? (…) Muro falló en la manera de decir las cosas: cebollas, pepinos, pimientos, tomates, etc. Pero su estudio epidemiológico fue el mejor.”[38]

También el doctor Enrique De la Morena llegaba en sus investigaciones a las mismas conclusiones: “Cuál fue mi sorpresa cuando las ratas que yo alimentaba con ese aceite, que en unos casos les daba crudo, en otros frito, engordaron. Y lo que me temía es que tuviéramos una reunión los distintos investigadores que habíamos hecho esta experiencia y me encontrara yo con que mis ratas habían engordado y las ratas de los otros investigadores hubieran enfermado. Pues bien, la sorpresa fue que a todos, todos, les habían engordado las ratas con el aceite”. En enero de 1983, De la Morena solicitó ayuda financiera al Plan Nacional del Síndrome Tóxico, dirigido por Carmen Salanueva, para un proyecto de investigación en el que pretendía averiguar por qué tantos enfermos del síndrome tóxico contraen cáncer. No sólo se le deniega esa ayuda sino que le denuncian al Tribunal de Deontología del Colegio de Médicos que sin embargo no le retira la licencia para ejercer.

Coincidiendo con Muro y Frontela, el Dr. De la Morena declara: “Todos los resultados de nuestras investigaciones encajaban muy bien con una intoxicación por organofosforados”[39].

En 1985, el máximo responsable de pesticidas de la OMS, Gastón Vettorazzi, declaró en la revista Cambio 16 que “la epidemia estuvo provocada por un agente neurotóxico” y que de ninguna manera las anilinas o las anilidas podrían causar una enfermedad como la del síndrome tóxico[40]. La entrevista fue grabada en cinta magnetofónica bajo previo aviso del periodista, que también informó de que ésta sería publicada. Aún así, en el próximo número Cambio 16 tuvo que incluir una nota enviada por el propio Vettorazzi, en el que se desdecía de todo lo dicho durante la entrevista.

Un año antes, los doctores Clavera y Martínez ya habían hablado con Vettorazzi. A este respecto, el doctor Martínez explica: “Cuando en 1984 y por iniciativa personal fuimos a Ginebra para hablar con Gastón Vettorazzi (máximo responsable del departamento de pesticidas de la OMS) nos dimos cuenta de que allí sabían que el Síndrome Tóxico español de 1981 no lo había vehiculado ningún tipo de aceite y de que probablemente era una intoxicación por algún organofosforado; pero la OMS depende de la financiación de los gobiernos de los diversos países integrantes y debe atenerse a sus ‘vetos’ políticos[41].

Más tarde, se han realizado numerosos estudios sobre los efectos de los insecticidas organofosforados, debido a las intoxicaciones sufridas por los agricultores y trabajadores del campo de todo el mundo. Según estos trabajos, “la importancia de los efectos causados por la intoxicación de insecticidas organofosforados y carbamatos puede ser comprendida cuando se estima que aproximadamente tres millones de personas se exponen anualmente a dichos agentes con una mortalidad aproximada de 300.000 personas, y provocan un número importante de discapacidades”[42].

En todos los estudios sobre intoxicaciones por organofosforados se describen los mismos síntomas que los provocados por el síndrome tóxico, aunque más leves. A decir verdad, en el caso del síndrome tóxico se daban una serie de factores difíciles de repetir. La mayoría de envenenamientos por insecticidas organofosforados se dan por absorción por vía cutánea, digestiva o respiratoria del pesticida en cuestión. Mientras que en caso del síndrome tóxico, se trata de un envenenamiento a partir de unos frutos que han metabolizado el organofosforado (especialmente potente), convirtiéndolo en un componente aún más letal.

En 1989, una enfermedad desconocida, la Eosinofilia-Mialgia, mató a más de 100 personas y dejó discapacitadas permanentemente a otras 1.500, en Nuevo México (EE.UU.). Miles de estudios han relacionado esta enfermedad, también nueva y desconocida hasta el momento, con el síndrome tóxico español, pues los síntomas sufridos por las víctimas coinciden sobremanera y el agente causante jamás ha sido identificado[43][44]. Como en el síndrome tóxico, se buscó el culpable en un producto concreto y se acuso al L-Triptófano, un suplemento nutritivo, pese a que como no se pudo encontrar el veneno concreto, al contrario que con el aceite de colza, el triptófano fue absuelto en el proceso judicial.

La verdad es que las intoxicaciones por pesticidas organofosforados son mucho más frecuentes de los que nos pensamos. Sin ir más lejos, muchos científicos tienen el convencimiento de que el llamado “mal de las vacas locas” también fue causado por pesticidas organofosforados y lo cierto es que sólo hay que ver los síntomas[45]. La periodista Gudrun Greunke también se muestra convencida de ello: “La verdad es que esa enfermedad, que mató cientos de miles de vacas y causó más de 200 víctimas humanas, fue causada también por un producto organofosforado”[46].

En la actualidad, son muy pocos los médicos que tienen conocimientos sobre cómo tratar una intoxicación por organofosforados. Aquellos que están más habituados a ver estos casos, suelen tratar a enfermos de fatiga crónica, fibromialgia, sensibilidad química múltiple (SQM) o hipersensibilidad electromagnética (EHS), todas ellas enfermedades que pueden estar causadas, entre otros, por pesticidas organofosforados absorbidos en grandes cantidades ―por accidente o de manera intencionada[47]― o en pequeñas cantidades por acumulación, durante varios años[48]. Con frecuencia, también son enfermedades en superposición y por este motivo, se sospecha que una persona puede estar afectada de SQM cuando le ha sido diagnosticada fibromialgia o fatiga crónica, por ejemplo.

A este respecto, el doctor Joaquim Fernández-Solà así como la Sociedad Española de Neurología afirman que aproximadamente el 3% de los españoles están afectados por fibromialgia, pero a las tres cuartas partes de los enfermos ni tan sólo se les ha diagnosticado.

Todavía hay mucho desconocimiento sobre la fibromialgia, la sensibilidad química múltiple o la hipersensibilidad electromagnética y de hecho, no se conocen sus patologías exactas[49]. Según el doctor José Rodríguez Moyano, “no hay interés en que se resuelva y muchos se lucran de este vacío”. Por otra parte, el doctor Fernández-Solà asegura que “es un tema políticamente incorrecto porque estamos hablando de factores esencialmente ambientales que dependen de poderes económicos muy importantes. Por ejemplo, cuanto a radiación electromagnética se refiere, sabemos perfectamente que estamos expuestos a niveles impresionantes en nuestro país, pero las antenas que la provocan pertenecen a las empresas de telefonía, que son las principales empresas del Ibex-35. Lo mismo ocurre con las multinacionales farmacéuticas y los pesticidas, así que ¿cómo se va a investigar si tan siquiera se habla de ello?”[50].

Respecto al síndrome tóxico, ambos doctores son de la opinión de que un pesticida organofosforado tuvo que ser el causante. De hecho, Rodríguez Moyano opina que “no interesaba decir la verdad sobre el síndrome tóxico y se apostó por culpar al aceite de colza” y a la pregunta de si podría calificarse el síndrome tóxico como una fibromialgia muy aguda declara: “totalmente”. En esta línea, el doctor Fernández-Solà asegura que en este tipo de enfermedades (fibromialgia, SQM y EHS) “los pesticidas organofosforados se llevan la palma” a la hora de provocarlas y evidentemente “además de otros factores (morbilidad diferencial, exposición a químicos ambientales, etc.) la exposición a un organofosforado fue posiblemente una causa en la epidemia de 1981, que no fue suficientemente investigada.

El ya mencionado Sir Richard Doll fue el testimonio en el que se sustenta la hipótesis oficial del síndrome del aceite tóxico. A este respecto, el doctor Martínez Ruiz afirma: “Richard Doll fue la única persona que, en la historia del Síndrome Tóxico, se atrevió a emitir un ‘pronunciamiento’ de causalidad involucrando los ‘aceites sospechosos’, afirmándolo contundentemente después ante tres jueces y ante los numerosos Mass-media que estaban presentes en la Vista Oral de la Casa de Campo”.

Richard Doll y Edwin M. Kilbourne son los dos únicos científicos en los que, según el doctor Martínez, “y en base a sus a-científicos ‘pronunciamientos’ se entronizó la ‘Hipótesis Oficial’, se atendieron erróneamente a los afectados, se encarcelaron (y arruinaron) a los Industriales aceiteros…Y se arruinó la salud informativa de la joven democracia española”[51].

En 2001, el periodista de investigación, Bob Woffinden, publicó un artículo titulado “Cover-up”, que puede traducirse al castellano como “Encubrimiento”, en el que explicaba que el síndrome tóxico tiene importancia histórica no sólo por su escala y el número de víctimas, sino también porque “fue el fraude científico contemporáneo prototipo”. Woffinden también afirmaba que, en el caso del síndrome tóxico, fue “la primera vez que los intereses multinacionales ingeniaron con éxito un gran encubrimiento en la ciencia internacional”[52].

Ya en el prólogo de El Montaje del Síndrome Tóxico[53], el periodista Rafael Cid explicaba que el general Andrés Casinello (máximo responsable de los servicios de información de la Guardia Civil) prohibió expresamente realizar pesquisas sobre el síndrome tóxico. Cid afirmaba también que funcionarios del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID) habían pedido su colaboración para elaborar un informe de siete páginas que finalmente fue elevado al máximo responsable del organismo, el general Emilio Alonso Manglano, en el que se declaraba que el aceite de colza no tenía nada que ver con el síndrome tóxico y que existían datos que apuntaban a un ensayo de guerra química como detonante de la epidemia. Dicho informe no se hizo público jamás, ni siquiera en el juicio.

La agencia de prensa Novosti relata más casos de la enfermedad sufrida en una base militar española con unos detalles extraordinarios: “’En el verano de 1983 comenzó una epidemia de neumonía atípica durante las maniobras militares en la base de San Gregorio cerca de Zaragoza. De esta enfermedad murieron el General José Cruz Requejo y el coronel Ramón Rodríguez, además de varios oficiales más cuyos nombres no se difundieron. Numerosos militares tuvieron que ser hospitalizados. La epidemia se extendió a la población civil. Por parte oficial se comunicó que en todos los casos se trataba de la enfermedad de la legionela. Como se sabe, en la región de San Gregorio, cerca de Zaragoza, se encuentra otra base de la Fuérza Aérea de los EEUU. Los síntomas de la enfermedad que empezó en mayo de 1981 en una ciudad cercana a Madrid y los síntomas de los militares españoles en la región de Zaragoza y que más tarde se extendió a la población civil eran muy similares’”[54].

En el 2006, el periodista Alfredo Grimaldos afirmaba: “Todo indica que no se desconoce el origen de la enfermedad, sino que se trata de ocultar por todos los medios. (…) La versión oficial no tiene ningún sentido. (…) Todo parece indicar que el síndrome tóxico se desarrolla en dos ondas epidémicas diferenciadas. La primera de ellas se produce a principios o mediados de enero de 1981. Coincide con una enfermedad no determinada que se desarrolla en pleno invierno en la zona norteamericana de la base de Torrejón y que afecta también a algunos militares españoles. Es probable que esta primera onda epidémica sea consecuencia de algún escape provocado accidentalmente con armamento bacteriológico, cuya presencia en la base es contraria a la legalidad internacional y contraviene el tratado bilateral que permitió su creación. Un serio inconveniente en tiempos del ‘OTAN, de entrada, no’”[55].

Los doctores Clavera y Martínez, integrantes del PNST y designados peritos del caso, declaran en la actualidad que están totalmente convencidos (certeza total) de que “el vehículo del tóxico fue una partida de tomates que contenía el o los organofosforados involucrados en la intoxicación masiva de 1981, partida que se entremezcló con otras en la distribución y comercialización ocurrida en España. Según el doctor Martínez, “era imposible que fuera cualquier tipo de aceite (fuera del tipo que fuera y contuviera lo que contuviera dicho aceite…incluso aunque contuviera organofosforados, o incluso aunque contuviera el ‘Nemacur’)”.

“Estoy convencido de que ‘Los gobiernos de la época’, a nivel de Consejo de Ministros (asi como los ‘Servicios de Inteligencia’, que yo llamaré a veces ‘Cloacas del Estado’) fueron muy conscientes de la mentira científica y la ‘callaron / ocultaron /confundieron’ activamente y sin parar en medios, por lo que son corresponsables de los daños que se derivaron en la salud de los afectados, la injusticia sobre los encarcelados, la transparencia científico-periodística y la grave merma democrática que sufrimos los españoles”, declara el doctor Martínez. Y añade: “También la Corona y estamentos Judiciales participaron en ello, en diversos grados. Las cúpulas de los principales Partidos (desde la extrema izquierda a la extrema derecha) se unieron también a este ‘Pacto de Silencio’, por usar la atinada expresión del título del libro de Andreas Faber Kaiser. El grupo periodístico PRISA participó notoria y mediáticamente en el ‘aplastamiento / confusión’ de la verdad. Y no sólo ‘Los gobiernos de la época’…sino también todos los gobiernos que desde entonces y hasta el presente les han continuado. Cada jefe de gobierno ‘siguiente’ hereda ‘secretos’ y compromisos contraídos que afectan a temas ‘Sensibles’ y ‘Razones de Estado’ provenientes de gobiernos ‘predecesores’: de facto se comprometen a no violar dichos secretos” [56].

[1] Epidemiólogo inglés condecorado por la Reina de Inglaterra con el título de “Sir”. Su carrera estuvo marcada por numerosas controversias. Acceso web: http://www.preventcancer.com/losing/other/doll.htm

[2] Se denomina DL50 (abreviatura de Dosis Letal, 50%) a la dosis de una sustancia que resulta mortal para la mitad de un conjunto de animales de laboratorio.

[3] IPCS-INCHEM, International Programme on Chemical Safety. Acceso web: http://www.inchem.org/.

[4] REPETTO, Manuel, 1997, Toxicología Fundamental, Madrid: Díaz de Santos.

[5] IPCS-INCHEM & University of Oxford Department of Chemistry MSDS. Acceso web: http://www.chem.ox.ac.uk).

[6] Reseña toxicológica de la ANILINA de la Agencia para Substancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR por sus siglas en inglés) del Centro para el Control de Enfermedades (CDC), en Atlanta. Consultar via web: http://www.atsdr.cdc.gov/es/toxfaqs/es_tfacts171.html

[7] Subrayado por la autora.

[8] GREUNKE, Gudrun & HEIMBRECHT, Jörg, 1988, El montaje del síndrome tóxico, Barcelona, Ediciones Obelisco. Y DIARIO 16, edición del 25 de junio de 1981.

[9] Sentencia del Tribunal Supremo 48/1989 (Sala de lo Penal, sección 2), de 20 de mayo de 1989, (recurso 208/1981). Acceso web: http://www.poderjudicial.es/search/doAction?action=contentpdf&databasematch=AN&reference=6092617&links=&optimize=20110825&publicinterface=true

[10] EL PAÍS, edición del 25 de agosto de 1982. (Consutar via web: http://elpais.com/diario/1982/08/25/sociedad/399074401_850215.html)

[11] EQUPO DE INVESTIGACIÓN, 2013, El Precio del aceite, Madrid: La Sexta. Acceso web: http://www.atresplayer.com/television/programas/equipo-de-investigacion/temporada-1/capitulo-73-precio-aceite_2013112900378.html

[12] DIARIO 16, edición del 26 de mayo de 1981.

[13] Es el caso de la abogada Maria Concepción Navarro, que trataremos en las siguientes páginas.

[14] FABER-KAISER, Andreas, 1988, Pacto de Silencio, Barcelona: Royland.

[15] Reseña toxicológica de la ANILINA de la Agencia para Substancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR por sus siglas en inglés) del Centro para el Control de Enfermedades (CDC), en Atlanta. Consultar via web: http://www.atsdr.cdc.gov/es/toxfaqs/es_tfacts171.html

[16] Varios autores, Epidemiologic evidence for a new class of compounds associated with toxic oil syndrome. 1999, Epidemiology.

[17] Los análisis muestran que los ratones tan sólo engordan y presentan un pelaje más lustroso al ingerir el aceite de colza desnaturalizado y re-naturalizado.

[18] GREUNKE, Gudrun & HEIMBRECHT, Jörg, 1988, El montaje del síndrome tóxico, Barcelona, Ediciones Obelisco. Y DIARIO 16, edición del 25 de junio de 1981.

[19] Ver informe del análisis del Instituto Nacional de Toxicología consultando el listado de anexos de la página 101.

[20] Comunicación personal con Antonio Muro Aceña. Consultar listado de anexos de la página 103.

[21] OBIOLS, J., Informe toxicológico sobre los Plaguicidas Organofosforados (Parte I), del Centro Nacional de Formación y Documentación, 2002.

[22] Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA). Informe sobre insecticidas organofosforados de acceso web: http://www.epa.gov/oppfead1/safety/spanish/healthcare/handbook/Spch4.pdf

[23] Comunicación personal con el doctor Guitart. Consultar listado de anexos de la página 100.

[24] Luis Frontela Carreras, catedrático de Medicina Legal, especialista en Medicina Legal y Forense, especialista en Cirugía General, especialista en Traumatología y Ortopedia, director del Instituto Universitario de Medicina Legal y Ciencias Forenses de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla. Con estudios en EE.UU. e Italia, también estudió un posgrado Scotland Yard y el FBI. Es famoso por haber intervenido en el caso Alcàsser o la detención del psicópata Manuel Villegas, entre otros.

[25] Sentencia 12659/1986 del caso. Consultar listado de anexos de la página 101.

[26] Frontela, Luis, Informe pericial que sobre el fallecimiento de Doña Maria Concepción Navarro emite el Profestor Dr. Luis Frontela, 1984.

[27] Frontela, Luis, Informe del profesor Frontela sobre la bioexperimentación con monos, Conclusiones, 1988. Consultar listado de anexos de la página 101.

[28] Salanueva fue procesada por fraude en 1997, ver edición de EL PAÍS: http://elpais.com/diario/1997/03/01/espana/857170821_850215.html

[29] EL PAÍS, edición del 24 de abril de 1985.

[30] Ver las siguientes noticias en Radio Televisión Española (http://www.rtve.es/alacarta/videos/informe-semanal/informe-semanal-30-anos-envenenados/1094189 y http://www.rtve.es/alacarta/audios/archivo-espana/archivo-espana-caso-colza-defensa-del-consumidor-01-03-14/2425709), Antena 3 (http://www.antena3.com/especiales/noticias/sociedad/una-mirada-atras/tragedia-aceite-colza-cumple-anos_2011050300165.html), o La Sexta (http://www.lasexta.com/programas/mas-vale-tarde/noticias/gripe-gripe-porcina-escandalos-previos-carne-equina_2013022600274.html).

[31] Cuenta con más de 60 trabajos publicados en prestigiosas revistas científicas. Acceso web: http://www.biomedexperts.com/Profile.bme/1726762/Claus_K%C3%B6ppel

[32] ALTENKIRCHA, H. & STOLTENBURG-DIDINGERB, G. & KOEPPEL, C., 1988, The neurotoxicological aspects of the toxic oil syndrome (TOS) in Spain, Toxicology: volumen 49, número 1, páginas 25–34.

[33] EL PAÍS, edición del 15 de marzo de 1988. Acceso web: http://elpais.com/diario/1988/03/15/sociedad/574383609_850215.html

[34] PERALTA, A., Sindrome Tóxico. Informe previo del Dr. Ángel Peralta Serrano. Designado perito. Consultar listado de anexos de la página 101.

[35] GREUNKE, Gudrun & HEIMBRECHT, Jörg, 1988, El montaje del síndrome tóxico, Barcelona, Ediciones Obelisco. Y DIARIO 16, edición del 25 de junio de 1981.

[36] FABER-KAISER, Andreas, 1988, Pacto de Silencio, Barcelona: Royland.

[37] Se refiere a la madre y su hija, gracias a las cuales el doctor Tabuenca obtuvo pruebas para considerar al aceite como culpable de la intoxicación. El 19 de junio, salía esta noticia en todos los periódicos de la capital (ver DIARIO 16, edición del 19 de junio de 1981).

[38] Carta de Fernando Montoro a Ciriaco de Vicente. Consultar en el anexo de las páginas 96 y 97.

[39] GREUNKE, Gudrun & HEIMBRECHT, Jörg, 1988, El montaje del síndrome tóxico, Barcelona, Ediciones Obelisco. Y DIARIO 16, edición del 25 de junio de 1981.

[40] CAMBIO 16, edición del 11 de febrero de 1985, nº 689. Ver en anexo de las páginas 98 y 99.

[41] Comunicación personal con el doctor Martínez Ruiz. Consultar listado de anexos de la página 101.

[42] MARRUECOS-SANT, L. & MARTÍN-RUBÍ, JC., 2007, Uso de oximas en la intoxicación por organofosforados, Medicina Intensiva: volumen 31, número 5. Acceso web: http://scielo.isciii.es/scielo.php?tlng=en&nrm=iso&script=sci_arttext&pid=S0210-56912007000500007&lng=en

[43] Red Nacional del síndrome de la Eosinofilia-Mialgia: http://www.nemsn.org/cause.htm

[44] Varios autores, Eosinophilia-Myalgia Syndrome, 2014, Medscape. Acceso web: http://emedicine.medscape.com/article/329614-overview

[45] Revista DSalud, edición de febrero de 2001. Acceso web: http://www.dsalud.com/index.php?pagina=articulo&c=1063

[46] DOGMACERO, edición de noviembre y diciembre de 2013.

[47] Un 30% de los suicidios a nivel mundial se llevan a cabo con pesticidas y los organofosforados son los más utilizados, según EDDLESTON, M., 2013, Preventing deaths from self-poisoning in the developing world. Acceso web: http://www.hsph.harvard.edu/hicrc/files/2013/01/Eddleston_Talk_9.19.08.pdf

[48] Varios autores, 2011, Documento de consenso de Sensibilidad Química Múltiple, Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Acceso web: http://www.semfyc.es/biblioteca/virtual/detalle/Consenso_Sensibilidad_Quimica_Multiple/

[49] Ibídem.

[50] Comunicación personal con los doctores Fernández-Solà y Rodríguez Moyano. Consultar listado de anexos de la página 101.

[51] Comunicación personal con el doctor Martínez Ruiz. Consultar en el listado de anexos de la página 101.

[52] WOOFFINDEN, B., 25 de agosto de 2001, Cover-up, Londres: The Guardian. Recurso electrónico: http://www.theguardian.com/education/2001/aug/25/research.highereducation

[53] GREUNKE, Gudrun & HEIMBRECHT, Jörg, 1988, El montaje del síndrome tóxico, Barcelona, Ediciones Obelisco.

[54] GREUNKE, Gudrun & HEIMBRECHT, Jörg, 1988, El montaje del síndrome tóxico, Barcelona, Ediciones Obelisco.

[55] GRIMALDOS, Alfredo, 2006, La CIA en España. Madrid: Debate.

[56] Comunicación personal con el doctor Martínez Ruiz. Consultar en el listado de anexos de la página 101.

Fuente: https://sindrometoxico.wordpress.com/2014/11/30/hipotesis-oficial-vs-hipotesis-encubierta/